Capítulo 14 Se requiere preparación previa
Mi teléfono no pudo sonar en un momento más inoportuno. Justo cuando la mujer iba a contarme algo interesante, la irritante melodía irrumpió como un taladro en plena meditación.
Resoplé y saqué el móvil del bolso, con la intención de silenciarlo sin siquiera mirar la pantalla.
Pero entonces, vi el nombre: Amanda. Si me llamaba a esas horas, solo podía significar dos cosas: o había recordado un dato crucial sobre mi vida amorosa o necesitaba narrarme, con todo lujo de detalles, la última injusticia universal que atentaba contra su existencia privilegiada.
En cualquier caso, esa llamada podía esperar.
—Perdone, continúe. ¿Podría explicar a qué se refiere exactamente?
La mujer asintió con calma, como si estuviera a punto de revelarme un secreto milenario.
—Debes cuidar lo que dices, piensas y haces —dijo con una voz suave pero firme—. Todo debe remar en la misma dirección, como si tu deseo ya hubiese llegado. Verás, si tú…
El teléfono volvió a sonar como un bocinazo en medio de la epifanía.
Me tensé. Respiré. No iba a permitir que un aparato me arrebatara mi iluminación.
—Perdone, es una amiga. La llamaré luego. Siga, por favor.
La mujer esperó con paciencia antes de retomar la explicación:
—Lo que quiero decir es que…
Y el maldito teléfono sonó una vez más.
Me crujió un párpado.
—Lo siento, parece urgente. Un momento, por favor.
Si no frenaba aquello de una vez, corría el riesgo de explotar por frustración acumulada.
—Amanda, espera. Voy a salir; no te escucho.
Un grupo de niños entró como una estampida, convirtiendo la heladería en un caos de gritos y zapatillas chirriantes.
—¿Ava? ¿Ava? —preguntaba mi amiga al otro lado, mientras yo esquivaba pequeñas criaturas hiperactivas que parecían haber escapado de un experimento con azúcar y cafeína.
—Sí, ahora. Dime.
—Hemos quedado a las cinco y media donde siempre. Llamo para que no me falles.
—Es que no he tenido un buen día, Amanda. Lo siento, pero solo tengo ganas de irme a casa.
—Ava, no me puedes hacer esto. Tienes que venir.
—Es que no me…
Ni me dejó acabar la frase.
—Es importante. Por favor, ven. Será media hora. Ya descansarás después.
—Uff… Está bien.
—¡Perfecto, no me falles! ¡Hasta luego! —Y colgó rápidamente.
Miré la pantalla con resignación antes de poner el teléfono en silencio. Entre Amanda, con su insaciable necesidad de ser el centro de atención, y Enzo, que nunca dejaba de hablar de sus logros, ya había superado la cuota de egocentristas en mi vida.
Volví a entrar con determinación, decidida a retomar la charla con la mujer enigmática. Algo me decía que todavía había esperanza, que ella tenía la clave para que yo consiguiese lo que quería.
Sin embargo, cuando llegué a mi sitio, la mesa de al lado estaba vacía. Ni rastro de la mujer, ni del libro, ni una sola gota derramada de su copa Premium. Miré por todos lados, pero no encontré indicio alguno de su paradero. Pregunté a varios empleados, pero nadie la había visto salir.
«¡Qué manía tiene todo el mundo de abandonarme!», pensé.
Otra vez sola, y lo que era peor, la hora de comer se había acabado y debía volver al trabajo. Ver a Cristian después de lo sucedido era como estar en la camilla del ginecólogo: fingir que todo va bien mientras alguien te remueve las entrañas.
Pensé en todas las opciones que tenía para pasar el resto de la jornada con la mayor dignidad posible. Como estaba bajo mínimos de decencia, opté por la táctica ancestral que siempre funciona: esconderme detrás de la pantalla como una alimaña avergonzada.
Al entrar en la oficina pensé: «Genial, la puerta de su despacho está cerrada. Eso significa que no saldrá de ahí en toda la tarde».
Menos mal; las previsiones de tormenta se habían disipado. Agradecía un poco de tranquilidad y calma. Además, me lo merecía después de ser humillada sin piedad por el cínico sentido del humor de la vida.
Con la mente enfocada en el trabajo, avancé rápidamente en la encuesta, sintiendo que cada paso que daba constituía un pequeño triunfo. Solo me faltaban los últimos retoques para «la primera versión de la versión definitiva». Así es como actúa la mente de una maniática del control.
El silencio resultaba reconfortante, un respiro después de la paliza emocional del mediodía. Justo lo que yo necesitaba para recomponerme.
Lástima que la paz durara lo mismo que un propósito de Año Nuevo.
La puerta de la oficina se abrió de golpe, rebotando contra la pared con un estruendo digno de un drama telenovelesco. Sin necesidad de partes meteorológicos, supe que un temporal furioso se aproximaba. Uno con nombre propio: Enzo.
—¡No hay derecho! ¡No se puede ser tan imbécil y seguir disfrutando de una carrera en la música!
Su voz resonó con el ímpetu de un trueno, captando la curiosidad de los presentes.
—¡Una hora esperándolo, Ava! ¡ una !
Maldita sea, siempre que quería pasar desapercibida, algo me catapultaba al ojo del huracán.
—¿Y puedes creer que, después de eso, va y me dice que mis preguntas son basura? —Ofuscado, alzó las manos al cielo, pidiendo ayuda divina para contener su indignación.
—Enzo, para. Todo el mundo nos mira —susurré entre dientes, rogando que se calmara.
