Capítulo 16 Déjanos sorprenderte #2
—No está. Le ha salido un trabajo y estará fuera de la ciudad por un tiempo.
¿Por un tiempo? Maldita sea, eso era lo único que no me sobraba.
—¿Mucho?
—Dos semanas, o eso creo.
¡Dos semanas! ¿Es que el Universo no me lo podía poner más difícil?
Vale, había pillado lo de Cristian, muy bien; ¿y ahora esto a qué venía?, ¿qué significaba ese contratiempo? (nunca mejor dicho).
Mi fuerte siempre habían sido las ciencias y no las letras, así que los idiomas no se me daban muy bien.
Y para colmo, el Universo tenía la peor caligrafía del mundo.
Sus mensajes se asemejaban a jeroglíficos borrosos, imposibles de descifrar.
¿Por qué utilizaba señales tan ambiguas? ¿Por qué no era más claro y directo?
Con lo fácil que sería soltarme la verdad a la cara, sin rodeos, sin simbolismos absurdos:
«Marcos tampoco es el camino».
O peor:
«Es él, pero no estás preparada».
O incluso peor:
«Esto es un escarmiento por desaprovechar la oportunidad que tenías para ser feliz».
No sé. Un rótulo grande y luminoso, un «por aquí vas bien»; eso sería de agradecer. Pero no, ahí no había nadie que quisiera darme una respuesta, y estaban locos si creían que yo era la adecuada para decidir sobre mi vida. Yo, que era incapaz de poner orden entre la calma y el apocalipsis.
Mientras caminaba por el pasillo, mi mente era un auténtico torbellino. Las risas compartidas, la complicidad en sus ojos, la manera en que me hacía sentir como si fuera la única persona en el mundo… Todo ello revoloteaba en mi cabeza como mariposas enloquecidas.
Me di cuenta de que, más allá de mis esfuerzos por encontrar al hombre perfecto, había algo real y genuino con Marcos.
Algo que no se podía planificar ni controlar.
Tal vez el Universo me estaba mostrando que no era la perfección lo que necesitaba, sino alguien que me aceptara tal y como soy, con todas mis imperfecciones.
Abrí la puerta de mi apartamento y me dejé caer en el sofá, agotada tanto física como emocionalmente.
Sabía que tenía que dejar de mantener el control sobre todo, que debía rendirme a la espontaneidad y asumir que la vida, con sus giros y sus altibajos, podría traerme exactamente lo que necesitaba.
O al menos, eso me decía a mí misma mientras continuaba debatiéndome entre la iluminación y el puro drama.
Estaba sumida en estos pensamientos cuando, como si de un ángel al rescate se tratara, el nombre de Allegra iluminó la pantalla del móvil, distrayendo a mi obsesivo cerebro.
—Ava, ¿qué tal estás?
¿Le contaba mi última ocurrencia o lo dejaba para más adelante?
—Bien, Allegra, bien. La comida me ha venido muy bien.
«Hasta que he ido a casa del vecino como una histérica suplicando perdón».
—Me alegro. Oye, te llamaba porque no he podido dejar de pensar en la aplicación que me has enseñado.
—¿U-Delivery? —pregunté, incrédula.
—Sí, me ha parecido chulísima.
—Te la puedo instalar si quieres.
—Bueno, es que he pensado que tengo un amigo en ese mundillo de las aplicaciones y, si te parece bien, me encantaría enseñarle tu propuesta a ver qué le parece.
—¿Qué? No, no —respondí al instante.
—Ava, en serio, ¿qué puedes perder?
—Va a pensar que estoy loca.
—Tú no te preocupes. Él sabe un poco de todo esto. Además, solo quiero saber qué opina.
—No sé. No creo que…
—Venga, solo para saber qué piensa.
—Bufff, está bien, como veas… Aunque no le digas que es mía.
Lo de airear mis intimidades no era una idea que me emocionara. Pero si tenía que elegir entre abrirme al mundo o permanecer atrapada en mi bucle mental, prefería lo primero. Al fin y al cabo, con eso tenía alguna posibilidad de avanzar.
Dejé a un lado el remordimiento por haber aceptado y empecé a ordenar todo el material que tenía sobre la aplicación, para escribir algo decente que presentar y enviárselo por correo.
Os habréis dado cuenta de la decisión tan inteligente que tomé, ¿verdad?
Esa «distracción» era más inútil que el bolsillo de pega que algún iluminado cose en los pantalones.
Lógicamente, cualquier cosa relacionada con la aplicación me recordaría a Marcos.
¡Por Dios, si en la portada relucía su escultural y flamante torso!
Al ver esa imagen, que era demasiado prometedora para ignorarla, recordé que mi omnipresente vecino aún no tenía móvil.
También recordé que para cuestiones de trabajo se comunicaba a través del correo electrónico, y además yo conocía su dirección debido al tema del virus.
Era difícil de olvidar, tan única como él: [email protected].
Con semejantes indicios, el desenlace de la tarde resultaba más que predecible.
Una cosa llevó a la otra y, en vez de preparar el e-mail para Allegra, me pasé una hora redactando un correo para Marcos.
Habéis oído bien: ese fue el tiempo que dediqué a escoger con precisión las palabras que exaltarían mi lado más carismático y evitarían a toda costa que mi faceta de acosadora enfermiza asomara la cabecita. La línea entre «interesada» y «acechadora» es muy fina, o eso me parecía a mí.
Pero antes de darle al botón de enviar, algo hizo que me detuviera.
Allegra me había dado un consejo justo antes de despedirse: «No intentes controlarlo todo. Deja ir las expectativas».
Respiré hondo, con el dedo congelado sobre el botón. Y entonces me pregunté: ¿de verdad quería una respuesta o solo una señal?
Si era lo primero, lo único que haría ese correo era complicarlo todo. Y si lo que deseaba era claridad, tal vez debía permitir que los acontecimientos fluyeran sin forzar nada.
Solté el aire despacio y, con un rápido clic, minimicé la ventana del correo.
No lo envié.
Me costó, os lo prometo. Mucho. Pero algo en mí decía que lo correcto era confiar. En él. En mí. En lo que fuera que moviera el mundo.
Con el corazón latiendo como un pájaro carpintero me obligué a no darle más vueltas. Al menos, si no iba a contactar con Marcos, podía aprovechar que estaba delante del ordenador para hacer algo productivo.
Me lancé a lo siguiente: el correo para Allegra.