U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 15 Un servicio de corazón #2
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Capítulo 15 Un servicio de corazón #2

¡¿Qué?! Me cogió tan desprevenida que la cerveza que tenía en la boca salió disparada como un cañón hacia la cara estupefacta de mi vecino.

—¡Por el amor de Dios, Marcos! ¡Lo siento!

—Tranquila, no es nada —dijo mientras se levantaba, perplejo.

—Es que no me esperaba…

—Culpa mía, era una broma.

—¿Cómo? ¡ no ! ¡Cuánto lo siento! Te he empapado.

—No te preocupes.

—Espera, voy a buscar papel de cocina.

—Mejor si voy al baño. ¿Te importa?

—No, claro.

—Gracias.

—¡Espera! —le grité, tan fuerte como pude.

Recordé que había dejado allí cosas del kit de manifestación. A ver, tenía un cepillo de dientes, un perfume masculino, crema de afeitar… Bueno, nada fuera de lo normal.

—Perdona, ya puedes ir. No recordaba si había puesto papel higiénico.

—Está bien —respondió, desconcertado.

Marcos se dirigió al baño mientras yo intentaba procesar lo que acababa de ocurrir.

Me sentí como una maniaca de libro consumida por la vergüenza.

Mis mejillas estaban tan calientes que subí la temperatura del salón tres grados.

¿Cómo había podido reaccionar así? Todo por una broma malinterpretada y mi temor a ser descubierta.

Para colmo, con toda la cháchara, no había resuelto el problema con el portátil.

Aproveché ese tiempo de bochorno para resetear el ordenador y eliminar el virus escurridizo de una vez por todas.

Con la esperanza de mejorar la imagen que había ensuciado momentos atrás, os diré que me dio tiempo a machacar el bichito, actualizar un par de programas e instalar un software bestial de fotografía mientras esperaba. No sabía qué pasaba dentro del baño para que mi vecino tardase tanto.

—Marcos, ¿estás bien? —pregunté, y me puse en pie para ir a buscarlo.

—Sí, sí, bien. Ahora salgo —respondió en un tono débil.

La puerta se abrió y Marcos apareció con la cara desencajada.

—Oye, ¿seguro que estás bien?

—Sí, sí, tranquila.

—Bueno, al menos has recuperado el aspecto mate de la cara.

—¿Eh? Ah, sí…

—Ven, quiero enseñarte algo —dije, tomándolo del brazo y llevándolo al sofá.

—Ava.

—¿Sí?

—Sara, mi hermana, me comentó que estabas saliendo con alguien…

Se quedó callado, a la espera de que yo continuara.

—Hummm…, sí, pero no fue bien.

—Vaya, y la cosa no fue bien por…

Volvió a quedarse callado.

—No sé, supongo que no era quien yo esperaba.

—¿Ah, no? ¿Es que esperabas a alguien en concreto? —me preguntó, con visibles expectativas.

—¿Qué quieres decir? —me extrañé.

—Nada. No sé…

—Mira, en resumen: me la pegó con mi jefa.

—Ostras.

—Sí, el muy… cada vez que lo recuerdo… —Cerré las manos en el aire como si estuviera ahorcando a mi ex.

—¡No, no, tranquila! Cambiemos de tema —soltó de repente.

La verdad es que Marcos estaba actuando de forma muy extraña, haciendo preguntas sin sentido y observándome igual que a una psicópata a punto de cortarlo en pedazos.

«Una de dos: o cree que todas las cosas del lavabo son de David y estoy obsesionada con él o le ha entrado cerveza hasta en el cerebro».

Esto fue lo que deduje, pero ya lo veréis, no soy buena para las predicciones.

A lo que íbamos: poco a poco mi vecino fue recuperando la normalidad. Y lo más importante, dejó de tratarme como a un ensayo clínico.

—Bueno, ¿quieres que probemos si ya no hace «cosas raras»? —Le señalé el ordenador con una sonrisa pícara.

—Genial. Puedo enviar el correo para comprobarlo.

—Sí, prefiero que lo envíes antes de irte y así nos aseguramos de que todo marcha bien.

—Perfecto. Oye, me gustaría agradecerte lo que has hecho —dijo mientras cogía el portátil.

—No es nada. No te preocupes.

—¿Nada? Gracias a ti conseguiré trabajo y editaré unas fotos espectaculares.

—Ojalá.

—¿Qué te parece si te invito a cenar? —Ojeó el reloj con nerviosismo.

—¿Ahora? —pregunté, parpadeando como si me hubieran propuesto un viaje a la luna.

Él esbozó una sonrisa.

—Sí, ahora.

Como era tradición ya, por mi cabeza cruzaron decenas de pensamientos en direcciones opuestas:

Por supuesto que quiero ir. ¿Qué hay de malo en cenar con un amigo que supone un regalo para la vista?

No seas tonta. Estás comprometida a encontrar al hombre perfecto y vas a perder el tiempo con hombres que no lo son.

¡La cabeza me iba a estallar! ¿Estaba decidida a hallar al amor de mi vida o no? La respuesta era concluyente: mi futura pareja era más importante que pasar un buen rato con un chico aventurero, nómada y sin ingresos. Por muy guapo, simpático y divertido que este fuese.

—Yo…

Y justo llamaron a mi puerta.

—Un momento, voy a abrir.

Perfecto, ahora tendría más tiempo para inventar una excusa. Abrí todavía concentrada en buscar la manera menos dañina de rechazar la tentadora oferta.

—¡¿David?!

Sí, era mi ex. Allí, plantado en mi puerta. Increíble.

—Hola, Ava, ¿cómo estás? —saludó con su voz sexi y como si no pasara nada.

