U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 10 El cómo y el cuándo no se incluyen en el precio #2
42%

Capítulo 10 El cómo y el cuándo no se incluyen en el precio #2

A pesar de esas ligeras objeciones, al final obtuve su beneplácito para darle al botón de publicar.

Bastaron diez minutos desde la aparición del perfil en las redes para que mi teléfono colapsara entre parpadeos y luces de notificaciones. ¡Yuju! La Ava ficticia estaba consiguiendo la atención que buscaba.

Mientras los demás compañeros pensaban que estábamos concentrados en la encuesta semanal, Enzo y yo repasábamos los perfiles para seleccionar al primer sujeto de estudio. Él presentaba a los candidatos y yo les daba el visto bueno o los rechazaba.

—Interesado en relaciones abiertas.

—No, gracias. La última no fue de mi agrado.

—Campeón de atletismo.

—Se debe de cuidar mucho; fuera.

—Modelo de catálogos.

—¿Otro guaperas? Next .

—Apasionado de las aventuras.

—¿Qué tipo de aventuras? —Fruncí el ceño.

—Viajes a sitios insólitos.

—No entiendo a esos exploradores masoquistas, con lo cómodo que se está en un hotel de cinco estrellas.

—Ava, nos vamos a quedar sin opciones.

—Venga, sigue.

Agoté la paciencia de mi amigo, pero al final encontramos lo que parecía un buen punto de partida: director de una oficina bancaria, apasionado de los viajes —a lugares con alcantarillado, claro está— y dueño de un adorable labrador. Cien por cien compatible con mi tipo de hombre.

Después de comprobar que en las fotos no había indicios de psicopatías peligrosas, como miradas perturbadoras o sonrisas inquietantes, me atreví a iniciar una conversación con él.

Tengo que decir que el tiempo en estas aplicaciones discurre a otro ritmo; en media hora ya había conseguido una cita para esa misma noche.

Madre mía, en el mundo real me costaba al menos tres fines de semana de miradas sutiles e intencionadas que se acercara alguien «digno» a interactuar conmigo.

En cambio, allí, bastaban las cuatro frases de rigor para cerrar un trato.

A decir verdad, fueron solo tres; la última la destinamos a concretar los pormenores de la cita.

Como es lógico, quedé con el Sujeto 1 directamente en el restaurante. Ni loca le iba a dar mi dirección a un extraño. No estaba tan desquiciada, por mucho que penséis lo contrario.

Lo tenía todo estratégicamente pensado: el restaurante disponía de grandes cristaleras, por si necesitaba pedir auxilio a los transeúntes; quedaba cerca de mi casa, por si tenía que salir huyendo, y había una cámara de seguridad enfrente, encendida las veinticuatro horas, por si precisaban pistas de mi paradero.

Ah, sí, también programé el móvil en llamada rápida para avisar a Enzo de cualquier contratiempo.

No sé si me estaba preparando para una cita o para ir a la guerra, pero teniendo en cuenta que se trataba de mi primer encuentro con un desconocido, cualquier precaución era poca.

Una de esas medidas anti asesino en serie consistió en llegar cinco minutos antes para observarlo desde la esquina y analizar incluso su manera de ojear el reloj.

Examiné cada movimiento suyo, en busca de algún signo de desequilibrio mental.

Y tras comprobar que era el de la foto y que parecía un buen chico, reuní el valor necesario para acercarme y empezar de manera oficial con la investigación.

En cuanto vio que me aproximaba, una sonrisa se dibujó en su rostro. Era una sonrisa dulce y agradable, que reflejaba su naturaleza afable y tranquila. Solo era un simple gesto, es verdad, pero logró apaciguar mis ganas de salir corriendo.

Por suerte, las presentaciones transcurrieron de forma muy natural, al menos, para lo que acostumbra a ser en estos casos:

—¡Hola! ¿Eres Ava?

—Sí, ¿y tú eres John? —Nombre ficticio, por motivos obvios.

—Sí, sí. ¿Cómo estás? —me preguntó de forma cortés.

—Bien, ¿y tú?

—Ah, muy bien. Gracias. ¿Entramos?

Y eso hicimos: entramos en el restaurante para continuar con la enriquecedora charla. Una vez en la mesa, el Sujeto 1 inició una conversación más profunda:

—¿Sabes?, rara vez utilizo este tipo de aplicaciones.

—¿Ah, sí? —le dije, para que me contara más.

—Sí. En verdad, es la segunda vez que quedo con alguien.

—¿En serio?

—Es que no me apetecía mucho salir. Hace poco que he terminado una relación…

Y Enzo sufriendo por mis mentiras piadosas…

Esa sí que era una trola de las gordas. Os lo he advertido: todo estaba pensado.

Gracias a mis capacidades informáticas de rastreo, sabía que el Sujeto 1 mentía de forma descarada.

En el último mes, había tenido mínimo una cita por semana, pero como yo tampoco estaba en situación de juzgar a nadie, se lo pasé por alto.

El camarero nos interrumpió para preguntarnos si ya sabíamos qué tomar. Recordad que por aquel entonces yo era una loca del control, así que también me había encargado de analizar el menú con antelación.

«Nota para mí: prohibido pedir espaguetis o platos con hojas verdes».

