Capítulo 13 Disponemos del mejor servicio de atención al cliente
Me aterraba pensar en todas las formas posibles en que podía terminar esa frase, y ninguna de ellas favorecía mi estabilidad emocional.
Fue uno de esos momentos en que la vida ocurre sin pedir permiso.
De golpe. Tan de improviso que, mientras David hablaba, mi única reacción instintiva fue cerrar los ojos, como si pudiera detener el tiempo.
Hubiese firmado un contrato vitalicio con el karma solo por quedarme allí, en la nada, unos minutos más.
Pero tranquilos, no hizo falta que recurriera a la física cuántica para escapar.
—¡Ava! ¡Tienes que ayudarme, no sé qué le pasa a mi ordenador! —gritó Cristian, desesperado, corriendo hacia nosotros.
—Tranquilo, tranquilo, Cristian… ¿Qué ha pasado?
—¡Pues que se ha vuelto loco de repente!
Como veis, mi amado salvador me rescató de la incertidumbre en el momento justo.
Aunque, voy a ser sincera: sabía que iba a pasar tarde o temprano. Y ojalá pudiera deciros que mi seguridad se debía a las visualizaciones, a la vibración alineada o a algún otro método de última generación para manifestar. Siento decepcionaros. A mí también me hubiera gustado que fuese así.
La verdad resulta un poquito menos romántica.
¿Recordáis el día que le configuré el correo corporativo a Cristian?
Pues bien, en un gesto irreflexivo y sin malicia, introduje en su ordenador un virus latente.
Lo sé, suena fatal, pero en aquel entonces me pareció una estrategia inofensiva para pasar tiempo juntos y conocernos mejor.
—No te preocupes, ahora voy —le dije a Cristian.
—¡Uf! ¡Qué bien, Ava! Muchas gracias.
Y salió disparado hacia su despacho.
—David, ya lo ves, tengo que irme. Si quieres…
—Hola, mi amor, no sabía que ya estabas aquí. —Sofía apareció de la nada.
—Eh…, acabo de llegar —farfulló el patético de mi ex.
—Perfecto. ¿Nos vamos?
—Sí…, claro.
—Adiós, Ava. —Sofía se aferró a David de forma territorial.
Tragué saliva.
—¡Quédatelo, pedazo de # @-* ! ¡Ya verás cuando deje abierta la tapa del champú!, ¡te vas a arrepentir! —contesté con valentía, una vez que ya no podían oírme.
Suspiré.
Vale, puede que no me importara, pero… ¿y si David realmente había venido a decirme que todavía sentía algo por mí?
Me quedé con la intriga de saber a qué se debía ese intento de acercamiento.
Ava Novelera: ¿Y si resulta que el perfume funciona de verdad? Que viniera justo hoy es demasiada casualidad.
Ava Cínica: Sí, claro, por eso está con Sofía.
Ava Novelera: Ya, pero a lo mejor se arrepiente muchísimo y no sabe cómo solucionarlo.
Ava Cínica: Sí. Eso es justo lo que ha pasado.
Ava Novelera: Vale, está bien. Que haga lo que quiera, no me importa.
En vez de pensar en el inestable de mi ex, preferí concentrarme en Cristian y en lo adorable que parecía cuando se preocupaba por algo. Lo tendrías que haber visto: no paraba de dar vueltas por su despacho, haciendo cálculos sobre lo que podría perder si el ordenador no volvía en sí.
—Uy, va a ser complicado, pero no te agobies, lo recuperaré —dije con la esperanza de convertirme en su heroína personal.
Después de verlo sufrir durante una hora, me asaltó una pizca de culpa y decidí que ya había sido bastante. Además, estaba ansiosa por recibir los elogios de mi futuro pretendiente.
—Listo. Todo arreglado. No has perdido nada.
—Gracias, Ava. No sé qué hubiera hecho sin ti.
Para empezar, evitar un amago de ataque al corazón.
—No es nada, Cristian.
—En serio, ¿cómo puedo compensarte?
—Es mi trabajo, no te preocupes.
—Dime, por favor.
No podía creer lo que estaba a punto de decir:
—Bueno, si algún día quieres probar el nuevo restaurante de la esquina…
—¿Cuál? ¿El Zenith? —me interrumpió.
—Sí, ese. Me han dicho que está muy bien —respondí, intentando contener mi emoción.
—Sí, lo sé. Hoy iba a comer ahí, pero al final me han dado plantón…
«Pregúntamelo».
«Por favor».
«Pregúntamelo».
—¿Por qué no vamos? Ya tengo mesa reservada.
¡Sí!
¡Tenía una cita!
Una cita con mi futuro y perfecto chico. ¿Cuánta emoción puede soportar el cuerpo antes de explotar? Juraría que estuve cerca de rebasar el límite.
Ahora bien, me sentía un tanto indecisa.
No sabía si debía agradecer ese milagro a las feromonas del perfume o a mi mente retorcida.
Al menos una de las dos merecía un discurso de gratitud con ovación incluida.
O quizá hubiera sido un trabajo conjunto.
Ni idea. Lo único seguro es que habían realizado una labor impecable: el momento había llegado.
Adiós, días grises.
Hola, días soleados.
Apenas habían pasado cinco minutos desde la encantadora proposición de Cristian y yo ya estaba atrapada en una espiral de desesperación. Las agujas del reloj se movían con una parsimonia insoportable. Calculo que cada segundo duraba, más o menos, una eternidad. Sin exagerar.
Al final, para robarle protagonismo a la interminable espera, me puse en serio con la encuesta. A regañadientes, claro. Prefería perderme en mi imaginación, paseando de la mano de Cristian y sonriéndole a la vida.