Cómo se notaba que no tenía a Sofía apretándole las partes íntimas.

—¿Qué haces aquí? —lancé, sin florituras.

—Pasaba cerca y me acordé de ti.

—¿Ah, sí?

—Sí, y del libro. Pensé que sería buena idea recogerlo y aprovechar para ir a tomar algo juntos por aquí cerca, al restaurante chino que tanto te gusta.

¡Qué listo! Sabía que me chiflaba ese establecimiento.

—Bien pensado —admití con energía. Podía notar la cara de estupor de los dos hombres allí presentes.

Cogí el libro, que seguía encima del recibidor, y regresé ante David, el cual mostraba una sonrisa de oreja a oreja.

—Toma, aquí lo tienes. Espero que te guste.

—Seguro que sí.

—Ah, y gracias por la invitación, pero ya había quedado con Marcos. —Me giré hacia mi vecino con mirada de osito embadurnado de azúcar.

—¿Sí? —Este pareció gratamente sorprendido.

—Y estábamos a punto de salir, ¿verdad?

—Sí, sí… ¡Enviado! Ya podemos irnos —respondió, satisfecho.

—Bueno, entonces… mejor hablamos en otra ocasión —insistió David al ver el panorama.

—Ajá. Pero no olvides avisar antes de venir.

¡Oleee! Menudo éxtasis al ver cómo se alejaba con el libro en la mano y una aplastante derrota a cuestas. No hay palabras para expresar el placer que sentí al comprobar que David estaba molesto.

—Ese era tu ex, ¿no? —preguntó mi vecino.

—Sí.

—Vale. Bueno, ¿qué hacemos?, ¿nos vamos?

—Eh… sí, de acuerdo.

Dios, todo era muy apresurado. En general, yo solía evitar la espontaneidad, sobre todo en lo que respecta a las citas, pero Marcos parecía tener prisa por irse.

—Me cambio de pantalones y ya estoy.

—Muy bien —respondió, mirando el reloj otra vez.

Tuve la tentación de sacar de paseo el vestido corto que tanto triunfó en la investigación de las aplicaciones de citas. Era una apuesta segura para ir guapa sin forzarlo. Todos tenemos un conjunto así, no lo neguéis.

«Pero, Ava, si lo que quieres es justo lo contrario».

Era verdad: lo último que quería era encender la llama del amor en Marcos.

A ver, no me malinterpretéis, no era cuestión de vanidad, pero estaba claro que aquel dios griego encarnado mostraba cierto interés en mí.

No sería justo jugar con sus esperanzas en vano. Mi corazón y mi cuerpo ya tenían dueño.

Perdonad, a veces me sale la vena poética cuando menos lo espero… Incluso escribiendo la lista de la compra.

Al final, me quedé con las braguitas de diario, la camiseta blanca que llevaba puesta y mis vaqueros de batalla.

—Ya estoy lista.

—Estás muy guapa.

«Si así te parezco guapa, he hecho bien en no ponerme el vestido corto».

—Tengo que pasar un momento por casa a coger la cartera y a dejar el ordenador —dijo Marcos.

—Vale, pues vamos.

Ahí estaba Sara, en el sofá, hablando por teléfono con alguien. Me saludó de forma amistosa con la mano. Curiosamente, su efusividad y su entusiasmo ya no me irritaban tanto.

Pero vayamos a lo que nos interesa. Marcos me dijo que el restaurante quedaba cerca de casa y que podríamos aprovechar la agradable noche que hacía para ir dando un paseo por el bulevar de las Camelias, una de esas calles donde la brisa nocturna se cuela entre los árboles y da la sensación de estar en una película romántica.

«Está bien, pero no lo vas a conseguir. Estoy decidida a frustrar cualquier estrategia de seducción que quieras utilizar conmigo», contesté de forma telepática.

El aire fresco de la noche acariciaba mi rostro mientras caminábamos, y el sonido lejano del tráfico de la avenida Bellavista se mezclaba con nuestras risas, rompiendo el silencio de la ciudad. Debía hacer algo con urgencia, porque el ambiente empezaba a romantizarse por momentos.

Como la mejor defensa es un buen ataque, para mantener a Marcos alejado no había nada más efectivo que desvelar las partes de mí que solía esconder bajo llave; sobre todo, en una primera cita.

De camino al restaurante, le confesé que me encantaba tirarme horas en el sofá sin hacer nada, o que podía pasar de ser una inocente princesa de cuento de hadas a la niña rabiosa de El exorcista . Era capaz, os lo prometo; en cero coma un segundos y sin esfuerzo.

No maquillé mi confesión. No intenté camuflar la realidad. No pretendí ocultar mi oscuridad. Nada. Solo la cruda y liberadora verdad.

Y a pesar de eso, no estaba funcionando.

Mis vergüenzas más reprobables le provocaban más diversión que rechazo. Todavía se estaba riendo al llegar al restaurante.

Para colmo, cada vez que Marcos se giraba hacia mí con su sonrisa juguetona, el impulso de traicionar mi promesa se hacía más fuerte.

Por cierto, aquel restaurante, en efecto, estaba bastante cerca de casa.

Lo gracioso es que nunca me había fijado en él, aunque no era de extrañar: «El Rincón del Olmo», según su destartalado cartel, tenía el aspecto de local al que los años y la dejadez habían pasado por encima sin piedad.

Para empezar, la fachada se desmoronaba, con trozos de pintura descascarillada y ladrillos sueltos.

Si reunías el valor suficiente para cruzar el portal, tenías que subir por unas escaleras estrechas y empinadas que daban a una puerta de la Edad Media.

Y aún hay más.