Gracias a los programas de citas a ciegas, conocía el peligro de ser azotada en la cara con salsa de tomate o de ser ridiculizada por tener algún resto asqueroso entre los dientes.

No logro discernir si los que se arriesgan a eso son unos inconscientes o tienen la autoestima por las nubes.

Hay cosas que siempre serán un misterio para mí.

Bueno, a lo que íbamos: el Sujeto 1 tuvo claro qué pedir tras solo una lectura, lo cual me encantó; David tardaba horrores en decidirse.

Así que, mientras la charla continuaba en torno a su victimismo, fingí comprobar algo en el móvil para abrir la aplicación de notas y apuntar las dos características que ya había detectado: puntual y asertivo.

¡Genial! La metodología estaba funcionando, y eso me mantenía motivada.

El esfuerzo que me suponía salir de mi zona segura estaba dando frutos.

Con esas buenas perspectivas, conseguí mantener mi personaje durante toda la cena.

La cosa no hacía más que mejorar. Al acabar la cita, ya había apuntado cuatro atributos más: educado, con inquietudes, atento y dispuesto a escuchar. Para un primer ensayo, no estaba nada mal: parecía un buen camino por el que tirar.

En la cita con el Sujeto número 2 seguí la misma trayectoria, e incorporé seis nuevas cualidades a mi lista. Con el Sujeto 3, la cosa empezó a aflojar, y en las citas sucesivas, ya ni os cuento. Apenas conseguía incluir algo significativo.

Sin embargo, en la séptima algo cambió. Algo que hizo que mi lista creciera más rápido que el vello del bigote; perdón por la comparativa.

La charla inicial con el Sujeto 7 fue la más entretenida. Hacía gala de un humor inteligente y sutil de lo más divertido. Se hallaba a años luz del Sujeto 5, el cual se había tragado un payaso insolente para comer. Estoy segura.

En fin, además de que el Sujeto 7 era un chico guapo y ocurrente, teníamos muchos temas de los que hablar.

En seis citas, yo ya había oído todo lo que quería saber sobre hobbies para frikis, desastres amorosos y preferencias sexuales que me gustaría borrar de mi cerebro con lejía.

De manera que la séptima cita prometía ser el empujón que necesitaba mi estudio.

Sigo. El camarero ya nos había tomado la comanda y estábamos esperando a que nos trajeran la comida.

Después de tantos encuentros con desconocidos, yo ya estaba tan relajada y cómoda en mi nueva piel que incluso me atrevía a innovar en los menús.

La verdad, estaba harta de pedir el pollo con patatas y sus combinaciones infinitas.

En aquella ocasión, opté por un carpaccio de gambas de entrante, y él, una sopa de miso.

El tiempo pasó volando hasta que nos sirvieron la comida, y eso que estábamos famélicos. Tan pronto como nos pusieron los platos delante, el silencio se adueñó de la escena.

De repente, un sonido de lo más desagradable llenó el aire.

Miré a mi alrededor sin poder identificar de dónde procedía aquel ruido que nos estaba arruinando el momento. Por un instante, se detuvo, pero al cabo de unos segundos, apareció de nuevo. Esa vez, me moví más rápido que la luz para cazar al culpable in fraganti. Y para mi desgracia, lo conseguí.

El origen de aquel ruido infernal era el Sujeto 7, que sorbía la sopa con la intensidad de un huracán.

Mi mente hizo ondear una bandera roja de dimensiones gigantescas en señal de protesta.

Puede que a vosotros no os moleste, lo entiendo, pero aquello era una tortura para mis sensibles oídos.

Cada vez que ese hombre tomaba una cucharada de sopa, mi corazón se encogía.

De verdad, tuve que controlarme para no huir sin explicación.

Y aun así, en medio del suplicio, tuve un momento de lucidez espontánea:

Ava Indecisa: No sé qué hacer… Esto no está funcionando.

Ava Pragmática: Tiene que haber una manera de avanzar. Solo vamos por la séptima cita.

Ava Indecisa: Hay que admitirlo. A lo mejor, esto de las citas ha sido un error.

Ava Pragmática: Oye, ¿y si cambio lo que no me gusta por algo positivo?

Ava Indecisa: ¿Cómo? No sé…

Ava Pragmática: ¡Sí! Así es mucho más fácil.

Saqué el móvil y anoté con firmeza: come de forma educada y elegante.

A partir de ahí, mi lista de requisitos creció exponencialmente; en cada cita obtenía, como mínimo, diez atributos nuevos.

Aquello supuso un descubrimiento bendito.

Gracias a la manzana de Newton descubrimos la gravedad, pero la sopa de miso, esa maravillosa sopa sonora, también se merece un buen reconocimiento.

Pues bien, las semanas iban pasando mientras Enzo y yo confeccionábamos La Lista . Así fue como acabamos llamando a la versión definitiva. Le daba un matiz de seriedad y misterio que nos hacía sentir importantes.

Además, tener esa misión entre manos era el entretenimiento perfecto para sobrellevar los días en la oficina. Sobre todo, cuando aparecía David para visitar a su novia —por favor, notad el retintín en la expresión—. El muy imbécil se quedaba mirándome desde lejos.