Capítulo 8 El cliente siempre tiene la razón
Podía visualizar el salón de actos del edificio Wilson radiante bajo una decoración impecable para el gran acontecimiento.
Se rumoreaba que varias personalidades internacionales de la industria musical asistirían.
Durante días, en la oficina, todas las conversaciones giraban en torno al evento.
Las pausas para el café se alargaban más de la cuenta entre apuestas sobre posibles asistencias.
Era difícil concentrarse en cualquier otra cosa.
Me imaginaba desfilando por aquella sala abarrotada de egos. Entre ellos, el de Enzo, quien por primera vez en su vida se dio prisa para llegar puntual.
—¡Ava! ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Ven ya! —me gritó por teléfono.
—Pues no me distraigas más —repliqué, como si su llamada tuviera la culpa de mi retraso.
—Corre, te estás perdiendo lo mejor. Ya verás.
Y colgó. Solo para enviarme, segundos después, un selfi risueño en el que exhibía su estilismo con orgullo.
Intentar describir el modelito que lucía mi amigo aquella noche es una tarea ardua. No me hago responsable de lo que vuestra imaginación pueda concebir.
Para resumir, me centraré en la joya de la corona: la chaqueta.
Una pieza de un peculiar blanco roto, adornada con abalorios dorados distribuidos con precisión en hombros, bolsillos y puños.
Destellos de oro por todas partes, que, lejos de la discreción, le conferían un aire de miembro de la realeza británica.
Brillaba bajo las luces con un resplandor que atraía miradas, cumpliendo su propósito a la perfección: no pasar desapercibido.
Por lo que me contaron después, Enzo y los demás compañeros empezaron la velada charlando y bebiendo, anclados a la barra de bar. Mi querido amigo, siempre en su línea, intentaba aparentar calma mientras, en realidad, escaneaba la sala en busca de posibles objetivos.
Durante uno de sus barridos visuales, Sofía le sacó el tema de su desastrosa última entrevista, sin saber que le estaba sirviendo la excusa perfecta para que Enzo desplegara sus encantos.
No tardó en lanzarse a relatar lo sucedido, con su inconfundible dramatismo: mientras entrevistaba a la cantante Josephine Lawrence, un acosador había irrumpido con un arma afilada, amenazando con suicidarse si la artista no lo acompañaba.
Según Enzo, su reacción fue inmediata y heroica.
Se situó delante de ella en un abrir y cerrar de ojos, dispuesto a protegerla de cualquier amenaza.
Por suerte, la seguridad del hotel actuó con rapidez y todo quedó en un susto horroroso.
Por supuesto, no perdió la oportunidad de ornamentar la historia con gestos grandilocuentes, escenificando cómo había protegido su propio rostro en un acto reflejo digno de una película de acción.
Fue justo en una de esas demostraciones cuando alguien, por accidente, lo empujó por la espalda, provocando que su copa de vino tinto se derramara sobre el delantero de su impoluta chaqueta blanca.
Me imagino su reacción. Mis compañeros me dijeron que, sin perder un segundo, Enzo giró sobre sus talones y lanzó una retahíla de insultos, dignos de un marinero, contra el culpable.
No obstante, su furia se evaporó en cuanto sus ojos se encontraron ni más ni menos que con los de Dean Vernier, el famoso cantante ganador de dos Grammys.
Al parecer, el pobrecito Dean se había visto sorprendido por una fan descontrolada y, en su intento por escapar, terminó chocando con Enzo.
Aunque el rapero se disculpó por el incidente, también tuvo el detalle de reprocharle a mi amigo su falta de educación.
Enzo se quedó descompuesto… y sin traje.
Todo lo contrario a mí, que, espléndida y con licencia para brillar, preparaba mi entrada triunfal. No está bien que yo lo diga (o sí, da igual), pero tenía uno de esos días, con el guapo a máximos históricos y el Universo a mi favor.
El taxista me dejó en la puerta del edificio. Sí, llegaba con el reloj apretándome el cuello, pero poner a punto la hermosura lleva su tiempo.
Apenas puse un pie en el asfalto, la multitud se apartó como si siguiera una coreografía, y me deslicé por la alfombra de entrada con el paso firme de un ángel de Victoria’s Secret.
Enfundada en ese precioso vestido, con mis adorados tacones de tachuelas, desprendía una seguridad que bien podría haber iluminado la ciudad entera.
Ni en una película el momento hubiera sido más mágico.
Dentro, encontré a mis compañeros en el bar. Apartado del resto, hallé a un Enzo desolado, desplomado sobre una silla, con los codos en la mesa y la cara hundida entre las manos.
—¿Qué ocurre? —le pregunté, preocupada.
—Ava, ten cuidado con lo que pides —murmuró. Mantenía la mirada fija en el fondo de su vaso.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Has conocido a alguien?
