U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 13 Disponemos del mejor servicio de atención al cliente #2
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Capítulo 13 Disponemos del mejor servicio de atención al cliente #2

No, no podía estar pasando. No podían ser tan despiadados.

¡ no ! Imposible. Tenía que tratarse de una broma. Una broma cruel, innecesaria y altamente sancionable por las leyes del Universo.

—¿En serio? —pregunté, pestañeando rápido para contener las lágrimas.

—Sí, se le da muy bien cancelar planes a última hora.

—No exageres, amor —dijo Roberto con tono cariñoso.

—Ava, ¿estás bien? —me preguntó Cristian, visiblemente extrañado.

No, por supuesto que no estaba bien. Había tenido al hombre perfecto a solo cinco centímetros de distancia y, en un segundo, todo se desmoronó. No me quedaba nada. Peor aún, menos que nada. Mis sueños y esperanzas estaban bajo cero, congelados en la tundra del fracaso sentimental.

Un vacío denso y punzante se propagó por mi pecho, recorriéndome como un eco sordo, como un agujero negro dispuesto a engullirlo todo.

Había aguantado mucho, pero aquello ya era pasarse. Si el Universo tenía la intención de sentarme en primera fila para ver cómo otros vivían mi sueño, que le quedara claro: ese no era el espectáculo para el que yo había comprado entrada. No pensaba quedarme allí para presenciarlo.

Fingí que había recibido un mensaje en el móvil, me levanté y solté lo primero que se me ocurrió:

—Lo siento, tengo que irme. Mi abuela no se encuentra bien.

—No me digas; pobre. Vete, no te preocupes —respondió Cristian con una mezcla de sorpresa y preocupación.

Salí del restaurante impulsada por la fuerza de mi enfado, dejando atrás el desconcierto y la decepción.

Recorrí un par de calles sin rumbo fijo, hasta que la rabia se apoderó de mi caminar.

Incapaz de seguir, me detuve en la acera y empecé a maldecir a los libros, mentores, coaches y demás sinvergüenzas que me habían tomado el pelo, otra vez.

Saqué el móvil del bolso y abrí la aplicación.

Pulsé sobre La Lista y ahí estaba, en la pantalla, intacta, organizada…

y tan inútil como mis ilusiones. La observé con una oleada de rabia y desesperanza.

Ahora solo era un puñado de anhelos frustrados, anotaciones sin sentido en una interfaz brillante que de nada me servía.

En ese momento, me arrepentí de cada línea, de cada palabra, de cada estúpida coma en la que había puesto mi fe.

¿Cómo pude ser tan idiota?

Deslicé el dedo por la pantalla con furia, repasando cada punto, lista para restregarle en la cara al Universo que me había fallado sin miramientos.

—¿Lo ves, Universo? Todo: educado, limpio, con casa propia… ¡Incluso ve Grease cada vez que la ponen en la tele, como yo! ¡ arggg !

Ava Lúcida: Espera un momento —interrumpió la maldita voz de siempre.

Ava Ofuscada: ¿Qué pasa ahora?

Ava Lúcida: Mira bien la lista.

Ava Ofuscada: Lo acabo de hacer, pesada.

Ava Lúcida: ¿No crees que te has dejado algo importante?

Ava Ofuscada: ¿Como qué, listilla?

Ava Lúcida: Piensa un poco.

…

No.

No.

¡ No !

Pues sí.

En ningún sitio había indicado «atracción mutua».

Pero ¿esto qué era? ¿Una selección de personal?

Vale, puede que me hubiese olvidado de ese pequeño detalle, pero ¡por favor! ¿Para qué quería yo un hombre perfecto si luego no pasaba nada entre nosotros? ¿Para jugar al parchís?

Era evidente: algo pasaba conmigo. El Universo me tenía manía. Quería verme sufrir. Quería que recordara por siempre esta ofensa gratuita. No había otra explicación.

—¿Por qué me haces esto? ¡Dímelo! —rogué al cielo con los brazos abiertos, en medio de la calle.

Y obtuve la respuesta.

Atención, aviso importante: si alguna vez os da por plantearle preguntas directas al Universo, pensadlo dos veces. Porque, tarde o temprano, os contestará.

Siempre. Quedáis avisados.

Y en ese preciso instante, lo hizo. No con palabras. No con señales profundas y espirituales. Sino con un zurullo aéreo directo a mi camisa nueva.

¡ plof !

—¡¿Era necesario?! —grité, derrotada por el descaro cósmico.

Todo parecía ir de mal en peor: David con Sofía, Cristian con Roberto, y yo… yo con una mierda; muy apropiado.

Y no una mierdecilla cualquiera. No. Aquella mancha monumental no podía provenir de una simple paloma. El autor de semejante atentado intestinal debía de ser un pterosaurio.

Saqué un paquete de pañuelos del bolso, con la absurda esperanza de solucionar el desastre, pero lo único que conseguí fue empeorarlo todavía más. Si quería que desapareciera antes de volver al trabajo, iba a necesitar agua, jabón y, posiblemente, un milagro.

