Capítulo 10 El cómo y el cuándo no se incluyen en el precio #4
¿Te sorprende? Recuerda: el servicio responde con fidelidad a tu solicitud.
Cuando te aferras a la idea de que aún no ha llegado, en realidad estás reafirmando justo ese mensaje: «Todavía no lo tengo».
U-Delivery no se equivoca. Si envías una comanda vacía, te entregarán exactamente eso, con la misma precisión y entusiasmo de siempre, hasta que te animes a probar otro plato.
Al llegar a mi edificio, nuestra inventiva ya había proyectado todas las situaciones surrealistas que os podáis imaginar.
En el ascensor todavía discutíamos sobre si él notaría mi presencia entre la multitud de un concierto de Coldplay.
Nos podríamos haber pasado horas así, enumerando posibilidades sin freno.
Sin embargo, el juego finalizó cuando, al salir del ascensor, la aparición de Marcos nos calló en seco.
—Ava, ¿y este buenorro?
—Contrólate, es el novio de mi vecina —le susurré a Enzo.
—¡Buenas tardes, vecino! —gritó mi irremediable amigo.
—¡Ah, hola! Perdonad que vaya todo sudado. —Marcos estaba empapado después de su salida para hacer running —. Ava, ¿verdad?
—Sí —contesté, aunque no recordaba haberle dicho mi nombre.
—Tu novia estará contenta —murmuró el impresentable de Enzo.
—¿Perdona?
—No, que si tu novia también corre —contesté para salir del paso.
—¿Qué novia?
—Sara. —Señalé el interior del piso.
—¿Sara? —Mi vecino también señaló el interior del piso—. Sara es mi hermana.
Enzo levantó las cejas en señal de satisfacción.
—Ah, así que… ¿eres entrenador? —insistió.
—No, fotógrafo paisajista —contestó Marcos con una ligera sonrisa.
Y acto seguido, mi vocecita interior me felicitó:
«Bravo, Ava. La Lista es infalible. Te protege de hombres así, con predisposición a la aventura».
En mi repertorio de requisitos solo podías encontrar cualidades como: «estable», «amante de las rutinas» o «reposado». Cada vez estaba más convencida de haber creado el monstruo de Frankenstein perfecto. Sabía que había acertado con todas esas condiciones.
Vale, lo confieso: al ver la estupenda forma física de Marcos, recordé que debía añadir «cuerpo definido y trabajado». Por pedir, que no quede.
Ya en casa, y mientras esperábamos las pizzas, Enzo y yo nos pusimos a repasar La Lista . Dos hojas, por ambos lados, pero valdría la pena el esfuerzo. Una vez acabada, no existiría otro Fernando, Matteo, Brian o David que me dijeran:
—No, no eres tú. Tú eres una chica encantadora, pero…
Pero… ¡¿qué?! Ya no habría más peros. Aquel listado era mi salvavidas para el amor, el remedio para salir de una vida mediocre.
Me jugaba mucho, de modo que antes de dar por buena la versión final, queríamos confirmar que cada requisito era el adecuado. Estábamos tan concentrados en nuestra misión que parecíamos dos astronautas revisando que todo estuviera en orden antes de despegar rumbo a Marte.
—Con un excelente hábito de higiene.
—Afirmativo —ratificaba Enzo.
—Con residencia propia.
No os voy a aburrir con los detalles, pero recomiendo evitar a los hombres que compartan casa con otros especímenes del mismo género. No hay mejor repelente contra el romanticismo que adentrarse en el hábitat de una comunidad masculina abandonada a su suerte.
—Afirmativo.
—Si tiene mascota, tamaño máximo permitido: perro labrador. Y tamaño mínimo: cocker .
Me dan miedo las serpientes, los chihuahuas, los gatos, las lagartijas, los hurones y demás bichos raros.
—Mmm, no estoy de acuerdo. ¿Y si tiene tortuguitas? Son monas e inofensivas.
—Enzo, ¿qué probabilidad hay de que tenga tortuguitas?
—Muchas. A mucha gente le gustan las tortuguitas.
—Se queda así.
—Tú te lo pierdes —repuso él, decepcionado.
—Ahí va la última, pero no por ello menos importante: que cierre la tapa del champú.
—Imprescindible, Ava.
Al nombrar la última y definitiva característica de mi futura y perfecta pareja, llamaron a la puerta.
—Por fin, ¡las pizzas! —exclamó, eufórico, mi amigo.
—¿Vas tú, por favor? Tengo que imprimir esto.
—Ahora mismo.
Enzo se levantó de un brinco para abrir mientras yo acababa de dar formato al documento. Me extrañó que, de repente, la casa quedara en un silencio absoluto. Algo raro pasaba. Enzo callado resultaba tan inquietante como un volcán dormido a punto de entrar en erupción.
—¡Dios, Ava! ¡Esto funciona más rápido de lo que esperábamos! —gritó desde la entrada, con una mezcla de ilusión y perplejidad.
Al parecer, al abrir la puerta se había dado de bruces con el repartidor más guapo que había visto en su vida. Despampanante. Como si un modelo hubiera bajado de la pasarela de Nueva York solo para entregarle la pizza.
Enzo se quedó sin habla. Literalmente. Sus labios se entreabrieron, su mirada permaneció fija, y por un momento pareció olvidar cómo funcionaba el aparato respiratorio. Yo estaba a punto de preguntarle si necesitaba asistencia médica cuando, de golpe, recuperó la voz.
—Perdona, ¿qué piensas de la gente que deja el champú abierto? —le preguntó al repartidor, sin un gramo de vergüenza.
La frase de Enzo —la del champú no, la otra— me tuvo reflexionando un buen rato durante la cena. Mientras observaba la caja de pizza con el logo estampado en ella, me vino a la cabeza una idea un tanto osada para llevar a cabo el proceso de manifestación que tenía en marcha.
¿Y si una aplicación de comida a domicilio me ayudara a encargar al hombre perfecto? La podría llamar U-Delivery, ¿no creéis?