U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 18 La especialidad de la casa
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Capítulo 18 La especialidad de la casa

Con la firme intención de conocer la verdad, recompuse los pedazos de mi precaria humanidad y me dirigí a la puerta de Marcos.

La noche anterior había sido un infierno de lágrimas y desvelos, pero no pensaba permitir que mi cara lo delatara. Ni hablar. En un momento tan crucial, no podía parecer un muerto viviente.

Hay lemas en mi vida que se imponen incluso cuando la emoción me lleva la contraria, y uno de ellos es: hagas lo que hagas, rema a tu favor.

Para esa ocasión, traducido a la practicidad, sería algo como: ponte la camiseta ceñida que te atreviste a comprar la semana pasada y, con un poco de suerte, esas ojeras siniestras pasarán inadvertidas.

—¡Ah!, ¡hola, Ava! ¿Qué tal la boda? —preguntó Sara al abrir la puerta, con la energía de una cafetera industrial recién encendida.

—Bien… Una boda, ya sabes —respondí. Mi sonrisa flaqueaba por dentro.

—Genial. ¿Venías a ver a Marcos?

—Sí… ¿Está en casa?

—Ay, no. Se marchó muy temprano esta mañana. Ayer lo llamaron por el trabajo en la Antártida; querían saber si todavía estaba disponible.

—¿En serio?

Ni por una maldita vez me lo iban a poner fácil. ¿Qué tal si lo mandaban al fin del mundo y lo hacían aún más complicado? Ah, espera, ya estaba allí.

—Sí, todo muy precipitado. Fueron unas horas moviditas. Me dejó sin teléfono toda la tarde, hablando con el responsable… ¡Tendrías que haberlo visto! Estaba desesperado porque no podía acceder a las instrucciones del correo. Estuvo a punto de ir a la boda de tu amiga para llevarte el ordenador.

—¡No me digas! —contesté en tono sarcástico, incapaz de manejar ese nivel de surrealismo.

—Pero bueno, parece que ya todo está en orden.

—¿En orden? —murmuré con amargura.

—¿Cómo?

—Eh, cosas mías… Y ¿no dijo nada más?

—Mmm…, no, creo que no.

—Ya. Vale.

Hice amago de dar un paso atrás, con la sensación de que mi última esperanza se evaporaba.

—Espera. Ahora que lo pienso…, sí, comentó algo antes de irse. Creo que bromeó sobre una aplicación de deseos tuya o algo así.

—¿Qué? —balbuceé, tratando de disimular el pánico que empezaba a trepar por mi garganta.

—Sí, algo así. No sé, hizo un chiste raro. No entendí mucho, la verdad. Estaba medio dormida. ¿Es algo de tu trabajo?

—Eh, bueno…, sí. Nada importante —mentí, esbozando una sonrisa rígida que más bien parecía un calambre.

—Qué interesante. Bueno, si necesitas algo, me dices.

—Sí, sí. Gracias.

Me despedí a toda prisa, con un nudo en el estómago que apretaba cada vez más fuerte.

Mientras me alejaba de su piso, mi mente ya estaba haciendo suposiciones peligrosas. «No puede ser. Debe haber una explicación lógica. No puede haber sido eso. Por favor, que no haya sido eso».

Al llegar a casa, me senté frente al ordenador y abrí el correo electrónico con dedos temblorosos. Mi corazón latía con tanta fuerza que el sonido martilleaba en mi pecho, eclipsando cualquier pensamiento coherente.

Me acerqué al monitor, devorando con la mirada cada línea, en busca del mensaje.

Y entonces, lo vi.

El correo con el asunto «U-Delivery» brillaba en la carpeta de enviados. Al principio, todo parecía correcto: el cuerpo de texto, la dirección de Allegra en el destinatario. Pero cuando bajé la mirada, lo encontré.

En copia oculta.

El usuario que me hizo tragar saliva al instante: [email protected].

Dios, el dosier completo, con cada detalle sobre U-Delivery, las manifestaciones y todo el contenido que jamás habría querido que Marcos leyera, llevaba días en su bandeja de entrada.

Un escalofrío me recorrió la espalda mientras mi mente retrocedía a la escena.

Lo recordé al instante. Había dejado el correo para Marcos en borradores, aún abierto en la pantalla, atrapado en mi indecisión.

Cuando intenté arrastrar la dirección de Allegra desde su mensaje, algo falló.

Probé unas cuantas veces, pero no se añadía.

Y cuanto más insistía yo, más torpe me sentía.

Hasta que, por fin, la dirección apareció.

Y ahí lo di por hecho. No presté atención a nada más.

Qué estúpida había sido. No era la primera vez que el sistema me jugaba una mala pasada, tal vez por un clic mal calculado o por una combinación desafortunada de teclas y prisa.

Sé por experiencia que estas cosas pasan, que un simple descuido puede acabar en desastre.

Pero entre el enfado del momento y la ilusión de que todo empezara a alinearse, no me había detenido a comprobarlo.

¿Os imagináis lo vulnerable que me sentí?

Había entregado las llaves de mi mente sin querer, por un accidente estúpido, pero solo a las habitaciones más embarazosas y caóticas, esas que prefería mantener a resguardo. Todo por un maldito desliz.

En ese correo estaban mis intenciones, mis ideas y mis sueños, totalmente desnudos, sin matices, dejando fuera el motivo detrás de cada palabra o el instante en que fueron escritas. Marcos tenía acceso libre a una versión incompleta y cruelmente expuesta de mí misma.

