U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 11 La intención, por fin, sí es lo que cuenta #3
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Capítulo 11 La intención, por fin, sí es lo que cuenta #3

Estaba volcada en acabar la primera versión para mostrársela a Sofía. Y cuando me concentro en algo, ya sabéis, el mundo exterior pierde relevancia.

Por eso, me sorprendió cuando un inusual alboroto rompió la monotonía de la oficina. Provenía de la otra punta de la sala, un área que rara vez ofrecía distracciones. Asomé la cabeza por el lateral de la pantalla y pude ver a Sofía charlando con los compañeros de contabilidad.

«¡Bah! Qué decepción», pensé mientras resoplaba con desgana.

No valía la pena prestarle más atención. De esas corbatas oscuras y aburridas no podía salir nada interesante, y para qué engañarnos, no estaba de humor para seguir mirando a la «petarda» más de lo necesario. Retomé mi trabajo, decidida a ignorarlos.

Apenas habían transcurrido unos minutos cuando la voz chirriante de mi jefa irrumpió a escasos centímetros de mi espacio vital:

—Ava, este es Cristian, el nuevo director de marketing . Cristian, esta es Ava; se encarga del mantenimiento del software de la plataforma y otras tareas técnicas.

«También me encargo de odiarte desde el fondo de mi corazón y de lanzarte rayos de fuego cuando no miras», pensé, sintiendo cómo mi pecho se calentaba con pura energía demoníaca.

Cristian extendió su mano con una sonrisa de dientes blancos alineados con precisión.

Era un chico alto, de complexión atlética, con el cabello oscuro y ligeramente ondulado que caía sobre su frente de manera despreocupada.

Sus ojos, de un azul intenso, parecían ver más allá de lo evidente, y su presencia emanaba una confianza y un carisma que llenaban la habitación.

—Hola, Ava. Encantado —dijo, con una voz tan suave y varonil como sexi—. Veo que te gusta entrenar duro —añadió, señalando mi taza, en la que, para motivarme, yo había hecho imprimir una foto mía en el gimnasio.

Y aunque en mi cabeza sonaba un «cállate, ya me tenías con el hola», la situación requería una respuesta más moderada:

—Sí, siempre que puedo.

Sofía soltó una carcajada estridente.

Ni siquiera me importó; algo en mi interior me decía que su presencia era importante, que ese momento quedaría grabado en mi mente, que ese miércoles de abril permanecería marcado en el calendario.

Sé que solo habían pasado unos segundos y que podría parecer muy precipitado, pero mi cuerpo se agitaba impaciente gritando: «¡Ya está aquí! ¡Mi hombre perfecto ha llegado!».

Esa convicción era más real que cualquier obstáculo que mi mente pudiera anticipar, más palpable que el temblor de mis piernas al escuchar su voz.

En las últimas semanas, yo había hablado con un sinfín de chicos y con ninguno había tenido ese pálpito.

Hay momentos en que lo sabes y ya no hay marcha atrás.

Tienes que hacer caso a ese sentimiento sin importar nada más.

Además, Cristian era un hombre tan guapo, atento y amable que hacerle caso no representaba ningún sacrificio.

—Felicidades; te lo has currado con el envoltorio —exclamé mientras miraba complacida hacia el cielo.

Después de ese encuentro mágico, todo ante mis ojos se volvió poesía.

El camino de regreso a casa fue como flotar entre nubes de algodón; nada ni nadie podía desbaratar esa sensación de ligereza: la hoja que se desprendía del árbol y justamente caía en mi abierto y desprotegido ojo se convertía en una bendición de la naturaleza; la mierdecilla perruna que tenía que sortear para no quedar embadurnada me brindaba la ocasión perfecta para pegar un saltito divertido y sonreírle a la vida; la señora que me gritaba por empujarla sin querer era una mujer adorable que se moría de ganas de hablar conmigo.

Quiero decirle algo a quien afirmó que la grandeza está en los ojos de quien mira:

—Amigo o amiga, te entiendo.

Los efectos de ese alucinógeno emocional me acompañaron hasta la puerta de mi casa y más allá. Entré en mi piso ataviada con una sonrisa perenne, tiré el bolso encima del sofá mientras hacía volar las sandalias por el salón y corrí hacia la terraza en busca de la liberación que bullía dentro de mí.

Tomé aire, exhalé un suspiro desde lo más recóndito de mi ser y, con los brazos abiertos, me planté en la barandilla cual Kate Winslet en Titanic .

—¡Por fin el Universo me quiere!

Pero no estaba sola.

—¿Ava? ¡Hola! ¿Cómo estás? —Marcos se levantó de la silla en su terraza.

Bajé los brazos despacio.

—Eh, bien… ¿Qué tal, Marcos? —respondí con total normalidad, como si fuera lo más insignificante del día.

Porque, vamos a ver, ¿cómo iba a importarme semejante nimiedad después de haberme convertido en una manifestadora de la leche?

Además, a juzgar por su reacción, a él tampoco le había afectado demasiado.

—Ya veo que estás muy contenta —comentó con una media sonrisa—. Oye, había pensado que un día de estos podríamos salir por ahí a…

—¿Eh? Sí, claro, otro día. Ahora no puedo. Ya vemos —lo interrumpí, y me metí otra vez en el salón.

Vale, fui un poco maleducada. Y en otras circunstancias no me lo hubiese perdonado, pero ¿sabéis qué? Era necesario. Marcos estaba a punto de devolverme a la cruda realidad, y yo no quería que mi burbuja de fantasía explotara tan pronto.