Capítulo 7 De tu mente al plato #3
Asomé la cabeza con timidez por el único acceso posible al interior.
Lejos de la pulcritud del resto del estudio, aquel espacio blindado todavía conservaba el aroma a frustración: algodones manchados de maquillaje en los sitios más extraños, envoltorios de barritas energéticas y otros desechos raros abandonados por ahí.
Y lo más espeluznante: tiras deshilachadas de tela rosa esparcidas por el suelo.
Aquello era cuanto quedaba tras la encarnizada lucha entre el estilista y la talla treinta y ocho.
Lo habían conseguido: ya no podía salir de allí sin conocer a los vencedores de la batalla.
Me adentré un poco más, con sumo cuidado de no tocar nada de la escena del crimen; no quería dejar huellas de mi intromisión.
Sin embargo, a pesar de la «delicadeza» de mis movimientos, ¡bum!
Al tercer paso, me llevé por delante un bote de laca vacío que arruinó cualquier expectativa de sigilo.
Aún estoy de luto: ese sobresalto provocó la aniquilación instantánea de mis mejores neuronas. Pobrecitas, os echaré de menos.
«Ava, tranquila, nadie se ha dado cuenta. Coloca el estúpido bote donde estaba y acaba con esto de una vez».
Eso intentaba. Giré hacia la derecha tras una pequeña columna y allí, al fondo, divisé una colección de vestidos que permanecían impasibles en un elegante perchero; todos rosas, por supuesto.
Parecían una exposición de extravagancia teñida de fucsia: hombreras altas hasta las cejas, mangas abullonadas ideales para esconder hasta un saco de dormir y aberturas en lugares que no se acostumbran a dejar al aire; demasiado atrevimiento para mi acobardado gusto.
No obstante, escondida entre tanta pompa, descubrí una pieza espectacular, no por sus curvas imposibles, sino por su sencillez y corte magistral.
Recuerdo pensar que las costuras debían de sentar como un guante, todas en su sitio.
Aquel diseño se antojaba el envoltorio perfecto para una figura curvilínea como la mía.
«Espera un momento», pensé, y mi corazón dio un salto tan brusco que casi lo sentí en la garganta.
Ava Cósmica: ¿Podría ser este mi pedido? ¿De verdad lo he manifestado?
Ava Terrenal: ¡No! No puede ser. ¡Qué va!
Ava Cósmica: A lo mejor sí… ¡¿Y si lo es?! ¿Cómo puedo saberlo?
Entré en colapso mental. ¿Cómo narices podía saber si mi paquete había llegado?
Ava Terrenal: No creerías que te iba a llegar con un lazo y una tarjeta de parte del Universo… ¡No seas boba, Ava!
Ava Cósmica: Y entonces, ¿qué hago?
Ava Terrenal: ¡Y yo qué sé! Samuel no dijo nada de esto.
Ava Cósmica: Pues gracias.
Ava Terrenal: Pues de nada.
Ya lo veis, así estaba, jugando a las adivinanzas conmigo misma sin tener ni la más remota idea de la respuesta; a decir verdad, me parecía totalmente arbitraria.
—Oh, Dios mío, ¿no hay nadie que me pueda echar una ayudita con esto?
Y entonces, en medio del silencio de la incertidumbre, distinguí una atractiva voz masculina por el hilo musical del estudio: … It’s my life, it’s now or never, I ain’t gonna live forever…
No era Dios, pero por poco. El mismísimo Bon Jovi aparecía para decirme que no iba a vivir para siempre, que era ahora o nunca. Y llamadme cobarde, pero no me atrevía a contravenir su autoridad. Si él me decía que había llegado el momento de arriesgarse, debía considerarlo seriamente.
Sabéis de sobra que llegar a un consenso con uno mismo puede ser muy complicado.
Sin embargo, aquel día, algo más intenso que la indecisión me animaba a dar un paso al frente.
Sentía que ese momento no era fruto de una simple casualidad.
Sabía que esa encrucijada era importante para mí.
Había algo en el ambiente que la hacía especial y poderosa.
A lo mejor fue la voz de Bon Jovi, una sincronicidad del Universo o mi instinto natural el que me guiaba. No lo sé. La cuestión es que no tenía mucho tiempo para decidirme y que la respuesta lo cambiaría todo.
¿Podía desaprovechar la oportunidad que me estaban ofreciendo?
Sí, claro. Hubiese sido lo más sensato.
¿Qué hice?
Lo contrario. Ignoré las advertencias de mi mente y decidí que esa melodía sería una señal del Universo.
«Venga, Ava, aquí tienes tu regalo de bienvenida. Sé agradecida y acéptalo».
La idea era una locura, pero resultaba extrañamente lógica.
Solo tenía que llevarme el vestido, acudir a la gala ese fin de semana y devolverlo el lunes temprano.
Nadie notaría su ausencia. Los que pertenecen al mundo de la farándula no son madrugadores.
Y además, Rose partía ese mismo sábado para actuar en su gira europea, y a excepción de la artista, el estilista histérico y yo, nadie le había prestado mucha atención a ese muestrario monocromático de vestidos alquilados.
Todo encajaba como las piezas de un puzle perfecto.
Sí, justo como yo lo había pactado con el Universo: al precio de una comida, igual que la lasaña de mi madre.
Gratis, pero con una condición… ¿Cuál?, os preguntaréis.
Pues lidiar con la voz insidiosa de mi madre recordándome que el táper no era un regalo y que debería devolverlo cuanto antes.
Ese murmullo en mi cabeza era un pequeño peaje a cambio de una noche inolvidable. Un trato más que justo por llevar un vestido de ensueño.
Y allí, frente al perchero, me di cuenta de que podía ser cierto. Por primera vez en mi vida, había manifestado algo a voluntad. Ya no era una intrusa, sino que formaba parte de ese grupo exclusivo capaz de transformar la realidad a su antojo.
¡Había recibido mi primer pedido!