U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 11 La intención, por fin, sí es lo que cuenta #2
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Capítulo 11 La intención, por fin, sí es lo que cuenta #2

¡Uy! No puedo olvidarme de mi épico debut como meditadora. Esto os va a encantar.

Me apunté a un curso en un estudio cerca de casa, decidida a probar la experiencia… pero solo logré asistir a un par de sesiones. Pobre profesora. Mientras ella repetía con voz serena:

—Inhala…, cuatro, tres, dos, uno…, aguanta la respiración…, exhala…

Yo solo podía concentrarme en apretar el estómago con todas mis fuerzas para evitar que mis intestinos produjeran sonidos de ultratumba capaces de desconcentrar a mis compañeros. En vez de relajada, salía con la mente exhausta y el cuerpo apaleado.

Y esperad, que lo de «observar los pensamientos»…, buah, eso sí que era un drama: como entrar en un laberinto sin salida.

«A ver, Ava, solo tienes que observarlos y dejarlos pasar», me ordenaba a mí misma.

«Vale. Mierda, ahí está el primero: la lista de la compra que tengo que hacer al volver a casa».

«Pero espera, ¿pensar en lo que estás pensando también es un pensamiento? ¿O eso no cuenta?».

«Y la pregunta que me acabo de hacer, ¿es un pensamiento del pensamiento que he pensado?».

¡Bum! Mi cerebro implosionaba cada vez que me adentraba en el vacío del silencio; resultaba demasiado abrumador. Definitivamente, mi mente no estaba preparada para cuestionarse a ese nivel.

Durante mucho tiempo pensé que no venía equipada de serie para ser una «espiritual» de pura raza, que no tenía esa predisposición natural para conectarme con algo más grande que yo…

si es que lo había. Lo asumí sin más: no había nacido para percibir la inmensidad del Universo.

Y cuanto más me comparaba con mis compañeros, más segura de ello estaba.

Era una certeza tan firme que ni siquiera poseía la paciencia ni las ganas suficientes para discutir conmigo misma.

Por este motivo, dejé de insistir con prácticas que solo lograban desanimarme y reduje mi rutina a lo que a mí me funcionaba: unas cuantas afirmaciones, visualizaciones dos veces al día y, por supuesto, la contemplación de mi querido tablón de sueños en cuanto cruzaba la puerta.

Pero ¿qué pasaba cuando estaba fuera de casa?

Tranquilos, para eso existía U-Delivery.

Una app revolucionaria diseñada para manifestadores comprometidos pero con tendencia a la dispersión.

¿Cansada de olvidarte de lo que has pedido al Universo?

¿Necesitas un empujón cósmico a media tarde? U-Delivery te cubre las espaldas.

Lo cierto es que, bromas aparte, había creado la aplicación pensando en eso, y debía reconocer que cumplía su función con eficacia. Bastaba con abrir la app para visualizar mi pedido, revisar mi tablón digital y recordar que el Universo ya estaba trabajando en mi encargo.

Aun así, había días en los que esa confirmación no era suficiente, momentos en los que necesitaba un impacto más directo, algo que me sorprendiera en el momento justo. Por eso, decidí colocar señales más visibles en mi día a día, empezando por los lugares donde me costaba mantenerme enfocada.

La primera, en forma de pósit , aguardaba en el interior de mi cajón en la oficina, justo donde mi paciencia más lo necesitaba.

Cada vez que Sofía pasaba a mi lado con su colección de blazers impecables y su sonrisa de autosuficiencia, ahí estaba mi salvavidas: «Respira.

Sonríe. No la empujes por las escaleras».

Aunque mi favorito permanecía camuflado en el combativo cajón de la ropa interior, donde la tentación de elegir las braguitas raídas y antilujuria se presentaba cada mañana: «Recuerda, puede que el Dr. Shepherd te esté esperando en urgencias».

Un recordatorio de lo más motivador.

Y a pesar de la incredulidad que intentaba ocultar mientras llevaba a cabo esas extravagancias, las palabras que me repetía y las historias que me contaba se iba instalando en algún rincón de mi mente.

La intención, por fin, sí es lo que cuenta

¿Cómo tienes que hacer tu pedido?

La buena noticia es que no hay maneras correctas o incorrectas.

Puedes usar correo electrónico, señales de humo o incluso un mensaje en una botella.

Lo importante no es el método, sino que sientas con convicción que tu encargo está hecho y que este ha llegado a su destino.

La confianza es clave, te lo recuerdo otra vez.

¿Cómo tiene que ser tu pedido?

Aquí sí que hay una serie de recomendaciones que conviene tener en cuenta:

Evita los «ojalá» y los «a ver si»

Primero, no conviene utilizar frases como «ojalá me traigan un banana split» o «a ver si en mis próximas vacaciones me llega una cena de lujo». Estas expresiones suenan más a duda que a encargo. Y eso puede enfriar el pedido.

