Capítulo 9 Sin derecho de admisión #2
Intenté por todos los medios que me dejara compensarla por el trabajo realizado y por las molestias ocasionadas, pero no hubo manera.
—Hoy por ti, mañana por mí —contestó mientras se ponía una mano en el corazón.
—De verdad, Allegra, deja que te pague algo.
—¡Que no! Aunque…, ¿sabes lo que sí aceptaría? —añadió con una sonrisa en los labios.
—Dime.
—¡Un café! Me muero de sueño.
—Claro, vamos a la cafetería que hay aquí al lado.
No tenía prisa; iba a aprovechar al máximo a mi favor el sentimiento de culpa de Sofía.
Y suerte que lo hice. Disfruté mucho charlando con Allegra; me recordaba a una de mis amigas de toda la vida. Lo curioso es que parecía demasiado «normal» para ser una mística con todas las letras. Me cautivó por completo mientras compartía anécdotas increíbles acerca de sus manifestaciones.
—Ava, es ciencia. Frecuencias similares se atraen.
—Sí, eso dijo Samuel, pero no pillé mucho, la verdad.
—Todos emitimos una frecuencia en función de quiénes somos: de nuestras creencias, nuestros pensamientos, nuestras emociones.
—Ya, pero ¿tú realmente crees que funciona? —Apreté los labios, entre la esperanza y el escepticismo.
—Pues claro. ¿Has oído hablar del doctor Joe Dispenza?
—¿Dispenza?, no.
—Sufrió un accidente y se destrozó la columna. Los médicos le dijeron que no podría volver a caminar. —Allegra removía el café entusiasmada.
—Creo que me suena.
—Logró la recuperación total mediante técnicas de visualización, meditación y autohipnosis.
—Siempre han existido estas recuperaciones milagrosas —comenté en tono escéptico.
—¡Que no, Ava! A mí misma me ha funcionado cuando lo he puesto en práctica.
—¿Ah, sí? Cuenta… si quieres, claro.
Contuve el aliento, deseando que se animara a revelármelo.
Allegra me narró una historia surrealista sobre cómo consiguieron comprar el coche que querían a un precio ridículo. Tenía que ver con su marido, Paolo, y un conocido suyo de la infancia, agradecido con él por haberlo ayudado cuando unos niños mayores le hacían bullying .
—Pero eso no tiene sentido —respondí, atónita—. Ese hombre perdió dinero.
—Bueno, si estás dispuesta a recibirlos, estos pequeños milagros sin explicación suceden de la manera más inesperada.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —dije, refiriéndome a mi desastroso pedido.
Y las dos nos echamos a reír a la vez.
—Es alucinante todo lo que acaba ocurriendo —afirmó Allegra.
—Sí, una suerte que pudieras ayudarme.
—No, no es eso. Es alucinante todo lo que se puede lograr. Me estaba acordando de cómo manifesté a Paolo. Es muy gracioso.
—¿En serio manifestaste a Paolo?
—Sí, y no podría estar más contenta. Tengo al hombre perfecto…
Un momento, ¿Allegra había manifestado al hombre perfecto? ¿Eso se podía hacer? ¿Pedir un hombre a la carta?
Hasta ese instante, yo había asumido que la ley de la atracción servía para atraer objetos, acercar situaciones, o incluso recuperar lo perdido. Pero no se me había ocurrido que pudieras ir más allá y manifestar a alguien completamente nuevo, hecho a medida.
Madre mía, con esta perspectiva, podías convertirte en el guionista de tu propia historia de amor.
Me quedé tan asombrada que tuve que repetírmelo: mi amiga había conseguido atraer a su media naranja, una persona con todas las características que ella deseaba, y que nunca la defraudaría.
Claro, ¿por qué no? Según decían, podías manifestar casi cualquier cosa que imaginaras… si realmente conectabas con ello.
Aquel café me devolvió la ilusión y despertó en mí necesidades que desconocía. Gracias a Allegra, volví a sentir la chispa que horas atrás se había apagado.
¿Y si no era solo una posibilidad? ¿Y si todas esas historias de manifestación no eran meras coincidencias disfrazadas, sino pruebas de que existía algo más?
Después de todo, en cierta forma yo también había conseguido lo que pedí. Entré en el edificio Wilson brillando como nunca.
Aunque tenéis razón de nuevo: no podía ignorar cierta parte. Algo no fue como esperaba. Creí que el vestido me saldría gratis, pero al final pagué un alto precio: la autoinmolación de la mitad de mi sistema nervioso.
Vale, es el único detalle reprochable de toda aquella situación.
Por esa razón, con el fin de evitar sorpresas desagradables, para la próxima tendría que ser más cuidadosa y prestar más atención al proceso. Si aspiraba a obtener lo mismo que Allegra, necesitaba ser más específica con respecto a lo que estaba a punto de atraer a mi vida.
Y antes de cualquier otra cosa, resultaba indispensable dejar de pensar en David y en hombres incapaces de valorarme. Ese pasado de menosprecio era un cuento repetitivo que no quería volver a escuchar. No estaba dispuesta a vivir otro ninguneo.
Imaginadme como la protagonista de Lo que el viento se llevó . De pie en una loma, con una música conmovedora de fondo, declarando al mundo lo siguiente:
—Aunque tenga que ocultar, disimular o mentir, a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a conformarme con idiotas narcisistas de madurez cuestionable.
Todavía tengo que pensar qué podría reemplazar a la zanahoria de la escena original.
Por favor, tranquilos, no os emocionéis. No os voy a pedir sugerencias a vosotros; miedo me dais.
De todas formas, ahora no es momento para esto. No podemos entretenernos en el decorado cuando lo importante es el mensaje. Y este era claro y conciso: ser feliz de una vez por todas con alguien que no me hiciera sufrir, con alguien que viera en mí lo que otros no apreciaron.
Sin derecho de admisión
U-Delivery no se reserva el derecho de admisión. Todo el mundo es bienvenido, sin excepciones. De hecho, todos somos clientes asiduos, queramos o no.
Ahora bien, lo que pides y con quién lo compartes puede transformar la experiencia por completo.
Personas, entornos, ideas… todo lo que te acompaña se cuela en tus platos, adereza tus pensamientos…
y acaba dándole sabor a cada encargo que recibes.
Por eso, rodearte de gente que confía en el servicio de esta empresa es como añadir los condimentos perfectos a un plato.
Por otro lado, prestar demasiada atención a lo que no quieres es como echar sal a un pastel: estropea lo bueno que ya tenías. No hace falta apartarte de lo que no te gusta; basta con que no permitas que apague tus ganas.
Reconoce lo que te nutre, lo que te inspira, y deja que lo demás pase de largo.
Piénsalo así: si te encantan los tomates, no te preocupes por las noticias que anuncian su escasez.
Te recuerdo que U-Delivery nunca se queda sin existencias; si hace falta, traerán los tomates desde el otro lado del mundo.
Pero si te dejas llevar por la duda, el chef puede tardar un poco más: tendrá que revisar si todavía quieres ese pedido o si prefieres otro más seguro.
Si puedes, comparte tu mesa con quienes sumen a tu banquete.
No es necesario que todos crean en el menú para que la cena sea especial, pero se nota cuando hay respeto y ganas de celebrar.
Una cena para uno puede ser deliciosa, pero cuando hay conexión con los demás comensales, el sabor se multiplica.
Si el chef percibe esa armonía, las recetas que crea se vuelven memorables.