De acuerdo; me vais a sonrojar: paseando o disfrutando de otras actividades más entretenidas.
Pero nada, mal plan. La fantasía solo lograba que el tiempo avanzara más lento. Así que me rendí a lo inevitable: trabajar. La opción menos placentera pero más efectiva.
Activé una alarma en el teléfono para darme unos últimos retoques antes de la cita: un poco de pintalabios, cepillarme el pelo, revisar que no tuviera nada entre los dientes…
como los traicioneros restos de la tarta de cumpleaños que había sobrado en recursos humanos, esa que no pensaba probar, pero de la que acabé repitiendo por educación.
Lo mínimo, sin pasarse. Nada de chapa y pintura.
Por primera vez en mi vida, tenía la convicción de que me bastaba con ser yo misma para que esta vez funcionase. No podía salir mal. El Universo lo había traído solo para mí.
Mientras volvía a mi sitio después de recomponerme en el lavabo, me encontré con Cristian de frente, justo en el pasillo.
—Ava, ¿estás lista? —preguntó con su cautivadora sonrisa.
«No lo sabes tú bien».
—Sí, sí. Recojo mis cosas y voy —respondí, con toda la calma que no tenía.
Cristian asintió y siguió caminando hacia su despacho. Yo, en cambio, aceleré el paso hasta mi mesa, agarré el bolso y la chaqueta con la rapidez de quien huye de una catástrofe natural, y me planté en su puerta en tiempo récord.
—Cuando quieras.
—¡Oh! —contestó, sorprendido.
Le di un susto, al pobre. Claramente, no me esperaba tan pronto.
—Perdona, Ava. Todavía tengo que dejar una cosita atada.
—Tranquilo, no hay prisa.
Ninguna prisa en absoluto. ¿Quedarme allí de pie, contemplando a un hombre divino sin tener que justificarme por ello? Podría pasar horas así.
Por desgracia, solo fueron unos minutos.
—Listo, podemos irnos.
Esa criatura de otro mundo me regaló una sonrisa agradecida por la espera y juntos nos dirigimos hacia el restaurante. Todo parecía orquestado por el destino. La atmósfera era perfecta, fluida, como seguir las notas de una melodía bien afinada.
La buena racha nos perseguía a cada paso. Tuvimos tanta suerte que en el restaurante nos acomodaron en la mejor ubicación posible: la esquina soleada con vistas al jardín. Los astros se estaban alineando para que tuviéramos una bonita historia que contar a nuestros hijos.
Cristian me habló de su antigua empresa y de cómo, de repente, había sentido la necesidad de dar un giro radical a su vida. En una reunión con amigos, alguien mencionó un puesto de marketing en una plataforma digital y supo que ese era el camino.
Yo, mientras tanto, hacía esfuerzos sobrehumanos para no revelarle nuestro secreto. Tenía que morderme la lengua para no soltar la verdad y explicarle que su llegada no había sido casualidad; que, sin saberlo, había respondido a mi llamada:
—Cristian, nos vamos a enamorar sin remedio. No podrás escapar de nuestro destino, aunque quieras.
Me fastidiaba interpretar ese papel, como si fuéramos dos compañeros que se estaban conociendo. ¡Qué rabia! Solo podía esperar a que él abriera los ojos y se diera cuenta de que nuestro futuro ya estaba escrito.
Y esperé. Esperé. Os lo juro, esperé.
Pero el muy despistado no captaba nada.
Después de un buen rato de irritante normalidad, empecé a impacientarme. ¿Dónde estaban las señales de interés? Ni una mirada prolongada, ni un «¿cómo es que una chica como tú no tiene pareja?». Nada.
Algún gesto de ligoteo, aunque fuera insignificante, resultaba necesario. Algo tenía que pasar, o corríamos el riesgo de quedarnos para siempre allí, en la temida zona de amigos.
Como la única que parecía tener prisa era yo, me tocaba encontrar una solución. Y según mi diagnóstico de emergencia, lo más urgente era acortar distancias. Un poco de contacto físico para avivar la llama del amor.
Y claro, no tenía ni el tiempo ni las ganas para innovar en ese asunto, de modo que decidí remontarme al siglo xix y recurrir a uno de sus infalibles rituales de cortejo.
—¡Uy, qué torpe! —exclamé, dejando caer la servilleta al suelo.
—No te preocupes, yo la recojo.
Ahí estaba.
Los dos bajo la mesa, nuestras manos rozándose, la chispa prendiendo un fuego inevitable. Ese mágico segundo en que nos daríamos cuenta —especialmente, él— de que estábamos hechos el uno para el otro.
Bueno. Eso sucedía en mi cabeza.
Porque cuando la mano de Cristian estaba a solo cinco centímetros de la mía, se detuvo en seco.
«¡Sigue, no te pares!», le ordené mentalmente.
Y de pronto…
—Y tú, ¿qué haces aquí? —escuché decir a Cristian mientras permanecía agachada bajo la mesa.
—Me sentía fatal —respondió una voz masculina.
—Es que… ya van dos en una semana —contestó Cristian.
Cansada de esperar debajo del mantel, opté por incorporarme con la elegancia que mis mechones rebeldes me negaron.
—Ah, mira. Esta es Ava, una compañera de trabajo.
«Y futura esposa, podrías añadir».
—Hola, ¿qué tal? —saludé con cortesía, por inercia.
—Hola, guapa.
—Ava, este es Roberto, mi novio, y experto en dejarme plantado.
¿perdón?
¿cómo?
¿qué?
¿cuándo?
¿por quééééééééé?
¡no!