Pero su enfado iba in crescendo .
—¡Que no! ¡Que no hay derecho, Ava! ¡Esto no se puede permitir!
Algunos compañeros vinieron hacia nosotros para preguntar qué había pasado. Cada vez que alguien nuevo se unía al corro, mi compañero parecía coger aún más fuerza.
—Compañeros, no podemos tolerar que nos traten así…
Mientras él proclamaba su enfado como un líder en plena revuelta, mi mirada se mantenía fija en la puerta del despacho de Cristian, concentrando toda mi energía para que permaneciera cerrada.
—¿Y qué hiciste cuando se levantó? —preguntó con curiosidad Daniel, otro redactor.
—¿Qué iba a hacer? ¡Decirle lo que pensaba de él!
—Enzo, tranquilo. Estás alterando a toda la oficina.
Ups, esa voz me era familiar, pero… ¿Cristian no estaba en el despacho?
Pues no, amigos míos; menudo desperdicio inútil de energía. Cristian acababa de llegar del restaurante.
—Es que… perdona, tienes razón… —dijo Enzo, más relajado después de notar la mano de Cristian en su hombro.
—No es bueno ponerse así.
—Sí, es verdad.
Y entonces, los ojos de Cristian se cruzaron con los míos en medio del tumulto.
—Por cierto, Ava, ¿cómo está tu abuela?
—¿La abuela de Ava? —replicó Enzo, sorprendido.
—Sí, Enzo, mi abuela. —Le grité con los ojos que se callara.
—¿Tu abuela María? —insistió el impertinente de mi examigo.
—Sí, Enzo, sí —le dije, apretando los dientes.
—Pero… ¿no había fallecido?
No había nada que yo pudiera decir. La que deseaba estar muerta era yo, y el que acabaría muerto era mi amigo.
Sentía una presión en el pecho, como si cada mentira que había dicho se transformara en un peso físico que me aplastaba.
Me considero una mujer de recursos, os lo aseguro, pero no tenía tanta inventiva para salir ilesa de esa encerrona.
Es más, por mucho que intentara justificarme, mi credibilidad nunca volvió a ser la misma en la oficina.
—Ava, perdona. Lo siento.
—Enzo, ni me hables. Ahora no.
Después de eso, mi comunicación quedó reducida a silencios cargados de intenciones.
Mientras la gente recogía sus cosas para irse a casa, yo aún navegaba entre la vergüenza y el enfado.
—Av…
Enzo intentó de nuevo abrir la boca para disculparse.
—Sssh —le ladré al instante, fulminándolo con la mirada.
Me conocía bien y sabía el peligro que corría si se acercaba a mí antes de tiempo.
—Está bien. Mañana hablamos —murmuró, retrocediendo un paso.
«En tus sueños», pensé mientras, en mi imaginación, Shawn Mendes lo humillaba y torturaba con su indiferencia.
Recogí todos mis bártulos y me dirigí a nuestro sitio de siempre para reunirme con Amanda y las chicas. Allí servían el mejor café de la ciudad. No miento: era ideal para rebajar el nivel de depresión en sangre.
Cuando llegué, ya estaban todas, salvo la anfitriona. Ninguna de las cuatro había eludido la cita, así que algo gordo debía de pasar.
—¿Alguien sabe de qué va todo esto? —pregunté mientras degustaba aquel elixir aromático, disfrutando del calor reconfortante de la taza en mis manos.
—Ni idea, ya conocéis a Amanda. —Milena se encogió de hombros.
—¡Mira que es intensa! Todo es siempre un misterio y todo es de vital importancia —añadió Bárbara, autodenominada como la «sin filtros».
A pesar de que era casi imposible acertar con las tragedias del primer mundo de nuestra amiga, jugar a adivinarlas resultaba muy divertido.
—Voto porque el vestido que quería para la fiesta de Montse no le ha llegado —dijo Milena con una sonrisa cómplice.
—Mmm…, esa es buena —respondí.
—No, tiene que ser algo más grave… Su padre la ha vuelto a regañar por los gastos mensuales —refutó Renata, alzando una ceja.
—Qué va. Eso ya no es novedad —contestó Bárbara.
—¡Ya sé! Su perro se ha tragado el anillo de compromiso —exclamé en un arranque de inspiración, y todas soltaron una carcajada.
Esas fueron las únicas predicciones que pudimos compartir antes de que llegara la interesada.
—¡Hola, hola! —nos saludó al entrar, con una energía contagiosa.
La protagonista vestía una sonrisa de oreja a oreja, y no era para menos: su plebe entera estaba reunida por ella.
Lo raro fue que, después de darnos dos besos a todas y repasar nuestros vulgares outfits , seguía contenta y sonriente. A esas alturas, la drama queen ya debería haber hecho acto de presencia.
—Chicas, chicas, tengo que contaros algo —dijo con los ojos brillantes de emoción.
Bárbara se inclinó hacia ella.
—Eso, dinos de una vez, ¿qué pasa?
—Bueno, sabéis que Víctor me pidió matrimonio. —Amanda levantó la mano para mostrar otra vez aquel pedrusco de dimensiones colosales.
—Sí, es espectacular —dijimos por enésima vez, intentando sonar entusiasmadas.
—Y como ya sabéis, yo quería celebrar la boda el próximo verano…, pero no va a poder ser.
Hizo una pausa solemne acompañada de una mueca triste. Ahí venía el melodrama.
—¿Y eso? —pregunté sin mucho énfasis. Reconozco que quise fastidiar un poquito el momento de suspense.