Capítulo 14 Se requiere preparación previa #2
—¡¡Porque estoy embarazada!! —exclamó como una loca.
Aquel chillido agudo nos reventó los tímpanos a todas.
—¿En serio? —preguntó Milena con los ojos muy abiertos.
—Sí, muy en serio. Y, como os podéis imaginar, el vestido que tenía pensado no combina con una barriguita de embarazada… Así que Víctor y yo hemos decidido casarnos en un mes. ¿Os lo podéis creer? —dijo con una mezcla de emoción y urgencia en su voz.
Pues no, amiga, no. Que el hombre fuese capaz de viajar más allá de la Vía Láctea, podría; que hubiese robots capaces de realizar todas las tareas del hogar, lo espero con ansias; que inventaran algo para acabar de una vez con los malditos lunes, sería lo suyo…
Todo eso me lo podría llegar a creer, pero que Amanda se limitase a disfrutar de un mes de preparativos era lo más chocante que iba a escuchar en años.
—¿Estás segura? —pregunté, atónita.
—Claro.
—¿Segura? —insistió Bárbara, entornando los ojos con escepticismo.
—Que sí, pesadas —respondió, un poco molesta.
—Si tú lo dices… —me rendí.
—Bueno, al lío. Tengo un montón de cosas que hacer en treinta días.
—Si necesitas algo, te puedo ayudar —se ofreció la siempre servicial Renata.
—Gracias, pero lo primero es lo primero. Necesito la lista de invitados para organizar las mesas y demás. A ver, Milena, ¿crees que Elías va a poder coger el día?
Elías era piloto de aviones de una compañía comercial y lo tenía complicado para reservar fechas concretas.
—¿Qué día será? —preguntó Milena, sacando su móvil.
—Pues dentro de un mes justo, el 3 de junio.
—Espera, que reviso la programación.
—¡Ah, qué nervios! —exclamó Amanda, poseída por la felicidad.
—Sí, justo esa semana tiene vacaciones —confirmó Milena, sonriente.
—Perfecto. Bárbara, tú y Emir, sin problema, ¿no?
—Claro, ahí estaremos.
—Renata y Xavier, ya sé que sí; Víctor ha cotilleado en la agenda de tu novio. Se ve que ha pasado «casualmente» por su despacho.
—Ya se lo diré a Xavier… Espero que no lo detalle todo en esa agenda —respondió Renata con una sonrisa pícara.
Y todas nos reímos pensando lo mismo.
—Ava, tú, sola, ¿verdad? —preguntó Amanda con cierta cautela.
El silencio tomó la palabra, creando una tensión palpable.
—Cuando coja a ese imbécil de David, verá lo que es bueno. —Bárbara trató de romper la incomodidad.
Mis manos comenzaron a temblar ligeramente, y un escalofrío recorrió mi columna vertebral.
La frase de la mujer de la heladería resonaba en mi mente a diez mil decibelios, como un eco incesante: «Debes cuidar lo que dices, piensas y haces.
Todo debe remar en la misma dirección, como si tu deseo ya hubiese llegado».
—¿Ava? —insistió Amanda, y detecté una pizca de preocupación en su voz.
Se requiere preparación previa
En U-Delivery, hacer tu pedido es solo el comienzo.
Para disfrutar de verdad lo que has solicitado, puede que necesites algo más que cruzar los brazos y sentarte a esperar.
Tus pensamientos, palabras y acciones van dando sabor al encargo que has realizado.
Cuando hay coherencia entre lo que eliges y lo que expresas en tu día a día, todo fluye con más naturalidad.
Pero si hay señales contradictorias, el plato puede demorarse…
o pasar de largo sin que lo reconozcas, hasta que todo en ti diga: «Sí, esto es para mí».
La pregunta es: ¿estás realmente alineado con lo que has pedido?
Vamos a comprobarlo.
Imagina que has encargado una espectacular lasaña vegetariana para disfrutar con tus amigos.
Es la primera vez que realizas este pedido y estás ansioso por probarla.
Sin embargo, mientras esperas, no paras de quejarte.
Criticas lo difícil que es encontrar buena comida vegetariana en tu zona, lo caros que son los restaurantes y lo aburrida que te parece esta dieta. ¿Qué mensaje estás enviando?
