Capítulo 10 El cómo y el cuándo no se incluyen en el precio
Manifestar al hombre perfecto. Esa iba a ser mi estrategia para ser feliz en el amor. Solo tenía que seguir a rajatabla los pasos del curso y pronto estaría disfrutando de unas vacaciones en la playa con mi recién estrenado novio.
Sentía una mezcla de emoción y nerviosismo al pensar en ese futuro ideal. Imaginarlo me aceleraba el pulso, y eso ya era motivo suficiente para intentarlo. Iba a poner todo mi empeño en ello. Si Allegra lo había conseguido, yo también podía.
Pronto me di cuenta de que los apuntes de Samuel eran un buen inicio, pero una clase de dos horas no bastaba para abarcar la complejidad de lo que me traía entre manos. Si quería un novio sin taras ocultas, necesitaba profundizar mucho más.
Lo primero que hice fue explorar un montón de páginas en internet, y hasta me compré algunos libros sobre el arte de la manifestación. Con cada frase que leía, se abría ante mí un mundo nuevo de posibilidades.
Resultó que la teoría no era tan misteriosa ni estaba tan escondida como esperaba.
Mucha gente utilizaba diferentes métodos para ponerla en práctica, y relataban historias extraordinarias acerca de lo que habían vivido.
Constatar las transformaciones de personas que se veían más carismáticas, más enérgicas, menos grises, me inspiraba profundamente.
Incluso había famosos que hablaban de ello.
Lo más extraño era que ese conocimiento había estado delante de mis narices todo el tiempo sin que yo me enterara.
También descubrí que el término «ley de la atracción» había quedado un poco desfasado y que existía una amplia variedad de nombres para referirse a esto de manifestar: desde la «ley de la asunción» hasta la «ley de la proyección», cada enfoque ofrecía su propia interpretación del asunto.
Pero, en el fondo, todos parecían apuntar a la misma idea: que la realidad podía moldearse más fácilmente de lo que nos habían hecho creer.
Después de contrastar el contenido de unas cuantas referencias, esbocé un esquema completo de los pasos más significativos que debía tener en cuenta. Fue una tarea tremenda, ya que algunos autores se quedaban cortos, y otros tantos daban vueltas hasta marearte.
A mí me va la practicidad, lo sabéis, así que tuve que escarbar un poco aquí y un poco allá para dar con la fórmula más efectiva.
Y puedo decir que lo logré: la pauta resultante tenía la mejor relación calidad-tiempo. La satisfacción de ver mi esquema finalizado me hizo sentir más segura y preparada para lo que venía.
Todos y cada uno de los libros que revisé insistían en lo mismo: la manifestación empieza por saber exactamente qué pedir.
Explicaban que la atención se asemejaba a un foco que dirigía la energía.
Cuanto más específico eras en la descripción de tu pedido, mayor la intensidad de ese foco.
La clave estaba en escoger las palabras adecuadas para describir la imagen de tu cabeza.
¡Horror! Me esperaba una tarea más complicada de lo que imaginaba. Diseñar al hombre perfecto no era cosa de improvisar. Tenía que considerar cada detalle, cubrir todos los frentes y no dejar ni un cabo suelto, porque después de todo lo que había sufrido, ya no me quedaban corazones de repuesto.
Así que cogí una hoja en blanco para escribir mi futuro y empecé a enumerar las cualidades de ese caballero andante.
Supongo que después del drama reciente con David, podéis deducir los dos adjetivos que encabezaron la lista de cualidades de mi hombre ideal… ¡Tachán! Honesto y fiel. Sin sorpresas.
Al principio, pensé que todo fluiría con facilidad, pero la inspiración no parecía dispuesta a colaborar. Conseguí completar un simple renglón con seis características fundamentales más, eso era todo.
A pesar de mi predisposición para continuar esbozando aquel retrato, me atasqué ante la hoja vacía. Me invadió la frustración al experimentar ese bloqueo; no podía quedarme así, con una pareja a media cocción.
Di mil vueltas a los engranajes de mi mente, rebuscando perfiles que me ayudaran a confeccionar a ese hombre a medida, pero después de exprimir hasta el último recuerdo que tenía, no había avanzado ni un ápice. Cada intento fallido aumentaba mi desesperación.
Bueno, al grano, no voy a justificarme más. Lo admito: busqué ayuda externa. No tuve más remedio. La presión por manifestar al hombre perfecto empezaba a dejarme sin aire.
Me sumergí en internet en busca de ideas, preparada para leer cualquier estudio, artículo o test de revista que me enviara una señal sobre lo que debía incluir en mi listado.
Y entonces, apareció. Un informe sobre lo que las mujeres más valoraban en una relación. ¿Sabéis cuál era el primer requisito?
Que sus parejas colaboraran en las tareas del hogar. Increíble. Nunca lo hubiera pensado.
Así me iba a mí… ¡Menuda tonta había sido! David no recogía ni su plato de la mesa.
La reflexión de esas mujeres, que parecían mucho más inteligentes que yo, no podía quedar fuera de mi descripción, por lo que añadí esa condición a mi lista.
