Capítulo 9 Sin derecho de admisión
¿De verdad creéis que podía perder el tiempo lamentándome por lo de David? ¡Ojalá! Eso se me daba muy bien. Mi ex y su falta de humanidad era un tema que me sabía de memoria. A esas alturas, ya era una experta en la materia.
En cambio, enfrentarse a una catástrofe como la que acababa de ocurrir ya era otra historia. Salir inmune de algo así no era una tarea para una simple humana sin habilidades para manejar los hilos ni el estrés.
Y no lo digo en sentido figurado. Lo comprobé en el taller de «lanaterapia» al que me apunté en una ocasión, convencida de que me ayudaría a desconectar y a sustituir tanto cálculo y tantas pantallas por algo más tangible.
Bueno…, eso y que mi amiga Alicia, de la universidad, juró que conoceríamos a «hombres interesantes con manos hábiles».
El resultado fue menos idílico: un jersey desastrado que todavía conservo como recordatorio de mi fracaso textil. Quizá algún día la alta costura lo llame «vanguardista» en lugar de «trauma con agujas».
En fin, que yo no hacía más que mirar y volver a mirar lo que quedaba del agonizante vestido, como si pudiera arreglarse por arte de magia. Sabía que no me llevaría a ninguna parte, pero era lo más inteligente que podía hacer: solo mirar.
Lo más curioso es que en mi trabajo acostumbraba a ser una persona muy eficiente y resolutiva, con soluciones creativas para todo.
En mi mente siempre surgían un montón de respuestas antes de que los demás pudieran siquiera acabar la pregunta.
Pero esa vez… esa vez estaba más perdida que un bombero en un parque acuático.
Desesperada, saturé los contestadores de todas las modistas de la ciudad, rogando ayuda y ofreciendo paga extra por trabajar un sábado por la noche. Estaba dispuesta a desembolsar un dinero que no tenía solo para olvidar aquella crueldad del Universo.
A pesar de mis esfuerzos y mi exasperación, ni un alma caritativa acudió a rescatarme.
La condena era inevitable: despido inmediato.
«Gracias, Samuel. Gracias de nuevo, Universo. Realmente aprecio la oportunidad de pasar, otra vez , la mayor vergüenza de mi vida». Culpaba al infeliz del profesor y a sus engaños maliciosos:
—Si es que ya lo decía yo; lo tendría que haber calado desde el primer instante. Alguien con ese peinado no es de fiar.
Debía reconocerlo: me habían vencido. A mí, una racionalista profesional.
Confié en utopías inverosímiles y caí en la trampa como un niño de tres años.
Lo admito: ante esa denigrante derrota, me rendí.
Pensé que todo estaba perdido y que ya no había nada más que hacer.
No tenía ningún plan ni esperaba ninguna solución positiva.
Igual que una adicta a la anestesia rápida, cogí el mando de la televisión y, con los ojos vidriosos, cambié de canal de forma compulsiva en busca de un chute de sedación.
«¡Gracias a Dios! Dosis localizada».
Encontré al instructor de Top Gun justo antes de que este regañase a Maverick y a Goose después de su pasada rápida por la torre de control.
—… tu ego extiende cheques que tu bolsillo no puede pagar…
¡Qué casualidad! La misma reprimenda que me estaba dando yo.
—Así estoy… ¡Y todo gracias a ese maldito estafador!
Cualquier nimiedad constituía un detonante para maldecir a Samuel y su estúpido curso. Me moría de ganas de enviarle un correo y reclamarle esa abundancia infinita que nos había prometido.
Menudo fraude; ni abundancia ni leches. En vez de estar nadando en billetes, me iba a quedar sin trabajo, sin dinero y sin novio.
No entendía que aquel hombre que proclamaba su bondad nos hubiera timado de una manera tan ruin. Pensaba en todas las personas que habían creído que el curso les solucionaría la vida. Pobrecitas, me daban pena. Sobre todo, Allegra; ella me caía bien.
—¡Allegra! ¿Cómo no he caído antes?
Su nombre se encendió en letras de neón ante mis ojos. En la ronda de presentación, contó que había sido modista, que después estudió para ser diseñadora de moda y que su sueño era lanzar su propia marca al mercado.
De acuerdo, supongo que, para muchos, la idea de que pudiera ayudarme parecía un delirio. Lo sé, pero no sería la primera vez que la desesperación y la esperanza se toman de la mano para cometer locuras.
Pasando de las mil y una razones que tenía para descartar esa idea, decidí ponerme en contacto con ella, rezar para que anduviera débil de memoria y confiar en que fuera mejor persona que yo.
Si cabía una posibilidad, por mínima que fuera, valía la pena intentarlo.
Me tragué mis dudas y me lancé.
Minutos después, nuestra conversación concluía así:
—Bueno, veremos qué puedo hacer.
—Muchas gracias, Allegra. No sabes lo que significa para mí.
—No te prometo nada. Depende de muchas cosas, Ava, pero haré lo que pueda.
—Sí, sí, no te preocupes. En serio, muchas gracias.
—Déjaselo a Carla, que vive en mi edificio. Te paso su dirección y el piso.
—Perfecto. ¡Gracias, de verdad!
Esa mujer era tan compasiva y dulce que costaba creer que fuera de este mundo. Todavía tengo serias dudas al respecto.
