Capítulo 12 No te olvides de nuestras ofertas
La operación Confirmación estaba en marcha. Ahora que tenía un posible candidato a hombre perfecto, debía comprobar si realmente era el elegido. Para evitar miradas sospechosas en la oficina por estar pegada al móvil, decidí imprimir una copia de la lista que tenía guardada en la app .
Doblé con cuidado el documento y lo guardé en el bolso, preparado para la misión del día: verificar, punto por punto, que Cristian estaba a la altura de los requisitos.
Aquel día fui de las primeras en llegar a la oficina; ni siquiera le había dado tiempo al malhumorado guardia de seguridad a encender las luces. Antes de que la marabunta hiciera acto de presencia, yo ya estaba en mi puesto, lista para la acción.
Resulta impresionante lo que es capaz de hacer la motivación correcta: puede incluso convertirte en la empleada del mes sin que te des cuenta.
Solo tuve que fingir que trabajaba unos minutos antes de que Cristian hiciera su entrada triunfal para dirigirse al despacho.
Su negociado quedaba un poco lejos de mi zona (en la otra punta de la oficina, para ser exactos), pero eso no impidió que me saludara desde la distancia al notar cómo mi mirada penetrante e intensa se clavaba en él.
«Primer objetivo cumplido: localizar al dueño de mi alterado y excitado corazón».
«Siguiente paso: permanecer atenta a cualquier pista y no perder ocasión para verificar La Lista cuanto antes».
Gracias a la cotilla de Judith, la recepcionista, ya había descartado alguno de los puntos que más me preocupaban: sabía que no tenía novia y que no vivía con sus padres ni con compañeros.
También estaban fuera de duda otras cualidades, como observador, amable, divertido y mentalmente estimulante.
Y pude eliminar la cuestión de la higiene personal al seguir su cautivadora estela cuando iba hacia la fotocopiadora.
Dios, qué aroma; el producto que utilizaba para el pelo olía a cielo envasado.
Y ahí me quedé, sin poder corroborar más características.
Había agotado todos los indicios externos y apenas había completado un tercio de la lista.
Como comprenderéis, eso era insuficiente para ratificar que mi pedido había llegado al fin.
Necesitaba más información, sobre todo de la fuente, pero Cristian se pasaba el día trabajando y apenas salía de su despacho.
La impotencia me martirizaba por segundos.
Imaginarlo ahí, a apenas unos metros de mí, sin poder hacer ningún progreso, me desesperaba.
El momento más crítico fue cuando le entregaron el sándwich que había pedido para desayunar.
Por delante de mis narices pasó la oportunidad ideal para averiguar si comía como un delicado marqués o como un oso hormiguero con americana.
Y aunque me generaba pavor dar el primer paso, no tenía escapatoria: o me atrevía a avanzar hacia lo que quería o me quedaba quieta y frustrada como de costumbre.
Respiré hasta llenar por completo los pulmones; pensé en nuestro viaje a las Maldivas y fui al ataque.
—Toc, toc —dije, golpeando con suavidad la puerta—. Buenos días, Cristian. Si necesitas ayuda con la configuración del correo corporativo, solo tienes que pedírmela.
Entraba fuerte. Esa era una excelente oferta para los recién llegados.
—Oh, Ava —se acordaba de mi nombre, genial—, justo a tiempo. Todo tuyo. —Se levantó y señaló la silla con una sonrisa fácil, de esas que derriten cualquier barrera.
—Perfecto. Voy.
—Soy un desastre con estas cosas. Gracias.
—No te preocupes, serán cinco minutos.
Ni de broma. Iba a expandir ese tiempo hasta el infinito.
Cristian se sentó en la silla de enfrente y, de forma natural, nos pusimos a hablar como si nos conociéramos de toda la vida.
No había silencios incómodos, ni ese nerviosismo torpe de las primeras interacciones.
Solo frases que fluían con facilidad, risas espontáneas y una comodidad que no se forzaba.
En cuanto se despistó para atender una llamada al móvil, saqué La Lista del bolsillo y busqué donde había anotado «humilde», «agradecido» y «buen conversador». Esos requisitos ya estaban más que aprobados.
Y no fueron los tres únicos calificativos que pude constatar, ya que esa conversación de media hora dio para mucho más. De hecho, pude atestiguar que su elegancia al comer conjuntaba a la perfección con sus refinados ademanes.
Perdonad, es una frase digna de novela romántica barata, pero ¿qué queréis que os diga? La cursilería es un efecto secundario de la ceguera emocional.
En resumen, lo más importante de aquellos treinta minutos fue la confirmación de la posible llegada del hombre perfecto al planeta Tierra. Vale, quizá me estaba adelantando otra vez, pero es que no había fallado en un solo punto. Todo apuntaba hacia la misma dirección: al paraíso.
Por otro lado, la satisfacción de vencer el miedo y romper el cascarón me tenía igual de entusiasmada.
Para alguien como yo, aquel atrevimiento fue tan valioso o más.
Implicaba dejar el asiento de acompañante y tomar con firmeza el volante de mi vida.
Abandonar el conformismo y caminar hacia mi destino significaba mucho más de lo que había imaginado.
