Capítulo 16 Déjanos sorprenderte
Al día siguiente, todavía intentaba desenredar mis pensamientos. No sabía qué pensar de aquella cita-no-cita-que-acabó-siendo-cita-sin-llegar-a-serlo . Mi desorden sentimental me tenía dispersa y con ganas de poner una hoja de reclamación a la vida por complicarme la existencia.
Lo único que aportaba algo de luz a aquel domingo nublado y deprimente era la comida que tenía con Allegra.
—¡Ava, qué alegría! ¿Cómo estás? —Su sonrisa radiante me recibió. No sé cómo hacía esa mujer para andar siempre risueña. El nombre le hacía justicia.
—Bien, contenta de verte. Gracias por aceptar mi invitación, por fin.
—Ya te dije que no hacía falta. Me hace feliz saber que al final todo salió bien.
—Buff…, sí, por los pelos —admití con una sonrisa de alivio.
—¿Qué? ¿Entramos? Tengo un hambre que me muero —confesó Allegra mientras clavaba su mirada en la carta del restaurante.
—Claro. Creo que este sitio te va a gustar. Es uno de mis favoritos.
No, chicos, no. No fui al mismo restaurante que la noche anterior; tarada, sí, pero masoca, no. El objetivo era emerger del vómito mental en el que me hundía, no meterme en él a propósito.
Aquel restaurante, Mireia’s Secret, era mi refugio en los días grises.
Un bistró acogedor en una placita escondida del barrio de Santa Teresa, con paredes de piedra vista, manteles de lino blanco y una luz cálida que parecía abrazarte al entrar.
Un rincón perfecto para sentir que, al menos por un rato, la vida tenía orden y sentido.
—Ava, estoy entusiasmada. ¿Recuerdas mi objetivo del curso?
—Sí, claro, tu propia marca de moda. Estoy segura de que lo lograrás, y estoy deseando ver tus creaciones.
—Yo también. Todavía no puedo revelar mucho, pero dentro de poco podrías estar invitada a un evento muy especial.
—Qué bien, me alegro por ti. —Intenté sonar entusiasta… pero fallé.
—¿Estás bien? Te noto apagada.
—Es que te oigo hablar sobre lo bien que te funciona todo esto de manifestar, y en cambio a mí…
—No te agobies. En cualquier momento puede salir una oferta de trabajo que te guste. No es instantáneo.
—No, si ya… pero es que… —Mi voz se acalló, sin saber cómo continuar.
—¿Qué pasa, Ava?
—Mira, te lo voy a contar. Mi ex me dejó por mi jefa, y cuando tú me contaste que utilizaste la ley de la asunción para manifestar a tu marido, pues yo… yo estoy tratando de hacer lo mismo.
—Genial, pero no tienes que decirlo como si fuera algo de lo que avergonzarse.
—Es que, Allegra, desde que he decidido atraer a mi hombre perfecto, todo se está complicando más. Estoy hecha un lío, y mi vida amorosa es un desastre: David, Cristian, Marcos, mi novio imaginario… Ya no sé ni qué siento.
—La confusión es positiva.
—¿Cómo?
—Sí, mujer, la confusión nos obliga a olvidarnos del exterior y a centrarnos en nosotros mismos.
—No entiendo nada.
—Ese lío del que hablas es la oportunidad perfecta para dejar de pensar y escuchar de verdad.
—¿Escuchar? ¿El qué?
—El qué, no; a quién. En el fondo sabes lo que quieres, pero estás acostumbrada a hacer caso a tu mente.
—Puede que tengas razón.
—Es así. A ver, cuéntame, ¿qué estás haciendo para manifestar a tu chico?
—Es que esa es otra. No te rías, ¿vale?
—No, por supuesto.
—Te lo voy a enseñar. —Mis manos sudaban un poco y me pasé las yemas de los dedos por los pantalones, para secar mi vergüenza—. Puedes pensar que soy una friki, y tendrías razón.
—Déjame ver.
—Mira, estos son los diferentes apartados.
—¡Madre mía, Ava! —exclamó Allegra entre risas. Se inclinó sobre la mesa con los ojos chispeantes de curiosidad, como quien acaba de encontrar un tesoro inesperado.
—Lo sé, es que me surgió la idea y…, bueno, ya ves, una locura.
—Es una pasada. Me encanta.
—¿En serio? —Escaneé su expresión, tratando de descifrar si me lo decía por quedar bien o si de verdad estaba entusiasmada.
—Sí, por supuesto. La aplicación me alucina.
—¡Qué bien!
—Aunque creo saber por qué no llega tu pedido…
—¿Ah, sí?
—Mira esto. —Señaló la pantalla con el dedo y fue repasando la lista de requisitos en silencio, frunciendo el ceño con cada nuevo punto—. ¡Has puesto un montón de condiciones!
—Claro. No quiero equivocarme. Mi chico perfecto posee todas estas cualidades.
—¿Estás segura? ¿Cómo lo sabes?
—Porque son las cosas que me gustan.
—¿Y crees que solo un hombre así te puede hacer feliz?
—Pues… sí. —Entorné los ojos, desconcertada. Para mí, la respuesta era obvia, tan lógica que no entendía cómo Allegra podía cuestionarla.
—Lo que nos gustaría no siempre es lo que necesitamos.
—Ah, no. Por ahí, no, por favor.
—Tranquila. Lo que quiero decir es que este hombre perfecto a lo mejor no te da lo que necesitas.
—Me dará tranquilidad. ¿Te parece poco?
—Pero eso acaba aburriendo. Somos felices cuando avanzamos y percibimos una evolución.