Entonces yo aún no tenía idea de lo que había ocurrido, y Enzo tampoco parecía con ánimos de contármelo.
—Sí… no. No quiero hablar del tema. No preguntes, por favor.
A pesar de estar sumido en su agonía, se permitió una pausa para evaluarme de arriba abajo.
—¿Y esto? Estás increíble.
—Gracias. —Sonreí, consciente de que la mejor confirmación no venía de su boca, sino de la mirada envidiosa de Sofía.
Por muy tentador que me resultara deleitarme con mi triunfo estético, mi prioridad era Enzo. Lo conocía tan bien que sabía que la loca historia sobre mi vestido prestado le subiría el ánimo. Al fin y al cabo, no hay nada como reírse de otro tonto en peor situación.
Me acerqué a su oreja para que los demás no oyeran nada de mi pequeña aventura. Justo cuando estaba a punto de narrarle lo sucedido, uno de los organizadores del evento nos indicó que era hora de acceder al salón principal, donde la entrega de premios comenzaría en breves minutos.
Cogimos nuestras bebidas, la chaqueta moribunda de Enzo y nos dirigimos hacia allí.
Nos atrincheramos en las mesas altas del centro, la mejor ubicación del salón: a medio camino de todo lo emocionante y con el campo visual más extenso.
No queríamos perder la oportunidad de ver a todos esos famosos.
Aunque, para ser sincera, yo no podía apartar la vista del maldito escenario.
Los niños sufren pesadillas acerca de monstruos con garras largas y punzantes, pero en mi caso, esa criatura terrorífica estaba encarnada por un escenario malvado.
No se trataba de algo reciente; siempre había tenido un poco de miedo escénico.
Era capaz de cualquier cosa con tal de evitar la mirada juzgadora del resto del mundo.
Recuerdo que esa fobia extendía sus zarpas hasta situaciones que me hacían avergonzar: por mucho que me lo pidieran, nunca pude pronunciar el discurso en la boda de algún familiar o amigo; jamás iba sola a la barra o al lavabo de un bar por si a la vuelta no encontraba a mis amigas y todos pudieran ver mi cara de boba ahí sola, perdida entre la multitud; si asistía a una obra de teatro, me pasaba todo el tiempo incómoda por la simple posibilidad de que hicieran participar al público, e incluso esperaba a quedarme sola en la oficina para llamar a otros departamentos y evitar que todo el mundo pudiera oírme.
Buf, ya lo he soltado, qué alivio. Lo llevaba guardando mucho tiempo.
El problema era que cada vez que observaba aquel escenario, lo veía más grande, como si se expandiera: la pantalla, las luces, el atril, el micrófono… Todo parecía querer arrollarme de un momento a otro.
Solo la aparición del maestro de ceremonias entretuvo por unos minutos mis ganas de salir corriendo.
Había unas veinte categorías, por lo que estaríamos un buen rato viendo estatuillas plateadas por doquier.
El primer galardonado estaba tan contento que parecía subido a la tarima de una discoteca dando saltos de alegría; el segundo, más comedido, obtuvo una sonora ovación al compartir una emotiva historia sobre sus padres y el apoyo incondicional de estos; el tercero arrancó las carcajadas de todo el público con una divertida anécdota acerca de sus inicios, y así sucesivamente.
«¿Por qué nadie se pone nervioso? ¿Por qué parecen inmunes a los ochocientos ojos que se clavan en su cara?», me preguntaba, atónita. Con cada una de sus intervenciones, mi ansiedad crecía.
«No lo entiendo. Nadie se queda en blanco, nadie tropieza al subir, nadie tartamudea al hablar…
¿Voy a ser la primera en decepcionar al público?
». Mis manos sudaban a pesar del aire acondicionado, y un leve temblor traicionero se instaló en mis rodillas.
Mi mente anticipaba todas esas posibilidades desastrosas y quería huir corriendo antes de que yo misma lo hiciera.
—Ava, deja de beber. Sabes cómo te sienta. —Enzo apartó la copa de mis labios.
—Estoy nerviosa. No he preparado nada. No sabía que teníamos que hablar… ¿Qué digo?
—Di gracias, mujer. No es tan difícil.
—Será para ti —murmuré—. Es mi momento, es mi momento, es mi momento —me repetía como un mantra.
En medio de esa verborrea mental, llegó el turno de nuestra categoría. Los cinco elegidos para representar a la plataforma estábamos ansiosos por oír nuestro nombre. Bueno, más bien cuatro, porque yo sobrevivía como podía.
El premio lo presentaba Jeremy Abrains, un importante editor de la revista Rolling Stone . El Sr. Abrains empezó ponderando la importancia de los medios en la industria musical y su valiosa labor al acercar a los artistas a su público.
—… y muestra de ello es esta pequeña plataforma que, gracias a su pasión por la música, se ha convertido en un gran referente actual. Por este motivo, hoy queremos entregar este reconocimiento a…