U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 8 El cliente siempre tiene la razón #2
32%

Capítulo 8 El cliente siempre tiene la razón #2

Tan pronto como pronunció el nombre de la empresa, sentí un intenso placer, un orgasmo de amor propio que llenaba cualquier vacío; no era para menos: personas relevantes consideraban que habíamos hecho un buen trabajo.

Sin embargo, esa sensación fue el clímax más fugaz de mi vida.

La imagen de toda la clase de quinto riéndose de mí por decir «vulva» en vez de «vuelva» en la representación de final de curso provocó un coitus interruptus de lo más desagradable.

—Ava, venga, muévete —decía Enzo mientras me empujaba por detrás.

Sofía, que estaba delante, giró la cabeza hacia mí y en menos de un microsegundo se dio cuenta de la situación. Se acercó discreta y me susurró al oído:

—No hace falta que subas, Ava. Esto no es lo tuyo.

¿Y qué hice yo? ¿Queréis saberlo? ¿Creéis que me armé de valor y subí a recoger mi merecido premio? Habéis acertado: ni por asomo. Permanecí allí plantada, con la sonrisa congelada mientras ella y los demás se alejaban.

—No te preocupes, me quedo contigo —me consoló Enzo.

Los dos sabíamos que ese no era el motivo central de su oportuno gesto de amabilidad.

Estoy segura de que su orgullo le impedía salir en las fotografías sin americana y con la camisa salpicada de vino tinto.

Aunque ya me daba igual. No tenía ni el tiempo ni la energía para centrarme en él; bastante tenía con la batalla que se libraba dentro de mí: mi corazón quería saltar al escenario y mi mente, quedarse a resguardo.

¿Sabéis lo más triste de todo? Estaba tan acostumbrada a ignorar a ese corazón prisionero que no me costaba nada silenciarlo; lo había hecho un sinfín de veces. Ya llegará, me decía, todavía no estás preparada.

En definitiva, desaproveché una ocasión única, regalé el esfuerzo de meses de trabajo en un instante y, para colmo, casi me dejo las manos en carne viva por aplaudir desde la furia de la frustración.

Siendo un poco traviesa, os confieso que dejé de aplaudir en cuanto Sofía pisó el escenario. Me ponía de los nervios, con esa seguridad desbordante. La muy descarada derrochaba tal confianza que se abalanzó sobre el micrófono como si estuviera peleando en las rebajas de unos grandes almacenes.

«Dios, haz que le salga un escupitajo y todo el mundo se ría». Así de malvadas eran mis plegarias. Supongo que estas peticiones no son bien recibidas allá arriba, porque no me hicieron el menor caso. El estúpido monólogo de mi jefa estaba complaciendo a todos los asistentes.

Por cierto, yo pensaba que al menos mencionaría mi nombre al hablar de las mejoras en la plataforma, pero eso tampoco ocurrió:

—… todo el equipo ha trabajado muy duro para hacer realidad la visión que teníamos. Estamos realmente contentos con la acogida que nos ha dado nuestra comunidad, sin ellos no…

Se detuvo un instante, con la mirada fija en la puerta derecha del salón. A continuación, esbozó una tímida sonrisa y prosiguió con su discurso.

—¿Y eso? —Enzo levantó las cejas.

Los dos nos giramos, ansiosos por descubrir qué había hecho sonreír a nuestra imperturbable y gélida jefa.

—¡¿David?! —exclamé a pleno pulmón.

Lo escuchó hasta el guardia de seguridad del parking . Mi grito hizo que mi ex y todo el salón me localizaran al instante. Cuando él reparó en mí, bueno, tendríais que haber visto su cara; estaba petrificado de la emoción.

—¡La leche, Enzo! Funciona. Primero el vestido y ahora, David.

—Ajá —asintió mi amigo, con cara de funeral al recordar cómo su pedido también se había materializado.

David y yo nos quedamos mirándonos, incrédulos de que aquello estuviera sucediendo de verdad.

Esperé unos segundos para que se acercara a saludarme, pero estaba paralizado, incapaz de dar un solo paso.

Decidí salir a su encuentro; sin embargo, cuando estaba a solo unos metros, una mano apareció en escena, le giró el rostro y rompió nuestro contacto visual.

Acto seguido, tuve que presenciar cómo alguien le plantaba un beso de improviso.

Sí, ¡enhorabuena! Sois más listos que yo.

«¿Cómo puede ser? Se suponía que pronto estaríamos juntos, que viviríamos felices para siempre… Y ya está con otra; con otra, no, ¡con mi jefa!», se lamentaba mi pobre corazón.

Demasiadas ilusiones derribadas por una mísera imagen. Solo deseaba huir de ese infierno y confinar los recuerdos a algún lugar inaccesible.

Corrí tan rápido como pude, deseando dejar todo atrás y enterrarlo en el olvido para siempre.

Sin embargo, David reaccionó al instante y echó a correr detrás de mí, gritando mi nombre.

A pesar de mi empeño por alejarme de él, los tacones altos y mis pulmones oxidados me recordaron que no estaba hecha para las fugas dramáticas.

De hecho, fue humillante: me alcanzó antes de que pudiera poner un pie fuera del edificio.

David me agarró por el brazo y quedamos cara a cara.

No hacía falta hablar para entender que algo se había roto, pero yo necesitaba respuestas.

Me quedé esperando, como siempre, buscando razones lógicas a la situación, pero nada salía de sus labios.

El muy idiota solo me miraba con cara de desconcierto.

—¿En serio, David? Después de todo lo que me he esforzado por lo nuestro… No lo tenías claro, ¿eh? ¡Embustero!

—Yo no… no sabía que estarías aquí.

—¿Esa es tu excusa? Qué tonta he sido. ¡Dios, mi madre tenía razón!

Vale, no fue la mejor contestación para una adulta de treinta y pocos, está bien, pero fue la que me nació.

Mi mayor temor se había hecho realidad. Yo no había estado a la altura.

Mi novio perfecto había encontrado a su chica perfecta, una que sabía dar discursos espectaculares. Mi profecía se había cumplido.

David continuaba con el rostro desencajado y sin soltar palabra. Al final, su silencio dolió más que cualquier justificación, de modo que le di la espalda a la desilusión y cogí el primer taxi que pasó.

Os lo digo: hubiese sido mejor quedarme allí viendo la cara de atontado de mi ex. Huir no fue la mejor solución. En vez de liberarme del infierno, me encarcelé en un lugar peor.

«Es que te lo mereces. No has hecho lo suficiente.

Si aquel viernes por la noche hubieses ido con él, a lo mejor esto no hubiese pasado…

». Como de costumbre, la vocecita sibilina empezó con su maltrato retorcido y silencioso.

La muy hipócrita aprovechó ese momento para recriminarme por cada uno de los episodios en los que, a su modo de ver, yo no había actuado como se esperaba de una buena novia.

Cada imagen que mi memoria recuperaba era como un puñetazo en el estómago.

Lo único que consiguió detener aquel soliloquio dañino fue la llegada a casa. Contemplar mi edificio desde la ventana del taxi me infundió el alivio que necesitaba. Suponía el punto de partida para una noche llena de distracciones escogidas con un solo propósito: mantener a raya el sufrimiento.