—Me he perdido.
—Por ejemplo, tú dices que eres controladora, y has pedido a un chico tan controlador como tú. A lo mejor, lo que a ti te conviene es alguien que te muestre cómo vivir de otra manera.
—No sé. No me convence.
—O buscas a un hombre perfecto según tus expectativas o buscas a tu pareja ideal.
—Visto así… —dije, todavía procesando la información.
—Hasta que no te decidas, no vendrá ni lo uno ni lo otro.
—Creo que ya lo voy entendiendo. Puede que mi pareja ideal no sea mi chico perfecto.
—Eso es. En realidad, lo que buscamos no es siempre lo que pedimos, sino lo que experimentamos cuando ya está en nuestra vida. Quieres sentirte amada, respetada, valorada, acompañada, y poder ofrecer eso tú también.
—Sí, es verdad.
—Pues no puedes saber si el hombre que deseas te hará sentir así. —Hizo una breve pausa, midiendo sus palabras—. ¿Sabes la mejor forma de pedir algo?
—No, dime, por favor.
—Ríndete al Universo. Deja que sea él quien te muestre cómo es tu pareja ideal.
—¿Estás segura?
—Al cien por cien. Nuestra mente es muy limitada y solo conoce lo que puede percibir, pero ¿el Universo? Él lo sabe todo. Pide a tu pareja ideal, con algunos requisitos innegociables, y permítele que te sorprenda. Siempre lo hace.
Me quedé en silencio, removiendo el café con la cucharilla, sin probarlo. La espuma ya había desaparecido, dejando un remolino desordenado que era el vivo reflejo de mi estado mental.
¿Y si el asunto con Cristian había sido la manera del Universo de decirme que ese no era el camino?
Hasta entonces, yo creía que buscar al hombre perfecto me acercaría al amor de mi vida, pero… ¿y si era justo lo contrario? Tal vez estaba intentando encajar el amor en un molde demasiado rígido, hecho a la medida de mis expectativas y no de mi felicidad real.
Al hablar con Allegra, me di cuenta de que estaba pidiendo cualidades que ni siquiera yo poseía. Esperaba cosas que no podía dar. Era como mirarme en un espejo y ver todas mis imperfecciones reflejadas en la lista de deseos.
Me sentí vulnerable, pero también aliviada; me zafé de un peso invisible que ni siquiera sabía que estaba cargando.
Mi amiga tenía razón: ¿de qué servía tanta meticulosidad irrelevante cuando lo único valioso era sentirme respetada, amada y suficiente?
Quizá el Universo sabía que merecía algo mejor que el hombre de mi lista.
Déjanos sorprenderte
Sé que puede sonar duro, pero tus conocimientos, comparados con los de alguien que lleva milenios en la cocina, son como un grano de sal en el océano.
No te lo digo para desanimarte, sino para que te relajes y dejes de intentar colarte en la cocina.
Cuando realizas un pedido, lo que importa es el placer de disfrutar cada bocado. Piensa en un caramelo de tres sabores: lo que realmente deseas no es analizar su envoltorio, sus ingredientes ni su lugar de origen, sino saborearlo y sentir que has probado algo extraordinario.
Eso es lo que buscas.
Tu visión no debe ser un molde rígido, sino una guía, una receta que inspire al chef.
Háblale de los ingredientes que imaginas y de la sensación que quieres experimentar, pero deja espacio para que obre su magia.
¿De verdad crees que alguien con su currículum va a servirte un plato que no esté a la altura?
Cuando no necesitas supervisarlo todo, el resultado suele ser aún más gratificante. En serio, cuando sueltas el mando, lo que llega a tu mesa puede superar cualquier expectativa.
Así que confía en U-Delivery; no es su primer pedido.
Tu tarea no es anticipar cada detalle, sino expresar lo que deseas… y dejar que el plato se prepare a su manera.
Ríndete a la experiencia y, antes de que te des cuenta, estarás disfrutando como un niño del mejor caramelo de tu vida.
Sentada frente a Allegra, a una mesa de madera que era testigo del pasar de los años, abrí la aplicación y, con un suspiro liberador, mandé mis requisitos a la papelera.
Bueno, casi todos. Siguiendo el sabio consejo de mi amiga, conservé algunos indispensables: que no huyera al ver una escoba, que supiera distinguir entre «hay», «ahí» y «ay», y que entendiera que la fidelidad no es un deporte de alto riesgo.
Mi nuevo pedido ya estaba en marcha. Escribí en la cabecera:
«Estoy bailando con mi pareja ideal el día de la boda de Amanda».
Así de simple y redentor.
De hecho, si lo pensaba bien y dejaba de ser tan rigurosa, lo que había sentido con Marcos la otra noche estaba muy cerca de lo que buscaba.
Ser nosotros mismos había bastado para que mi corazón empezara a disparar confeti a cañonazos. Y sí, ciertamente existía un gran abismo entre nuestras mentes, pero ya no parecía insalvable, ni siquiera importante. Mi deseo de asistir otra vez a esa fiesta colorida estaba por encima de eso.
Sin embargo, una cosa era segura: tras cómo había acabado la última, tendría que ganarme a pulso una nueva invitación.
Después de despedirme de Allegra, me dirigí resuelta hacia la casa de Marcos para intentar endulzar el avinagrado final del día anterior.
No sabía ni qué decir ni por dónde empezar, pero ya estaba frente a su puerta con el dedo en el timbre.
—Eeeh… Hola, ¿cómo estás? —saludé en cuanto abrieron.
—¡Hola!
—Venía a ver a Marcos —le dije a Sara, sin entretenerme en formalidades.