Capítulo 15 Un servicio de corazón #4
Tras un último tirón, la puerta cedió con un chirrido triunfal y entramos en el ascensor.
El ambiente en el cubículo mudó de repente, envolviéndonos en un vacío cargado de atracción eléctrica. El silencio se adueñó del tiempo mientras el número de piso cambiaba sin cesar.
Apenas nos mirábamos y cuando lo hacíamos, solo podíamos sonreír con los ojos. No soy experta en lenguaje no verbal, pero era evidente que había algo entre nosotros y que esos minutos resultaban cruciales.
En un instante, el resplandeciente cinco apareció en la pantalla y las puertas del ascensor se abrieron ante nuestros ojos indiferentes. Ninguno de los dos quería dar el primer paso para salir del encantamiento.
Al final, la amenaza de quedarnos encerrados nos obligó a reaccionar.
—Pasa tú —dije, rompiendo el hechizo.
—No, tú primero.
—¿Seguro?
—Sí.
—Está bien.
La luz tenue del pasillo proyectaba en las paredes sombras juguetonas que reflejaban nuestro estado interno. Por más que intentamos alargarlo, el final del camino había llegado.
Ya estábamos frente a la puerta de mi piso. Era el momento de la verdad.
—Uff…, menudo bailoteo. No puedo más —comenté para rebajar la tensión.
—Ya lo creo. No has parado ni un segundo.
—Sí, me gusta bailar —confesé. El calor subió hasta mis mejillas.
—Me lo he pasado muy bien, Ava.
Y ahí estaba, amigos míos, la frase que lo precipita todo, la señal de que el gran desenlace está al acecho.
—Sí, yo también. Ha sido una noche inesperada —dije. Él no apartaba su mirada de mis labios mientras acortaba la distancia entre nosotros.
—Eres una chica diferente…, dulce, encantadora. Y por supuesto, una extraordinaria bailarina.
«¿Dulce?, ¿encantadora?, ¿yo?», pensé, sin poder evitar una mueca de confusión.
—Sí, lo eres —insistió con ternura.
A nuestros labios apenas los separaba un suspiro de aire en ebullición. Yo podía notar cómo su cálido aliento acariciaba mi rostro, cómo su cuerpo me abrazaba sin tocarme. Podía sentir el ritmo acelerado de mi corazón; cada latido resonando en mis oídos igual que un tambor de guerra.
La tentación de someterme a sus labios era casi insoportable. Y justo cuando iba a rendirme a ella, mi inoportuna y maldita lógica se presentó sin invitación.
«¿Y qué pasa con tu hombre perfecto?, ¿lo vas a tirar todo por la borda por una noche? ¿Qué pasará cuando estés sola en la boda de Amanda? Yo te lo diré: te vas a arrepentir».
Esos pensamientos en cascada minaron mi voluntad. Tenían razón: no podía abandonar mi sueño por el hombre incorrecto, no podía desviarme del camino en la primera salida.
Tenía que pararlo antes de que nuestras bocas intimaran sin remedio.
—Lo siento, Marcos. No quiero equivocarme de nuevo.
El desconcierto en su rostro se convirtió en una sombra de tristeza cuando sus ojos dejaron de brillar.
«¡Felicidades, Ava! Tu desequilibrio existencial no tiene límites».
En ocasiones como esa es donde la sinceridad se gana la mala fama.
Marcos se alejó con un movimiento que parecía cortar el aire entre nosotros. Sus ojos, antes llenos de calidez, ahora irradiaban una desilusión silenciosa.
Con voz distante, me dio las buenas noches mientras cruzaba el pasillo hacia su puerta.
Yo me quedé plantada ahí, en el rellano, con la mente orgullosa y el corazón decepcionado, aceptando que ese episodio fugaz no podía alterar mi destino.
No sabía si había hecho bien o no, pero si quería ser feliz en el amor, tenía que demostrarle al Universo que estaba decidida a encontrar al hombre adecuado para mí, y ese, por suerte o por desgracia, no era Marcos.
Un servicio de corazón
En U-Delivery lo saben bien: cuando desconectamos de lo que sentimos de verdad, el pedido puede desviarse de su curso. Una vez que haces tu encargo, no puedes saber cuándo ni cómo llegará. Solo te queda prestar atención a las señales.
Imagina esto: hace semanas, con el inicio del verano, pediste un delicioso helado de stracciatella.
Hoy, justo antes de salir hacia el dentista, una vocecita interior te susurra: «Espera un momento más».
Al principio dudas, pero enseguida tu mente toma el mando: si no sales ya, llegarás tarde, perderás el turno y te quedarás hasta las tantas en la consulta. Así que ignoras el susurro y te vas.
Cuando regresas, encuentras un paquete en el rellano. Dentro está tu helado, ahora convertido en una sopa dulce y tibia. En la etiqueta, la hora de entrega: dos minutos después de que cerraras la puerta.
Tu mente es un almacén abarrotado. Allí hay de todo: recuerdos, historias prestadas, temores heredados, creencias que aceptaste sin cuestionar…
Una mezcla caótica que no define quién eres realmente.
En cambio, en tu corazón solo estás tú. Y no, no hablo de emociones.
Hablo de ese lugar silencioso, en lo más profundo de ti, donde las señales no suelen confundirse con el ruido.
Puede que sus indicaciones parezcan ilógicas o descabelladas, pero rara vez son aleatorias.
No siempre se trata de entender. A veces, la dirección no se piensa… se percibe.
Recuerda: el camino hacia lo que deseas suele empezar con un susurro.