Capítulo 12 No te olvides de nuestras ofertas #2
—¡Yujuuu! Ya soy miembro de la liga de los… de los… —Y me quedé pensativa.
No pude encontrar un nombre adecuado. Las etiquetas comenzaban a provocarme alergia. El mundo se había vuelto demasiado grande para comprimirlo ahora.
Con una emoción casi profética, me lancé a la búsqueda de artes de seducción alternativas.
Sin perder un segundo, empecé a navegar en pos de métodos innovadores, lejos de los topicazos sobre lenguaje corporal, del estilo de «tienes que mirarlo a los labios mientras habla» o «debes pestañear cada cierto tiempo para que se sienta atraído por ti».
No, gracias. No tenía tiempo para esas chorradas que tardarían una eternidad en funcionar.
—Necesito la artillería mística pesada —afirmé con seguridad.
Después de descartar la mayoría de los perfiles por razones poco espirituales y bastante superficiales, encontré una coach de manifestación —sí, existen— que era experta en asuntos amorosos, y que me cautivó al instante. Fue fascinación a primer reel .
No sé si conocéis el estudio sobre el agua que llevó a cabo Masaru Emoto, pero a mí me dejó más perpleja que el día que descubrí que mi padre tenía más seguidores en Instagram que yo.
Me explico: el señor Emoto pretendía comprobar cómo actuaba el agua cuando se la sometía a diferentes palabras y conceptos.
Las estructuras que formaban las moléculas de agua al responder a palabras como «odio» o «amor» dejaban claro el impacto de lo que decimos.
Puesto que el ser humano está formado por un setenta por ciento de agua, yo decidí que a partir de ese momento iba a tener mucho más cuidado con lo que salía de mi boca.
Bien, pues basándose en esta teoría, la coach programaba su perfume con la intención de sentirse más segura y atractiva, capaz de hipnotizar a cualquier hombre. Colocaba sus manos alrededor del frasco y, mediante visualización, proyectaba en el líquido la intención deseada.
Intenté hacer lo mismo, aunque, sinceramente, me sentía como una de las brujas de Salem en pleno ritual prohibido.
—Soy la más atractiva de la oficina… Irradio una seguridad cautivadora… Los hombres se sienten atraídos por mí sin remedio.
Mientras repetía esos mantras una y otra vez, no podía evitar lanzar miradas furtivas a la puerta, esperando que en cualquier momento una multitud enfurecida la derribara para arrastrarme a la hoguera.
Solo recé para que el perfume me infundiera el plus de confianza y magnetismo que necesitaba… y no el aroma de una mofeta asustada en plena persecución.
Para asegurarme de que Cristian la oliera desde el otro extremo de la planta, me rocié generosamente con la fragancia antes de salir de casa. También metí el frasco en el bolso, para una dosis de refuerzo más tarde.
Está bien; no se os puede esconder nada… No esperé a llegar a la oficina para darme dos chutes más de atracción enlatada. No podía parar. ¿Hay un tope para la seducción? No. Pues eso.
Al cruzar la puerta del edificio, ya me envolvía una nube aromática con vida propia.
Tan pronto como puse un pie fuera del ascensor, vi a David, teléfono en mano, justo delante de las puertas acristaladas de nuestras oficinas. No nos saludamos, por supuesto. De hecho, traté de evadir el contacto visual como si fuera la mismísima Medusa y su mirada pudiera petrificarme al instante.
Aun así, sentí sus ojos clavados en mi nuca mientras me alejaba.
Saludé a mis compañeros, intentando aplacar el tumulto de emociones. El familiar zumbido de los teclados y las conversaciones en voz baja actuaron como un bálsamo, ayudándome a recuperar la compostura.
Y tenía que hacerlo. Necesitaba abstraerme en el trabajo y terminar la encuesta de una vez por todas. A causa de la operación Confirmación, la había dejado bastante aparcada.
Aquel día, Enzo apareció casi a las nueve de la mañana. Si no tenía alguna razón de peso para madrugar, como contarme el cotilleo estrella o restregarme su buena suerte, su hora de llegada era siempre un misterio.
Después de charlar con todo ser viviente que se cruzó en su camino, me miró con una sonrisa amplia y se sentó frente a mí, sin apartar la mirada.
Un «hola» fue todo lo que dijo antes de ponerse a trabajar con una concentración inusitada.
De vez en cuando, despegaba la vista de la pantalla y me sonreía con cara de bobo.
—¡Enzo, ¿qué quieres?! Me estás poniendo nerviosa.
