Capítulo 15 Un servicio de corazón #3
Cuando la puerta lograba desafiar a la gravedad y se abría, Dios, la cosa empeoraba.
En el interior, unas cuantas mesas roñosas y mal distribuidas absorbían el poco encanto que quedaba en aquel lugar.
En ese instante, tuve ganas de escapar a toda velocidad, pero vi a Marcos tan contento y convencido que no quise estropear la velada.
Una vez en el salón, el camarero nos indicó que nuestro sitio estaba preparado en la terraza.
«¿En la terraza?», pensé. «Esto puede ir a peor».
Al salir de aquel antro, no solo me iba a comer la cena, sino todas las palabras malsonantes que habían reverberado en mi cabeza.
Delante de mis ojos apareció un espacio totalmente distinto, amplio, con la belleza cálida de una boda rústica, adornado con luces parpadeantes y flores frescas que impregnaban el aire con un suave perfume. Aquel paisaje era un oasis en medio del asfalto.
¿Cómo podía un edificio casi en ruinas esconder tal maravilla? Incluso se podía disfrutar del tímido cielo estrellado de Bellmont.
—Sorprendida, ¿verdad? —Marcos compuso una sonrisa al ver mi expresión de asombro.
—Eh…, sí. No puedo creer lo que veo.
—Pues espera. La comida es aún mejor que las vistas —añadió, guiñándome un ojo.
¿En serio? Solo podía pensar en lo afortunada que había sido al aceptar la invitación de Marcos, en lo que me hubiese perdido si la hubiese rechazado, en todas esas ocasiones que había desperdiciado por miedo, inseguridad o cualquier otro estorbo de la vida.
Sí, así estaba yo, sumida en esa profunda reflexión sobre mi pasado, cuando el camarero nos indicó nuestra mesa.
Para ser más específicos, nuestra inesperada y variopinta mesa.
—Esta es. Os están esperando —nos dijo.
«¿Hola? ¿Nos están esperando? ¿Quiénes?».
Cuando el camarero se apartó, pude descubrir que nuestra mesa era para ocho comensales.
—Ava, estos son mis amigos de la infancia. Hace poco instauramos «la cena del mes» para ponernos al día y recordar viejas anécdotas. Son como mi segunda familia.
—Ah…, muy bien. —No sabía qué decir.
—Chicos, esta es Ava. Necesita una salida de las nuestras. ¡A pasarlo bien!
—¡Genial! Bienvenida, Ava —se escuchó por encima del jolgorio.
Todavía no había cenado y ya estaba atragantada. No sabía si debía sentirme ofendida o aliviada por aquella encerrona.
Ava Melancólica: Y yo pensando que quería seducirme…
Ava Motivadora: No te quejes; es lo que querías. Ya no tienes que esquivar sus encantos.
Ava Melancólica: Yaaa, pero no le gusto.
Ava Motivadora: ¿Y? Mejor, tonta. Olvídate de todo y cojamos una gorda.
Ava Melancólica: ¿Cómo?
Ava Motivadora: Te la mereces. ¿Recuerdas la cara de David después de cerrarle la puerta?
Ava Melancólica: ¡Ay, sí! Es verdad. Voy a pedirme vino tinto, que sube más.
Una copa, dos, tres… y puede que hasta siete fueran necesarias para digerir lo que quedaba de mi orgullo.
Os aviso: un corazón parcheado con tiritas y una mente ahogada en alcohol pueden llevar a cualquier cosa.
Esa noche me dio por hablar sin barreras con cualquiera que se cruzara en mi campo visual.
También por cantar hasta dejar los pulmones más secos que el papel de lija, y para desgracia de los testigos involuntarios, incluso tuve el valor de exhibir mi repertorio secreto de baile, ese que solo ofrezco a mis fans de detrás del espejo.
Con tanta actividad, consumimos la noche en lo que pareció un trago rápido.
Sin darme cuenta, dieron las cuatro de la mañana, y a esas horas, ya no tenía energía para seguir bailando, ni siquiera al ritmo de Rosalía.
Como siempre me recuerda Alicia, mi amiga del taller de «lanaterapia»: «Una retirada a tiempo es una victoria».
Claro que ella lo dice con conocimiento de causa, después de presenciar mi épica derrota tejiendo el famoso jersey para mutantes del que ya os he hablado.
Había llegado el momento de decir adiós a aquella increíble noche de risas. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. La verdad es que dejar de lado la compostura me sentó de maravilla.
En mitad de la despedida de mis nuevos mejores amigos, Marcos se acercó, me tomó por la cintura y se ofreció a acompañarme.
«No te emociones, Ava. Es lo más normal. Vive en el piso de al lado, tonta».
Sí, la Ava descontrolada quería acurrucarse entre los brazos musculosos de ese hombre y sentirse como en casa, vestida con el pijama de franela, despeinada y con la cara lavada.
No tenía que pretender ser alguien mejor, más conveniente, sin asperezas. Todo era más sencillo sin tener que encajar en las expectativas del otro.
—¿De verdad te lanzaste al agua para evitar que te picara? —me preguntó Marcos de camino a casa.
—Sí. Era una abeja muy testaruda.
—¿En la Fontana de Trevi?
—Sí, sí, tal cual lo he contado.
—No me lo puedo creer —afirmó, entre la incredulidad y la admiración.
—Pues créetelo. No eres el único con aventuras sorprendentes.
—Ya veo, ya.
En el trayecto hasta nuestro edificio, nuestras risas y miradas hablaban por nosotros, estableciendo un entendimiento silencioso más profundo que cualquier conversación.
Al llegar, Marcos intentó abrir el portal, pero como siempre, el dichoso cerrojo decidió poner a prueba nuestra paciencia.
—Dame un segundo —murmuró, forzando la llave con la combinación justa de maña y desesperación.
—Tranquilo, es nuestro pequeño ritual de bienvenida —bromeé, y crucé los brazos mientras esperaba.