El «no» no es una opción muy útil

Usar esta palabra puede generar más confusión que claridad.

Si llamas para encargar «pollo con verduras, pero no pastelitos», lo más probable es que los pastelitos aparezcan en tu pedido.

Es como si te pidiera que no pienses en un elefante rosa.

Que no, que no imagines un elefante rosa enorme.

Demasiado tarde: si lo nombras, ya está en la receta.

Habla como si ya lo estuvieras disfrutando

Hablar en presente, o incluso en pasado, suele facilitar el proceso. Recuerda que al Universo le gusta que hagas tus encargos como si ya los estuvieras disfrutando o como si ya los hubieras disfrutado. Eso te ayuda a familiarizarte con la experiencia.

Adorna tus pedidos con palabras estimulantes

Imagina dos pedidos: «Quiero una tarta de queso» y «Disfruto de una deliciosa tarta de queso, cremosa y cubierta con una capa dulce de mermelada». El chef puede preparar ambas pero… ¿cuál crees que lo invitará a esmerarse en cada detalle?

Nada de comparaciones ni resentimientos

Frases como «por fin me llega la pizza que me robó el vecino» o «quiero un cupcake tan bueno como el de mi compañero» no inspiran a la cocina. El Universo no ajusta cuentas ni compite; solo personaliza tu pedido. Mejor centra tu energía en lo que de verdad deseas experimentar.

Pon un plazo realista

¿Quieres fijar una fecha de entrega? Adelante, pero asegúrate de que sea una que tenga sentido.

No pretendas recibir una fideuá para diez personas en cinco minutos, porque ni tú imaginas que pueda llegar tan rápido.

En cambio, fechas especiales, como tu cumpleaños son un buen incentivo.

Un espectacular pastel de celebración siempre supondrá un gran estímulo para el chef.

La confianza en tu fecha es el mejor reloj para la cocina de U-Delivery.

Los meses pasaron casi sin que me diese cuenta y yo seguía completamente implicada en el proceso de manifestar al hombre perfecto. Mi pedido estaba en marcha, registrado con detalle en el apartado de requisitos de la aplicación U-Delivery.

Estatura ideal para dar besos sin necesidad de contorsiones; manos bonitas; ingenio; tolerancia infinita a mis cambios de humor de origen hormonal, etc. Todo anotado, visualizado y repetido hasta la saciedad.

Un día, decidí revisar el estado de mi pedido y hacerle un par de ajustes, nada del otro mundo.

Está bien, de acuerdo, os lo confesaré… Solo retoqué un detalle ínfimo. Una tontería. O eso diríais vosotros.

Después de la cita con el Sujeto 7, había analizado todas las maneras en las que un ser humano puede generar un estruendo capaz de perforar el tejido de la realidad.

Había tomado nota mental de las grandes amenazas acústicas: sorber, masticar con la boca abierta, entrechocar de los cubiertos contra los dientes, chasquear la lengua al hablar. Creía que lo tenía todo bajo control.

Hasta que, aquella mañana, entré en una panadería para comprar un croissant y el hombre que estaba delante de mí en la cola soltó una carcajada.

Bueno, llamarlo carcajada sería un gesto generoso.

Aquello fue un estallido, un híbrido entre bocina de barco y grito de gaviota en apuros.

Un sonido que, sin exagerar, podría haber activado el sensor sísmico de un laboratorio en Japón.

¿Cómo no lo vi antes? Había blindado mi pedido contra masticaciones ruidosas, pero no contra una carcajada capaz de hacer vibrar los fluorescentes del techo.

Así que añadí una nueva cláusula a mi pedido: risa encantadora, que no derivase en silbidos o cacareos. Ciertos sonidos pueden acabar con una historia de amor antes de que empiece.

Justo cuando intenté guardar los cambios, la pantalla se congeló y apareció un mensaje en rojo:

«Error inesperado. Inténtelo de nuevo más tarde».

Ah, maravilloso. Lo que necesitaba: que hasta el Universo me dejara en visto. ¿Qué quería decirme con eso? ¿Que el stock de hombres perfectos estaba agotado? ¿Que mi lista de requisitos había colapsado el sistema?

Buf. Apagué el móvil con un suspiro y decidí dejar de darle vueltas. Tal vez era hora de aflojar un poco las riendas y confiar en que el destino, a su manera retorcida, establecía sus propios plazos.

Lo que yo no sabía era que su plan ya estaba en marcha.

Aquel miércoles cualquiera de abril llegó como un día más. Una jornada que, en apariencia, no tenía nada de especial.

Entre mis tareas, me tocaba preparar el diseño de la encuesta que cada año realizábamos para los premios Billboard de la música.

Pero por alguna razón, esta vez quería hacer algo distinto.

Supongo que la emoción de conseguir el galardón había alimentado mi autoestima y me animaba a exhibir con más descaro mis dotes digitales.