U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 11 La intención, por fin, sí es lo que cuenta
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Capítulo 11 La intención, por fin, sí es lo que cuenta

La interfaz de U-Delivery se iba diseñando sola en mi mente y, cuanto más avanzaba en el concepto, más me sorprendía el posible resultado.

Las similitudes entre el proceso de manifestación y el de hacer un pedido a domicilio surgían sin esfuerzo, encajando de forma asombrosa con el esquema que yo había elaborado días atrás.

Las ideas fluían sin darme respiro, entrelazándose como si siempre hubieran estado destinadas a unirse.

Ese baile armónico entre pensamientos dispares despertó en mí un deseo irrefrenable. Necesitaba convertir mi idea en algo tangible. Cada vez era más evidente: U-Delivery no era solo una ilusión pasajera. Estaba cobrando vida propia, reclamando a gritos su derecho a nacer.

Y supongo que ya no sorprendo a nadie cuando os digo que estuve de parto toda la noche, programando la nueva aplicación. No sé si llamarlo virtud o problema, pero cuando algo me apasiona, no sé cómo parar. Siempre me ha parecido que dejar la inspiración a medias es de mala educación.

En fin, que consumí las horas a bocados delante de la pantalla del ordenador.

Y gracias a ese impulso, terminé la primera versión de U-Delivery; pero ¡oh, sorpresa!

No contenta con eso, me lancé a ponerla a prueba, con el anhelo que me había estado persiguiendo los últimos meses: un futuro libre de necios egocéntricos, hipócritas y sin escrúpulos.

1. Concreta tu pedido en una frase.

Soy inmensamente feliz compartiendo mi vida con el hombre perfecto.

A esas alturas, no me andaba con chiquitas.

2. Describe con detalle tu pedido.

Después de la investigación titánica que había llevado a cabo, os puedo confirmar que la descripción de mi pareja era más precisa que un bisturí.

A ver, no penséis que estoy desquiciada por completo: dejé algunos aspectos en manos del Universo, como el color de las pestañas o la distribución de las pecas en la pantorrilla izquierda. Es broma. O no.

¡Ah, se me olvidaba! No solo tenía que concentrarme en la apariencia, en lo que verían mis ojos.

El secreto estaba en involucrar al resto de los sentidos.

Fui tan concienzuda al respecto que incluso podía oler el perfume embriagador de aquel hombre de ensueño.

Expresé todos esos detalles utilizando las palabras más evocadoras que pude encontrar.

Como veis, no escatimé para hacer creer a mi mente que ese hombre estaba justo a mi lado. Cuanto más auténtica fuese la experiencia emocional del deseo, más cerca estaría yo de disfrutarlo.

3. Crea tu tablón de sueños.

¡Oh, sí! Ver plasmada mi felicidad en imágenes y poder acceder a ellas cuando quisiera era la parte más estimulante de todo el proceso. Desde pequeña había sido una persona muy visual, y estaba deseando ver pintado el cuadro de mi nueva vida.

Me sentía impaciente, hasta que recordé las advertencias que había leído sobre ello. Todo el mundo coincidía en lo mismo: tenías que ser muy cuidadoso en la elección de las imágenes. Si incluías una representación poco acurada de tu deseo, podías enviar un mensaje erróneo al Universo.

Por ejemplo, una mujer que quería ascender en su empresa había colocado en su tablón lo siguiente: el nuevo contrato con el logo de la compañía, símbolos de abundancia económica y fotos de mujeres de negocios en situaciones típicas de un cargo de responsabilidad.

En todas ellas, estas parecían muy concentradas y profesionales, con el semblante serio y ceñudo.

Después de un año utilizando el tablón, consiguió un puesto mejor en su misma empresa y por el salario que quería.

Al poco tiempo de su ascenso, sus jefes estaban tan contentos con su rendimiento que le fueron asignando las cuentas más complicadas.

Al final, acabó perdiendo la sonrisa durante meses, al igual que las protagonistas de su tablón.

En consecuencia, mi lado controlador y precavido encaraba la tarea de búsqueda de imágenes bajo la alarma de peligro inminente.

Por fortuna, no tendría el mismo problema para el título de la composición.

Había tres simples palabras que dejaban claro al Universo lo que yo quería con exactitud: mi hombre perfecto.

En cambio, la «caza» por internet de fotografías de chicos que pudieran encajar con mi visión suponía toda una odisea: si me gustaba la cara, no me gustaban los pies…

o las manos, o la forma de los gemelos; y si el paquete completo parecía prometedor, la actitud que irradiaba me dejaba fría.

Era desesperante. Por más que buscara, ninguno me convencía sin salvedades, y eso que no había visto tanto hombre cachas en mi vida.

Ni siquiera cuando cotilleaba en el Instagram del gimnasio de David.

¡Ostras! Se me ha escapado.

Bueno, soy humana. Prosigamos.

La luz tenue de la madrugada ya asomaba por la ventana, y por mucha promesa que me hubiera hecho de finalizar el tablón esa misma noche, tenía tal empacho de abdominales y sonrisas de anuncio que solo deseaba meterme en la cama.

