U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 15 Un servicio de corazón
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Capítulo 15 Un servicio de corazón

Lo primero que hice al llegar a casa fue abrir la aplicación U-Delivery con la intención de actualizar mi pedido. Solo quedaba un mes para la boda de Amanda. Un mes. Si quería ir acompañada, tenía que manifestar a mi chico perfecto en tiempo récord.

Pensé en cómo formularlo. Algo concreto, sin ambigüedades, sin dejar resquicios para interpretaciones cósmicas erróneas.

«El día de la boda de Amanda estoy bailando con mi chico perfecto»…

Mis dedos volaron sobre la pantalla para añadir el requisito que jamás volvería a olvidar: «el cual siente una fuerte atracción por mí».

No me ibas a pillar de nuevo, Universo.

El resto ya estaba en la app : fiel, honesto, educado, respetuoso… Todo registrado. Pero esta vez no bastaba con escribirlo y esperar.

Repasé lo que aquella mujer en la heladería había dicho. Hablar, pensar y actuar como si mi chico ideal ya estuviera en mi vida. Bien, la teoría era sencilla, pero la práctica…

Hablar como si ya tuviera pareja.

Eso ya había empezado a ponerlo en práctica y tenía serias dudas al respecto. Lo de ser mística y mentir más que Pinocho no me encajaba del todo.

—Supongo que no entendí la dinámica tan bien como creía —murmuré, frunciendo el ceño.

Pensar como si estuviera con mi chico perfecto.

Era, de lejos, mi actividad preferida.

Actuar en coherencia.

¿Actuar? Ahí era donde todo se complicaba. ¿Cómo se suponía que iba a hacerlo sin parecer una lunática?

«¿Qué le voy a dar? ¿Besos al aire? ¿Abrazos al vacío?».

Decidí que necesitaba un espacio en la aplicación para todas las ideas que se me ocurrieran sobre este punto. Un apartado de propuestas creativas, donde anotar todas esas pequeñas acciones que me ayudarían a comportarme como alguien que ya tiene pareja.

—Vale, empiezo por lo básico —dije en voz baja, mientras tecleaba.

Comprar un cepillo de dientes de más.

Tener un perfume masculino en casa (que se huela desde el portal)

Poner la mesa para dos. Y doblar la servilleta con forma de cisne para demostrarle al destino que estoy lista para el amor.

Hacer una copia de las llaves y meterlas en uno de esos llaveros cursis que van a conjunto. De los que tienen forma de corazón partido, donde las piezas solo encajan de una manera, dejando claro que cualquier otra opción es un error catastrófico.

Mi creatividad despegó como un cohete. Volaba tan alto que dejé de verla a los dos minutos. Sin darme cuenta, ya estaba anotando detalles como elegir su lado de la cama y mirar destinos para nuestra primera escapada.

—Ava, concéntrate; no se trata solo de escribir, sino de actuar —me reprendí.

Y estaba en lo cierto. No podía quedarme atrapada en la planificación. Así que cogí las llaves y salí a recorrer la ciudad en busca del kit básico de «pareja falsa».

Me imaginé a Enzo frotándose las manos con esta idea, fantaseando con el eslogan de un nuevo negocio: «Compre ahora este pack y obtendrá su increíble y postizo hogar conyugal».

Lo privé de tal placer. No estaba de humor para aguantar sus tonterías. Esta vez, la manifestación iba en serio.

Después de todo el ajetreo de la mudanza, acabé hecha polvo. No sabéis la energía que se gasta cuando tu pareja ficticia no se digna a ayudarte y tienes que hacerlo todo tú. Me quedé con un mísero cinco por ciento de batería vital. Estaba en las últimas. Necesitaba un receso del amor.

Me dejé caer sobre el sofá sin resistencia y me preparé para un merecido descanso.

«Yo ya he hecho mi parte, Universo. Ahora te toca a ti».

Y no sé por qué narices continuaba provocándolo, ya que el muy pícaro no me dejó cerrar los ojos ni un minuto. Envió a alguien imprudente y fastidioso para que estropeara mi reposo.

—¡No! Solo abriré si vuelven a tocar la puerta —me susurré.

Y otra vez el toc, toc de la porra.

Ya os habréis dado cuenta de que mi timbre no funcionaba.

«No, esta no cuenta; una vez más».

Y ¿adivináis?

—Como sea Enzo, lo mato… —murmuré mientras me acercaba a la mirilla.

—Ava, ¿estás en casa? —preguntaron desde el otro lado de la puerta.

—Ostras, es Marcos —dije en voz baja—. Sí, dime, ¿querías algo?

Pues claro que quería algo, si no, ¿para qué iba a llamar? Volví a regañarme por no pensar antes de hablar.

—Sí, mira, es que tengo un problema con el ordenador y lo necesito con urgencia. Me dijiste que te dedicabas a algo de esto, ¿no?

Confirmado: yo hablaba demasiado, pensando y sin pensar. Un día en el rellano le había hecho un comentario sobre mi trabajo.

—Espera, te abro.

Era imposible negarse a esa súplica tan dulce. Pero con la mano ya en el pomo de la puerta, recordé la puesta en escena que había montado en casa.

—Un momento, antes tengo que ponerme algo encima —improvisé con un nudo en el estómago, consciente de que mi piso parecía el escenario de un telefilme romántico de bajo presupuesto.

Escondí todo lo que pude, sobre todo aquello que estaba a la vista: las dos copas de vino —aunque solo una estuviera llena—, el pack de trapos «Sr.» y «Sra.», el póster y los globos de «Bienvenido a casa»…

—Mierda, después de tanto trabajo —me lamenté mientras recogía a toda prisa.