Por lo menos, frente a mí había una heladería donde podría ir al lavabo.

—Perdón, ¿tienen baños? ¿Podría…? —le pregunté a la dependienta mientras señalaba el asqueroso regalito.

—Sí, claro, si toma cualquier cosa. Es solo para clientes.

Confieso que hubiese sido capaz de meterle un cucurucho por cada una de sus vías respiratorias, por las dos, pero tuve clemencia; ya estaba cansada de luchar contra la vida.

—Está bien, póngame la copa Premium.

Fastidiada, sí, pero como mínimo, satisfecha.

Mientras me preparaban la copa, que incluía unas cinco bolas diferentes, aproveché para ir al baño y borrar cualquier resto de ese bochornoso día.

Me miraba en aquel viejo espejo y no me reconocía.

En vez de mi reflejo, veía a una tonta, una ilusa que se había creído idéntica a esos iluminados que profesaban amor incondicional por todos y todo, hasta por las desgraciadas de las palomas.

Ellos eran los mimados del Universo y yo, la repudiada, la que no era digna de pertenecer a su clan.

—Pues yo tampoco quiero formar parte de vuestro estúpido grupo de elegidos —dije, reprimiendo una avalancha de lágrimas.

Lo único capaz de sacarme de aquel lavabo fue la expectativa de llenar con mi copa Premium el vacío que me embargaba.

—Ahí, por favor. —La dependienta señaló la mesa donde me esperaba la torre de helado.

Me senté, cogí la cuchara y empecé a combinar un sorbito de placer con dos de autocompasión. Para colmo, todos a mi alrededor parecían alegres y felices, mientras que yo estaba allí plantada teniendo un día de mierda. Vaya, otra vez muy apropiado.

«Qué falta de humanidad, por Dios», pensé, maldiciendo a todos los presentes.

Entre ellos, la mujer que estaba sentada en la mesa contigua. Era como yo: misma complexión, misma copa Premium, aunque, ¡sorpresa! Más afortunada. Gozaba de la compañía de un libro amigable.

Estaba tan concentrada leyendo aquellas páginas que no pude evitar hacer contorsiones para averiguar qué podía ser tan interesante.

Después de un par de posturas fallidas y dislocaciones de cuello, logré adoptar la posición correcta para vislumbrar la portada.

Un poco más y me caigo de la silla al descubrir el título de su lectura: Todo lo que necesitas saber sobre el arte de la manifestación .

Me quedé paralizada, con la cuchara en el aire. No, no podía ser.

¿En serio? ¿De todos los libros del mundo, en todos los lugares posibles, tenía que encontrarme con ese justo ese día?

No me pude contener:

—Perdone, no quiero meterme donde no me llaman, pero es mejor que no pierda el tiempo con esas historias. Le amargan la vida. Se lo aseguro.

—¿Cómo dices? —respondió la mujer, de forma educada.

—Eso —indiqué el libro—, lo que está leyendo, no vale la pena. Se lo digo por experiencia.

—Pero ¿qué dices, mujer? Sí que funciona, solo hay que saber cómo hacerlo.

—Sí, lo sé. Lo he puesto en práctica: afirmaciones, visualizaciones, tablón de sueños… Se lo aseguro: no funciona.

—¡Con eso no basta! —exclamó sorprendida, sin dejar de sonreír.

—¿A qué se refiere? Piensas, sientes y recibes, ¿no?

—¡No, qué va! No va así. No se atrae lo que uno quiere, sino lo que uno es.

—No lo comprendo.

—El Universo no entiende español, inglés ni otros idiomas, solo sabe de frecuencias.

—¿Cómo?

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U-Delivery es conocido por ofrecer el mejor servicio de atención al cliente en su sector. Sus empleados están disponibles las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. ¿Tienes dudas, preguntas o una petición especial? No te quedes con las ganas, estarán encantados de atenderte.

Lo mejor es que puedes consultar cualquier cosa: desde confirmar si el servicio está operativo hasta cerciorarte de que la dirección de entrega es la correcta.

Ahora bien, presta atención, porque las respuestas suelen llegar de formas que no esperas.

U-Delivery aprovecha cualquier oportunidad para comunicarse contigo: un libro que te recomiendan, una conversación entre desconocidos, una canción en la radio o incluso el mensaje en un azucarillo para el café. Las posibilidades son infinitas.

Y aún hay más: también puedes pedir una especie de recibo para tu encargo.

Como lo oyes: puedes elegir una señal específica —una llave, un pintalabios rojo, una melodía especial— a modo de recordatorio simbólico de que tu pedido está en camino.

No hay opciones equivocadas; elige lo que resuene contigo.

Eso sí, prepárate para lo inesperado. Si decides que tu comprobante sea una flor amarilla, puede que te cruces con un camión cargado de girasoles de camino al trabajo. Con U-Delivery, siempre hay espacio para el asombro.