Sin embargo, mientras me disponía a cerrar el ordenador, escuché una música estridente de fondo que eclipsó mis ganas de rendirme.

—¿A quién se le ocurre hacer ruido a estas horas? ¡Se va a enterar!

Estaba tan borracha de cafeína e insomnio que en ese momento me creí una superespía de la CIA vigilando a un terrorista peligroso.

Abrí la puerta de la terraza con tanto cuidado que ni un perro policía hubiese percibido mis movimientos.

Me agaché para que nadie pudiera verme y conseguí salir sin que el bullicioso o la bulliciosa se percatara de mi presencia.

Ya estaba en el balcón y preparada para la última maniobra: asomar la cabeza milímetro a milímetro hasta obtener la suficiente visibilidad e identificar al sospechoso.

¡Ajá, culpable fichado! El responsable de perturbar mi calma mañanera era mi vecino Marcos, que sudaba la gota gorda mientras hacía ejercicio a todo ritmo.

—Me cago en los healthy estos, ¿no podrían ser unos vagos, como el resto de la humanidad, y dejarnos tranquilos? —me quejé en voz baja.

Aunque mi mente pensaba otra cosa:

«Ava… Sí, tú, tonta. No busques más. ¿No lo has visto? Aquí delante tienes la muestra perfecta».

Y madre mía, tenía razón. Volví a entrar en casa, cogí el teléfono y encuadré a Marcos en la pantalla. Su anatomía merecía ser inmortalizada: torso firme, músculos esculpidos y una fina capa de sudor que lo hacía brillar como si acabara de salir de una sesión de fotos para una marca de lujo.

—¡Por fin! —grité complacida, con los brazos en alto.

Ya tenía el físico ideal para inspirar mi encargo. Solo debía añadirle uno de los rostros felices que me habían llamado la atención en internet y, con un simple clic, mi criatura cobraría vida.

Para darle el toque final, lo adorné con un par de afirmaciones motivadoras y fotos de sitios a los que ir cuando estuviéramos juntos. Siempre había querido conocer las Maldivas y tomar el sol rodeada de aguas turquesas, pero el grosero de David se negaba en redondo:

—Para ir a la playa no hace falta viajar tan lejos —me repetía sin parar.

No sé si fueron las ansias de fastidiar o no, pero la imagen más grande de mi tablón fue una foto de las Maldivas a todo color.

Aunque, dejémonos de minucias. Lo primordial era que… ¡mi obra de arte estaba finalizada! Mis ojos se cuajaron de lágrimas al contemplarla con atención. Era la promesa de un futuro mejor.

Antes de meterme en la cama a hibernar como un oso, imprimí un par de copias en papel para colgarlas en puntos desde los que apreciarlo cada día sin esfuerzo.

Según había leído, la clave radicaba en mantenerse el mayor tiempo posible enfocado en el deseo, como si ya lo hubiera cumplido.

Y ahora que me conocéis, sabéis lo que hice, ¿no?

Cogí el rollo de celo y me puse a repartir tablones por toda la casa.

Uno, en el armario superior del baño, para verlo cada noche; otro, en la puerta interior del mueble del dormitorio; otro, en el armario de la limpieza, para inyectarme un extra de motivación con la tarea.

Y a riesgo de convertirme en una friki sin remedio, plastifiqué la última copia para colgarla de la barra de la bañera y contemplarla cada día al ducharme.

Seguro que os alivia descubrir que por el mundo hay alguien más desequilibrado que vosotros, ¿eh?

De nada.

Y ahí no terminaba la cosa. O iba con todo, o lo dejaba para siempre.

En los días posteriores, me sumergí de lleno en encontrar más métodos o rituales que me ayudaran a confiar un poco más en ese porvenir maravilloso.

Algunos los descarté de inmediato. Lo de enclaustrarme en un retiro con veinte iluminados, bebiendo té y rindiendo culto al sol, no iba conmigo.

Prefería actividades individuales, como las afirmaciones.

Cada mañana, las pronunciaba frente al espejo, mientras me maquillaba:

—Soy digna de amor.

—El amor es posible para mí.

Sí, lo sé, decirse estas cosas en voz alta parece una locura, pero fue más revelador de lo que pensaba.

El nudo en el estómago cada vez que las pronunciaba era la prueba irrefutable de que llevaba años repitiéndome justo lo contrario.

De hecho, para que no me sonaran tan ajenas, probé con versiones más digeribles.

Algo que al menos pudiera empezar a creerme.

—¿Cómo he logrado manifestar al hombre perfecto?

Así mi cerebro no chirriaba cada vez que escuchaba esas frases.

Y, chicos, lo más importante: para no olvidarme de esas citas con el destino, programaba recordatorios en el móvil.

Daba igual si estaba en la oficina o cenando en un restaurante con amigos; cuando sonaba la alarma, no había excusa.

Me levantaba con disimulo, me recluía en el lavabo y empezaba mi recital de manifestación.

Más de una vez, me pillaron en medio de:

—… Universo, muéstrame cómo he hecho para tener una vida tan maravillosa.

Huían despavoridos, convencidos de que estaba a punto de levitar en pleno baño. No os voy a mentir: me encantaba ver sus caras de terror.