Desde fuera, parece que ni siquiera valoras el plato que has solicitado.
Y no es solo lo que dices. Tus pensamientos también apuntan hacia otro menú.
En el fondo, no estás convencido de que ser vegetariano sea lo mejor para ti.
Solo lo intentas porque tus amigos insisten en sus bondades.
Además, dudas de que alimentarse únicamente de verduras pueda ser saludable.
Estas contradicciones, que parecen pequeñas, podrían actuar como un «cancelar pedido» disfrazado.
Y luego están tus acciones, que a menudo expresan más que tus palabras o pensamientos.
Imagina que preparas la mesa con palillos para sushi, un set de fondue o copas de vino tinto mientras esperas comida vegetariana.
Si fueras el repartidor, ¿pensarías que esa casa está lista para recibir el pedido?
Probablemente darías media vuelta, creyendo que te has equivocado de dirección.
Ya lo ves, la coherencia también forma parte del pedido. No hace falta esperar tu plato con fuegos artificiales ni hablar de él como si fueras su representante oficial. Seguir eligiéndolo, incluso cuando nadie está mirando, es lo que marca la diferencia.
¿Quería ir a la boda sola? No.
¿Quería estar allí, recordando que me habían abandonado? No.
¿Había invertido mucho tiempo y esfuerzo en manifestar una pareja? Sí, demasiado .
Sentía que el Universo me debía intereses por cada visualización, cada afirmación y cada vela aromática encendida en su honor. No podía permitir que todo ese esfuerzo se quedara en nada.
Me humedecí los labios y jugueteé con la servilleta entre los dedos, sintiendo cómo se deshacía poco a poco entre mis manos sudorosas.
—Acompañada.
—¿Cómo? —soltaron al unísono.
—¡No me digas que has vuelto con ese imbécil! —tanteó Milena.
—No, no…
—¿Entonces?
La atmósfera se volvió densa y el oxígeno empezó a escasear de repente. La lógica me gritaba que corrigiera el rumbo antes de que fuera demasiado tarde, pero mi boca, traicionera, decidió seguir con su propio plan.
—Hace poco he conocido a alguien y creo que le apetecerá venir.
—¿Qué? ¡No nos habías dicho nada! —dijo Amanda, un poco enfadada por dejar de ser la protagonista.
—¡Cuenta, cuenta! —suplicaron todas.
Sentí cómo mis hombros se tensaban y mi respiración se aceleraba, atrapada en una batalla invisible, buscando desesperadamente una salida. En ese momento, me vi acorralada, aunque mis oponentes eran mucho más letales que cualquier enemigo al que Rambo se hubiera enfrentado.
—Chicas, en otro momento.
—¿Por qué? No puedes dejarnos así —me recriminó Bárbara.
—Lo siento, es que he quedado con él y… ¡mira qué hora es! No puedo llegar tarde.
Me levanté de golpe, derramando un poco de café en la mesa.
En el caos, agarré el bolso casi a ciegas, como si fuera un salvavidas, y me apresuré hacia la puerta.
Sentí en la espalda las miradas perplejas de mis amigas mientras me apresuraba a salir de allí.
Mi corazón palpitaba a toda velocidad, temeroso del interrogatorio que se avecinaba.
¡¿Qué había hecho?!
«Ava, o piensas antes de hablar o vamos a acabar muy mal», me regañé.
Es cierto, deseaba tanto que esa mentira fuera realidad que me dejé llevar por la esperanza.
Esa incipiente ilusión me empujaba hacia delante como una corriente imparable.
Me dejé convencer por lo que me dijo la mujer de la heladería.
Parecía tener todo el sentido del mundo.
Somos energía que recibe lo mismo que proyecta.
Si actuaba como si ya tuviera mi pedido, entonces a mi hombre perfecto no le quedaría más remedio que aparecer.
Y siendo justos, no fue una completa mentira; en cierto modo, sí que había quedado con él.
«No es culpa mía si ellas sacan sus propias conclusiones, aunque sean erróneas, ¿no?». Así me justifiqué.
De todas maneras, ya no había marcha atrás, lo de recular no iba conmigo. Si quería manifestar una pareja en el plazo de un mes, debía ponerme las pilas cuanto antes.