Pero era mejor ocultar la verdad. No quería que me hicieran ni una pregunta más, ya estaba empachada de tantas mentiras.

—Pasa, Marcos. Perdona la espera.

—No te preocupes —respondió, entrando con una sonrisa que iluminaba la habitación.

Mi vecino me contó que tenía que enviar un correo electrónico para optar a un trabajo y que el portátil de su hermana no funcionaba.

—Vale, y ¿qué le pasa exactamente? —Traté de mantener la calma.

—Pues no sé. Hace cosas raras.

Tomad nota: nunca le digáis eso a un informático. Es el diagnóstico que más rabia nos provoca, al menos a mí. ¿Os podéis hacer una idea de la cantidad de problemas que pueden englobar esas dos palabras, «cosas raras»? A un médico no le dices:

—Cúreme, por favor. Siento una molestia, pero no sé dónde ni de qué tipo.

Tenedlo en cuenta. Un poco de precisión, por favor.

Sigamos.

Modestia aparte, pude identificar bastante rápido cuál era el problema en cuestión: un virus chapuza se le había colado a través de un correo fraudulento.

No puedo asegurarlo al cien por cien, pero diría que el responsable fue el karma. Me estaban pagando con la misma moneda. Sí, un virus como técnica de cortejo recibía un castigo parecido.

No se puede ser tan rencoroso, Universo. No es sano.

—Déjame que te instale un cortafuegos y lo tendrás solucionado.

—Pues era verdad que sabías de esto. Yo ni las comprendo.

—¿A quiénes?

—A estas máquinas. Me robaron el móvil al llegar aquí y todavía no he ido a comprarme otro. Impensable para ti, ¿no?

—No creas. A veces desearía no estar localizable en todo el día —dije, otra vez sin pensar.

Nos quedamos en silencio por unos segundos.

—Entonces únete a mi club de rebeldes analógicos —sugirió mi vecino tras tragar saliva, como si intentara digerir mi comentario antes de quitarle peso.

A pesar del intento de Marcos por minimizar el daño, sentí que mi comentario había sonado más antipático de lo que pretendía. Así que, en un arrebato de culpa, traté de compensarlo:

—¿Quieres una cerveza? Me llevará un rato.

—Ah, pues sí, gracias.

—Puedes cogerla tú mismo. Allí está la nevera y en ese cajón, el abridor.

—¿Te traigo una para ti? —me preguntó él con cara de expectación.

—Vale, gracias.

El sonido de las burbujas de la cerveza al abrir el botellín rompió el silencio momentáneo, creando una atmósfera más relajada.

Entre sorbo y sorbo, Marcos me relató sus aventuras fotografiando paisajes increíbles alrededor del mundo. Se notaba que le apasionaba de verdad. Fue una lástima que se viera obligado a renunciar temporalmente a sus sueños por la escasez de buenas ofertas de trabajo.

En ese momento, su prioridad era ahorrar, y para ello ejercía como fotógrafo de eventos. Quería hacer hucha para viajar a donde quisiera, plasmar por su cuenta las maravillas del planeta y después venderlas al mejor postor.

Ese fue el motivo por el cual se había trasladado al piso de al lado, en aquel edificio antiguo de la calle Horizonte, uno de los pocos rincones de la ciudad donde los alquileres todavía no eran un robo a mano armada.

Mientras Marcos hablaba, una parte de mí se sentía inspirada y otra, inevitablemente, envidiosa. ¿Cómo podía alguien estar tan convencido de sus sueños cuando yo apenas podía asegurar si había cerrado la puerta al salir?

Si me hubiese encontrado en su lugar, ni loca me habría mudado al polo opuesto de mi paraíso. Por ejemplo, al desierto del Sáhara. No estaba hecha para recorrer otra cosa que no fuera asfalto.

—Te admiro, Marcos. El día que repartieron la pasión por la aventura, a mí me tocó la dosis de placebo.

Marcos se rio, y su risa llenó la habitación de una calidez inesperada.

—¡Qué graciosa eres!

—¡Qué va! Es en serio.

—Pues si te cuento la vez que un tigre salvaje me persiguió por la sabana…

Mis ojos se abrieron de par en par.

—Verás, antes de adentrarte en un territorio así, te imparten una charla de seguridad.

—Sí, claro. No me extraña.

Marcos se inclinó un poco hacia delante y bajó la voz, envolviendo el relato con un aire de suspense.

—Nos dijeron que si veíamos a un tigre nos quedásemos tranquilos e inmóviles.

—Ajá. —Escuchaba con atención, sintiendo más temor que curiosidad.

—Cuando llevábamos un par de horas recorriendo la zona sin mucho éxito, en una pequeña colina divisamos a una manada de cuatro tigres descansando. De repente, uno de ellos nos vio y echó a correr hacia nosotros.

—¿Qué?

—Sí. Aunque estábamos lejos, aquel animal corría como un relámpago.

—Y ¿qué hicisteis?

—Estábamos muy asustados; el experto no nos había dicho qué hacer si venían a por nosotros…

—¡No!

—Así que nos pusimos a correr como locos. Yo iba delante y mi compañero, detrás, pero él tenía un problema en las rodillas y no podía avanzar tan rápido como yo.

—¿Qué me dices?

—Sí, y entonces, antes de que yo pudiera hacer nada por él…

Bebí un trago de cerveza, esperando un final sorprendente.

—… el tigre alcanzó a mi amigo y ¡lo descuartizó delante de mis ojos!