Sigamos. A pesar de la alegría por los buenos resultados obtenidos hasta el momento, yo sabía que todavía me quedaba mucha lista que recorrer.
Los siguientes días, mi atención ya no podía dirigirse en exclusiva a la encuesta de los Billboard Music Awards.
La mayoría de mis esfuerzos irían enfocados a obtener la esperada confirmación.
A lo largo de las semanas posteriores, logré completar más de dos tercios del repertorio de adjetivos.
Cada día suponía un avance, una pequeña victoria en mi meticulosa investigación.
Cristian seguía marcando todas las casillas correctas, y yo empezaba a convencerme de que, efectivamente, había logrado lo imposible.
Pero avanzar ya no resultaba tan sencillo; interrogar día tras día a Cristian sin parecer una psicópata entrometida se había convertido en un desafío mayor de lo previsto.
Necesitaba a Enzo, mi Watson particular, para ayudarme en esa ardua tarea; mi fiel compañero haría lo necesario para alcanzar la meta. Lo necesitaba por ese motivo y porque era el único incapaz de juzgar mi patente falta de sentido común.
Con aires de jefa de la mafia italiana, deslicé con sutileza el papel doblado con La Lista hacia Enzo:
—Toma. Es tu turno; acaba el trabajo.
Mi amigo y yo nos entendíamos con pocas palabras. Y aunque ninguno de los dos podía presumir de la brillantez deductiva de un detective auténtico, en testarudez y obstinación no nos ganaba nadie. O eso decían nuestras respectivas madres.
Enzo cogió el papel con una sonrisa astuta y lo guardó en su bolsillo, como si acabara de encomendarle una misión de alto secreto. Con su estilo descarado y agudo, era el mejor candidato para desentrañar las incógnitas que aún quedaban por resolver.
—Tienes hasta las cinco de la tarde de hoy —sentencié con el rostro serio.
—Entendido.
No os preocupéis, soy consciente de que el plazo no era muy largo, pero solo quedaban diez requisitos por comprobar. Además, Enzo trabajaba mejor bajo presión.
Apenas le entregué el papel, mi compañero de aventuras se puso en acción.
Iba de un lado a otro, recopilando información con la perseverancia de un periodista de investigación.
Habló con Olivia, la limpiadora; con Michael, el chico para todo; incluso lo vi conversar con los del Departamento Jurídico.
Hay que tener agallas para cruzar esa línea. Se lo estaba tomando en serio.
Pasaron las horas y, cuando ojeé el reloj para calcular cuánto tiempo llevaba sin tener noticias suyas, empecé a preocuparme de verdad.
Casi cuatro horas desde que lo había visto por última vez, entrando en recursos humanos.
Ni rastro de él. Ni siquiera había pasado por el rincón de descanso, su santuario personal.
Se estaba acabando la jornada y, conociendo a mi amigo, me temía lo peor. Lo único capaz de desviarlo del plan era un interés mayor.
«¡Mierda! Seguro que está abajo hablando con Bernard», pensé, derrotada.
Y cuando ya daba por perdido el día y estaba a punto de apagar el ordenador, Enzo apareció de la nada, agitando La Lista como si fuera un trofeo.
—¿Qué haces, Enzo? Escóndela.
—Ya estás con tus manías. Nadie nos mira, paranoica.
—¡Dame! —Se la arrebaté de la mano—. ¿Has podido tachar algún punto?
—¿Alguno? —me respondió, embriagado de soberbia—. ¿Es que no confías en mí?
—¿Sí o no? —No quise admitir que había dudado. Mucho.
—Sí, tonta. No solo algunos… ¡Todos! ¡Cristian es el elegido!
—¡Aaah! ¡Lo sabía, lo sabía! —exclamé, intentando reprimir la alegría y fracasando estrepitosamente.
—Pero que sepas que quiere adoptar un par de tortuguitas para el despacho.
—No puedes ser más…
A pesar de sus molestas ocurrencias, no podía enfadarme con él, ¿sabéis por qué? Porque… ¡el Universo me había traído al hombre perfecto! ¡Con todas las cualidades que yo había pedido!
¿Cómo era posible?
Parecía demasiado perfecto, tan redondo que casi daba miedo.
Me faltaba vida para disfrutar de todo lo que mi mente ya estaba planeando. Cada escenario se desplegaba con una nitidez alucinante: risas compartidas, viajes, cenas a la luz de las velas, besos robados en calles adoquinadas… Todo parecía posible.
Un nuevo mundo se abría ante mí, y estaba impaciente por explorarlo.
Desde luego, antes de dar vueltas por ese nuevo territorio, necesitaba a mi acompañante de viaje.
El Universo había puesto frente a mí al hombre perfecto, vale, pero faltaba un minúsculo detalle: todavía no habíamos vivido felices ni comido perdices, y esa era una condición sine qua non para que se completara el pedido.
Por supuesto, después de descubrir mi superpoder de manifestación, ya no iba a utilizar las anticuadas técnicas de coqueteo.
Había ascendido de nivel. Ahora formaba parte de un grupo peculiar de gente que, en vez de enviar mensajes para ligar a través del teléfono, los enviaban a través del pensamiento.