—Nada, mujer, es que… me noto diferente —respondió, con un tono de extrañeza.
—¿Diferente? ¿Te encuentras mal?
—No, no es eso. No sé cómo explicarlo, no sé qué me pasa —dijo, acercándose cada vez más a mí.
—¿Quieres algo? ¿Te apetece un café?
—No. ¿Sabes de qué tengo realmente ganas?
—No, dime.
—Pues noto que tengo unas ganas… unas ganas locas de… ¡besarte!
Y explotó en una sonora carcajada.
—¡Qué gracioso! —resoplé, cruzándome de brazos—. No se te puede contar nada.
—No te enfades, mujer.
—Tú ríete. ¿Te acuerdas del malhumorado del frutero, ese que nunca me daba ni los buenos días? Pues hoy me ha silbado.
—No sigas, que no puedo parar de reír. Como esto funcione, voy a patentarlo. Crearé un perfume para ser irresistible, otro para ser más listo…
—Sí, ese te hace falta —lo corté, antes de que su ego encontrara financiación.
—¡Ya lo tengo! Se llamará BE. De «ser», ¿lo pillas?
¡Ah! Me sacaba de quicio. Y encima, cuando se ponía en modo soñador se quedaba ahí atrapado para siempre.
Yo sabía por experiencia que era mejor dejarlo solo en su mundo y evitar ser arrastrada a ese planeta de visionarios excéntricos.
No podía ni quería dedicar un segundo de más a toda esa tontería; iba muy atrasada.
Quedaba muy poco tiempo y aún no había decidido la tipografía definitiva del cuestionario.
¿Creéis que ignorar a mi amigo frenó su incontinencia verbal? Para nada. Enzo seguía locutando sin respiro, hasta transformarse en una especie de música de fondo que mi cerebro ya había aprendido a filtrar.
De pronto, una voz distinta emergió por encima de su cháchara y del murmullo de la oficina.
—Ava, perdona. ¿Podemos hablar un momento?
Qué curioso. Parecía David, pero no, imposible. Así que seguí tecleando como si no hubiera oído nada.
—¿Podemos hablar, por favor? —insistió, ahora con un tono ligeramente tembloroso.
Y entonces, pasó.
Enzo se quedó en silencio. De repente.
Como os dije, eso siempre era una mala señal.
En vista de semejante mal augurio, solté el teclado, respiré hondo y alcé la mirada, con la esperanza de encontrarme con cualquier otra persona. Al pesado de Óscar, por ejemplo, el asesor lingüístico, que nunca se daba por vencido.
No sirvió de nada.
Por más que rogué en silencio al Universo, no pude cambiar la realidad que se desarrollaba ante mis ojos.
Era él.
David.
Quise decirle que no se merecía que le dirigiera la palabra, que cómo se atrevía a molestarme después de todo lo que había pasado. Quise que supiera lo poco que me importaba lo que tuviese que decirme.
Pero…
—¿Ava? —insistió.
Lo miré a los ojos y pronuncié las dos peores palabras posibles.
—De acuerdo.
Ya podéis preguntármelo, yo también lo hice.
«¿Por qué? ¿Cómo puedes ser tan tonta?».
De hecho, fui un poquito más severa que vosotros. «Tonta» fue lo más delicado que me llamé.
Ya veis, la promesa de no insultarme en mi fuero interno duró lo mismo que mi dignidad. El señor Emoto estaría muy decepcionado.
Sin vuelta atrás, opté por la única estrategia posible: mínimo interés, cero expresión. La mirada fija en la pantalla y la gestualidad facial de una adicta al bótox.
David lanzó una ojeada rápida a Enzo, esperando que captara la indirecta y se marchara. En efecto, mi amigo captó el mensaje a la primera, alto y claro, pero no tenía intención de perderse el espectáculo.
—Enzo, ¿puedes…? —Le hice un gesto con la cabeza, rogándole que se largara.
—Bufff… Está bien, pero has visto qué ha pasado, ¿no? Voy a patentar ese perfume, te lo aseguro.
Y se alejó mascullando.
—Ava…, mira…, yo… mira… —balbuceó David con la voz entrecortada.
—Dime. Tengo mucho trabajo.
—Tranquila, solo será un momento. Quería decirte que… bueno, que…
—David, no tengo tiempo. Date prisa, por favor.
—Vale, vale… Quería decirte que lamento mucho cómo acabaron las cosas; te aprecio, y no sabes cuánto valoro el tiempo que estuvimos juntos. Quisiera…
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