Acto seguido, se me ocurrió consultar otra de las principales fuentes informativas de mi gloriosa adolescencia: la sabia y nunca cuestionada televisión.
Revisé mis series preferidas para analizar a los protagonistas que, en mi tierna juventud, cuando todavía no tenía el corazón corrupto, me habían enamorado sin remedio.
Dios, fue un viaje espeluznante. Me veía reflejada en Brenda Walsh, Carrie Bradshaw o Ally McBeal, todas ellas coladas por hombres que no las valoraban y las dejaban tiradas a la menor oportunidad; hombres que me recordaban al innombrable de mi ex.
Aquellas historias, protagonizadas por machos insensibles y adúlteros, no me servían en absoluto, ya que eran la antítesis de lo que estaba buscando.
En fin, ya había agotado todas las fuentes de inspiración a mi alcance, y mi desastrosa experiencia amorosa, no solo la reciente, sino la global, no aportaba suficiente material de calidad para completar el perfil que necesitaba.
Estaba claro que me faltaban más referencias directas.
Tenía que interactuar de una forma más cercana con más hombres, muchos más hombres, y así evaluar con cabeza lo que quería para el resto de mi vida.
Pero ¿cómo podía lograr eso en poco tiempo?
Mantengamos la mente abierta y no me juzguéis a la primera de cambio.
Ahí va: como yo no contaba con el desparpajo de mi amiga Bárbara para conocer chicos en cualquier parte, decidí que la mejor manera de acceder a hombres distintos con rapidez era recurrir a las aplicaciones de citas.
Ojo, eso no tenía nada de malo; lo único censurable sería el pequeño engaño sin malicia del que formaba parte.
Si esta justificación no os ha convencido del todo y aún guardáis alguna reticencia, recordad que ningún hombre salió lastimado. Puede que alguno sufriera un leve dolor pasajero en sus zonas bajas, pero nada que una ducha fría no pudiera arreglar.
Os aseguro que me tomé aquel proyecto como una investigación de campo seria y rigurosa.
Lo prometo.
Una vez exonerada de toda crueldad, os detallaré cómo fue el proceso.
La opción más efectiva a simple vista presentaba un gran inconveniente desde el inicio. El problema no era el planteamiento ni los objetivos. La cuestión más complicada radicaba en algo aparentemente menor pero categórico. Y por desgracia, dependía por completo de mí.
Sabía que el éxito de mi estrategia requería unas dotes de interpretación que yo no poseía. Es más, sufría una especie de síndrome de Estocolmo con esa Ava tímida y reservada que me había acompañado fielmente hasta el momento.
Si hubiese sido un simple cambio, lo hubiese llevado mucho mejor, pero el papel que me había adjudicado distaba mucho de la realidad. Y cuando digo mucho, es mucho. Como si obligaran a Bridget Jones a superar el severo entrenamiento de los SEAL de la Marina de los Estados Unidos.
No me imagino a la mansa de Bridget con el cuerpo magullado por las heridas de guerra, gritando como la teniente O’Neil:
—Oficial en jefe… ¡Chúpame la…!
Uy, perdón por la expresión, pero supongo que ahora entenderéis mejor el reto que tenía por delante.
Por supuesto, habría preferido un plan más suave y sin rasguños en mi coraza, pero la felicidad que anhelaba exigía ese sobreesfuerzo. Yo ya no estaba dispuesta a conformarme con menos. Si tenía que entrenar duro y sacar músculo, lo haría, aunque fuera a base de anabolizantes mentales.
De modo que, antes de encontrar más excusas para abandonar esa idea, me puse manos a la obra. El primer requisito para conseguir citas en tiempo récord era un buen gancho, alguien que atrajera la atención del género masculino ipso facto.
Y no , no es tan fácil como pensáis. De nada servía poner que era modelo de pasarela o una mujer adinerada; en cuanto me vieran llegar con mi metro sesenta y ocho y mi bolso desgastado, mi personaje quedaría desmantelado y sería un desastre para la dinámica de la investigación.
Nada de mentiras gordas; solo una versión mejorada de mí misma en un mundo un poco más justo.
Os comparto el perfil elegido, a ver qué opináis al respecto: «Me encanta mantener mi cuerpo en forma; cocinar para mis amigos me relaja; soy programadora en una empresa digital —aquí fallé.
Creadora de videojuegos hubiese resultado más atractivo—; también soy masajista certificada y, por último, adoro a los animales».
Un par de mentirijillas sin importancia.
Para rematar, adjunté una imagen insinuante: una foto a contraluz que dejaba entrever el contorno de un cuerpo bien esculpido. No era exactamente el mío, aunque podría serlo, así que no contaba como publicidad engañosa.
«Van a caer como moscas», pensé, satisfecha.
Como a mi amigo Enzo se le daba muy bien ligar, quería su aprobación antes de colgar el anzuelo. Lo primero que hice al llegar al trabajo fue mostrarle con orgullo mi elaborada tapadera.
—¿«Te gusta entrenar»? ¿Y «te encanta cocinar»? Te van a pillar enseguida.
—Oye, sabes que practico Sakuma y que veo Masterchef siempre que puedo —repliqué, ofendida.
—Ni de coña, Ava. Cámbialo.