Sabía que tenía que moverme, idear una solución, hacer algo…, pero todas mis células clamaban rendición.

No era solo el correo. Era todo lo que significaba. Los sueños que yo había construido, las expectativas que había alimentado, la fe ciega que había depositado en la ley de la asunción… Todo aquello ahora parecía derrumbarse, dejando al descubierto una verdad incómoda: no tenía control sobre nada.

Pero claro, ¿creéis que el mundo me dio una tregua? Por supuesto que no.

El teléfono vibró en la mesa y la pantalla se iluminó. Por un momento pensé que serían mis amigas, esas a las que ya había advertido con un mensaje muy claro: «Mañana no existiré para nadie».

Cerré los ojos, lista para ignorarlo. Pero el muy pesado no cejaba en el empeño, revolviéndose como si tuviera algo urgente que decirme.

A regañadientes, abrí un ojo, por miedo a que fuera mi madre.

Si no contestaba de inmediato, luego tendría que lidiar con un «¿y si hubiera sido algo grave? » en tono dramático.

Resultó que no era mi madre. Era algo peor. El nombre de Allegra parpadeaba en la pantalla.

Por un instante, dudé en contestar. No sabía si estaba preparada para afrontar todo lo que esa llamada implicaba. Allegra tenía la irritante habilidad de escudriñar la verdad incluso en los rincones donde yo solía esconderla.

Aun así, fingir que no existía no era la opción más inteligente. Si alguien podía ofrecerme una nueva perspectiva o una guía en medio del desastre era ella.

Respiré hondo, como si estuviera a punto de zambullirme en aguas heladas.

—Hola, Allegra.

—Hola, Ava. ¿Qué tal estás?

—Pues… digamos que he tenido días mejores —respondí, sin molestarme en disimular.

—¿Qué ha pasado?

No había razón para andarme con rodeos. Al final, se iba a enterar de todos modos, así que le solté todo: la boda, mi desilusión, la confusión con el falso Marcos y, finalmente, el maldito correo.

—Uf…, entiendo que te sientas así. Pero creo que estás viendo esto como una debacle, y no lo es.

—¿No lo es? Allegra, ¡le envié a Marcos el correo sobre U-Delivery! ¿Sabes lo humillante que es eso?

—Sí, claro que lo sé. Pero escucha: a veces la vida nos empuja a enfrentarnos a situaciones incómodas porque ahí es donde encontramos las respuestas.

Agité las manos con frustración, aunque sabía que ella no podía verme.

—Esto no tiene pinta de respuesta. Para nada. Más bien se trata de una tragedia.

—Porque lo estás mirando desde el prisma equivocado. ¿Y si fuera una oportunidad?

—¿Una oportunidad? Mi ego no está de acuerdo, Allegra —bufé, dejándome caer contra el respaldo del sofá.

—Dale tiempo —replicó con calma—. Por cierto, yo te llamaba por otra cuestión. Es algo importante. Tengo noticias que van a ayudar a que cambies de humor.

—¿Es el día de los Inocentes y todo ha sido una broma?

—¡Qué mona! No, es incluso mejor. Han aceptado tu aplicación para una prueba piloto en una consultora digital. ¡Esto es enorme, Ava!

Exhalé un suspiro largo y me llevé una mano a la frente, intentando frenar el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarse.

—Madre mía…, Allegra. Después de todo lo que ha ocurrido, no tengo fuerzas para pensar en esto.

—Ava, confía en mí. Esto podría ser justo lo que necesitas.

Observé la pantalla del ordenador, donde seguía abierto el correo, ese recordatorio visible de mi vergüenza.

—Ahora mismo… no lo veo así.

—No lo descartes, por favor.

Tomé aire, aprovechando la pausa para ordenar mis ideas.

—No te prometo nada, solo que lo pensaré.

—Eso es todo lo que te pido.

Allegra guardó un breve silencio, buscando las frases adecuadas para golpear justo donde hacía falta.

—Piensa en esto, Ava: que no hayas conseguido lo que esperabas con Marcos no borra todo el progreso que has logrado. Tal vez es momento de dejar de buscar fuera lo que necesitas encontrar dentro de ti.

¡Arggg! La versión 2.0. del ser humano puede ser de lo más irritante, siempre asomando en el instante más inoportuno con su «sabiduría constructiva».

Los que estamos menos evolucionados no queremos reflexionar, procesar ni buscar una perspectiva más positiva.

Para nada. Lo que necesitamos es a alguien que se una a nuestra furia infernal, que maldiga al Universo en nuestra compañía y que nos anime a seguir enfadados con el destino.

Lo sabía. Sabía que esa llamada me dejaría más inquieta que aliviada. ¿Cómo podía esa humillación convertirse en una oportunidad? ¿Cómo podía trabajar en una aplicación que yo misma consideraba un auténtico fracaso?

Imposible. Mi cerebro prefería hacer un recopilatorio con mis momentos más ridículos, editarlos con esmero y proyectarlos a todo color en un bucle interminable.

Por la mañana, el sonido del teléfono me arrancó de un sueño del que, para variar, yo no quería salir. Esa vez, sí que era mi madre.

—Ava, ¿ya has escogido la foto para el álbum de tu abuelo?

—Buenos días a ti también, mamá.

—Cariño, es importante. Carolina quiere empezar a montarlo esta semana. No me hagas insistir.

—Sí, tranquila, lo haré… —murmuré con la cara aún pegada a la almohada.