Con su singular amabilidad, me hizo una disertación sobre los tipos de desgarro, las telas, los hilos y un montón de factores que hacían poco probable que quedara como nuevo.
La pobre intentó que no depositara toda mi fe en ella, pero ya era demasiado tarde: había apostado mi vida entera al blanco.
O Allegra lograba salvarme pese a las nefastas predicciones, o yo me vería obligada a afrontar una muerte laboral vergonzosa.
Lo tenía muy claro: iba a rezar… y esperar el milagro.
El temido lunes llegó más rápido de lo usual.
Agoté las horas del fin de semana invocando a los dioses y, aun así, el vestido seguía pendiente de reanimación entre las manos angelicales de Allegra.
La cuenta atrás casi había llegado a su fin, y yo no podía hacer otra cosa más que confiar en la misericordia del destino. Tic tac, tic tac.
Emprendí mi camino hacia la oficina sin saber si ese sería mi último día allí.
Como ya era habitual, a Enzo le dolía el cuello de tanto mirar hacia la entrada, esperando mi aparición.
Nada más verme, la expectación en su rostro se desvaneció. Bajó la vista a mis manos vacías y enseguida recorrió mi silueta, escaneándome con vehemencia, como si albergara la esperanza de encontrar algún bulto sospechoso donde yo pudiera haber escondido la prueba del delito.
—¿Y el vestido, Ava? ¿Has podido solucionarlo? —preguntó con la voz tensa.
No fui capaz de articular palabra. Solo alcé los brazos en un gesto de incertidumbre.
En ese momento, Sofía se aproximó con el ceño fruncido y una expresión de lástima… ¿o de enfado? ¡Por Dios, temí que me hubiera descubierto!
—Ava, oye, lo siento…
—¿El qué? —dije, orando por no estar despedida.
—Lo del sábado…
—Sí, ya, el sábado. Pero ¿el qué?
—¿Estás bien? —Un atisbo de duda afloró en su voz. Su mano amagó posarse en mi brazo, pero se quedó en el aire y terminó bajándola con disimulo.
—Sí, continúa.
—Lo de la gala… Pensaba que David te lo había contado. No estuvo bien.
—¡Ah, ¿era eso?! ¿Crees que me interesa saber que tú y tu amante habláis de mí, pedazo de lagarta? —le dije a gritos, pero en silencio.
Sé que ella no era la culpable de que mi ex fuese un desgraciado y demás, pero, a veces, cagarse en alguien se convierte en una necesidad física.
Alguien tenía que decirlo.
—No quiero hablar del tema —le solté, con la máxima frialdad que mis ojos ardientes supieron fingir.
—Solo quería cerciorarme de que está todo bien entre nosotras. Ya sabes, como trabajamos juntas…
«Sí, claro, todo bien, solo que me has robado al novio y encima me vas a despedir por haber cogido prestado un vestido que cuesta más de lo que gano en todo un año».
«Por supuesto, todo bien, excepto porque eres la última persona que deseo tener delante».
—Ajá, bien —murmuré, usando la mentira como escudo.
El ambiente incómodo se vio interrumpido por una llamada en mi querido móvil. Ignorando a mi jefa a propósito, descolgué al primer tono y salí pitando hacia la entrada.
—Allegra, ¿estás aquí? —pregunté mientras corría hacia el ascensor.
—Sí. Baja cuando puedas.
—Ya voy. Dame un minuto.
Salí del ascensor y crucé el hall más rápido que Usain Bolt, recorriendo la zona con la mirada. No tenía claro a quién buscaba exactamente, así que mis ojos saltaron de un rostro a otro, descartando opciones mientras la impaciencia me arañaba el estómago.
Entonces, entre el ir y venir de desconocidos, la localicé.
Allí estaba Allegra, con una funda para trajes colgada en su brazo y mi vida entre sus manos.
Me sorprendió su apariencia: cabello rubio que caía en suaves ondas hasta sus hombros; ojos marrón avellana que irradiaban paz y bondad, y rasgos delicados que parecían esculpidos con ternura.
Esperaba a alguien más etéreo, casi celestial, pero Allegra tenía una humanidad de lo más común, salvo por esa elegancia silenciosa que pocas personas poseen, que no busca atención y, sin embargo, resulta imposible de ignorar.
Vestía un suéter de punto fino y vaqueros oscuros, combinados con mocasines impecables y unos discretos pendientes dorados. Sencilla, con ese aire pulido que hacía que hasta lo más casual pareciera planeado.
—Allegra, por favor, dime que lo has conseguido —supliqué con todas mis fuerzas.
—Mmm… Solucionado. Me costó lo suyo, pero aquí está.
—¡Te quiero! Espérame aquí, ¿vale? Vuelvo en un momento.
Subí como un rayo; esta vez llevaba deportivas y la motivación de la supervivencia como impulso extra. Logré colarme en el estudio de fotos sin que nadie reparara en mi presencia temblorosa, y colgué el vestido justo antes de que el estilista entrara.
«Uf…, por los pelos. ¡Toma, Universo, no me has pillado!», pensé, embriagada con la adrenalina de la victoria.
Como solía pasar, me arrepentí al segundo siguiente:
«Espera, ¿y si ahora la toma conmigo y empieza a mandarme más jugarretas como esta?».
—Universo, sin rencores, ¿de acuerdo? Lo dejamos en empate.
Hechas las paces con el cosmos, bajé corriendo para agradecerle a Allegra su invaluable ayuda.