U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 7 De tu mente al plato #2
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Capítulo 7 De tu mente al plato #2

Por si desconocéis esta expresión tan específica, os pondré un ejemplo para que lo entendáis enseguida.

Situación: se juega el derbi más esperado del año y alguien —tu pareja, tu amiga o un completo desconocido en un bar— está de los nervios porque su equipo va perdiendo por un gol en contra.

En el último minuto, y en una jugada espectacular del delantero estrella, se obra el milagro: su equipo marca un gol imposible que lo cambia todo.

Primero, esa persona se queda en shock , con los ojos como platos porque no se lo puede creer, y después, empieza a gritar de alegría como un niño en Navidad.

Pues eso, sorpresa y alegría, «sor-alegría», y es la mejor reacción que puedes provocar.

Como podéis intuir, a partir de ahí me olvidaba del vestido, de la gala y del mundo exterior. Justo cuando David me confesaba que había sido un tonto y que no podía vivir sin mí, mi madre decidió llamarme.

—Ava, cariño, ¿has mirado ya el sobre amarillo que te dejé en la entrada? Es para el abuelo. Necesito que escojas una foto especial para el álbum de su noventa cumpleaños.

—Lo sé, mamá. Luego lo miro.

—Con lo triste que anda últimamente… a ver si con esto conseguimos sacarle una sonrisa. —Suspiró suavemente antes de continuar—: Y, por favor, que no te cueste tanto como a tu tía Emma, que lleva días descartando fotos por culpa de su «nariz de antes».

—Tranquila. La ventaja de no haber pasado por el quirófano es que mis fotos solo pueden empeorar con los años, así que no tardaré nada en elegir —aseguré, deseando zanjar la conversación.

—En serio, Ava. No esperes a última hora. Recuerda lo que pasó en Navidad.

Cómo olvidarlo. Me lo recuerdan en cada evento familiar.

Bastó un insignificante olvido con respecto al postre y una improvisación a la desesperada para crear un trauma colectivo.

De acuerdo, puede que aquel flan no llegase a ser lo que tenía en mente, pero seguro que en algún lugar del mundo alguien adora la sopa dulce.

—Que sí, mamá. Sabes lo importante que es el abuelo para mí.

—Perfecto. Y hablando de cosas importantes: ¿no crees que deberías hacer algo para arreglar las cosas con David? Cuanto más tiempo dejes pasar, peor será… Ya sabes cómo son los hombres.

—No te preocupes por nada. Estoy aprendiendo a utilizar técnicas ancestrales muy poderosas, con el primordial y único objetivo de recuperar a mi hombre.

No, no, tranquilos; sé que le hubiese dado un ataque al corazón. Obvié esa parte, asentí como siempre e intenté cambiar de tema.

—Ya lo sé… Oye, mamá, ¿cómo se llamaba esa película que te gustó tanto? Me encantaría verla.

Por lo general, funcionaba. Era la opción más efectiva para desviar la atención de mis errores con el sexo opuesto. Pero ese día nada iba como tenía que ir:

—Uy, no lo recuerdo, pero olvida eso ahora. Es mejor que no te distraigas con películas y te centres en solucionar lo que realmente importa.

Sí, se las ingenió para reprocharme otra vez mi falta de determinación con David. ¡A mí! Que estaba haciendo lo imposible, aunque inconfesable, para volver a su lado.

—Te lo digo por tu bien, cariño. Sé de lo que hablo.

Algo tienen las palabras de una madre que te empujan por mucho que te resistas. De hecho, miré la hora, cogí el libro de la mesa y me dirigí al gimnasio para encontrarme con él.

Vale, está bien: y de paso, para demostrarle a mi madre que estaba equivocada. Es verdad, eso era incluso más importante.

Llegué a las seis menos diez, con tiempo suficiente para bajar el volumen del teléfono y analizar la mejor estrategia de reencuentro: fría y distante, como si nada hubiera pasado, o amable y cariñosa.

Sin embargo, la paciencia no es una de mis mayores virtudes.

«¡A la porra! Sin tácticas. Ya veremos cuando lo tenga delante».

Empezaron a salir los de su clase, un despliegue de esculturas perfectas que ni en la antigua Grecia; pero ni rastro de David.

Esperé más de un cuarto de hora en la soledad de la gélida acera, sin recibir señales de mi ex.

Unos minutos más, y mi dignidad residual corría el peligro de extinguirse por completo.

No podía seguir esperando, así que le envié un mensaje claro y directo:

«David, te he traído el libro. ¿Sales?».

Al cabo de unos minutos:

«Ava, al final no he ido al gimnasio, tendrías que haberme avisado».

Advertencia para los más sensibles: tapaos los oídos.

—¡Me cago en todooo! Tú, el de arriba, el que se cree director de orquesta: te voy a meter la batuta por el sitio que más duele.

Esa escena mental en la que yo torturaba al destino fue lo único que me ofreció un poco de alivio. Jamás habría imaginado algo así: David saltándose el gimnasio. Nunca lo había visto. Ni una sola vez, ni siquiera por un catarro fuerte.

Era hora de rendirse a la evidencia. En vista del éxito, decidí abandonar para siempre cualquier método tradicional que se me ocurriera. Por el bien de mi salud mental, decreté el estado de emergencia: cero iniciativas relacionadas con mi ex.

A partir de ese momento, me dedicaría a trabajar, a socializar con mis amigos y a llevar una doble vida, siguiendo en secreto, y al dedillo, los pasos del curso. Punto.

Fui drástica, lo sé, pero no pude estar más satisfecha con mi decisión. Desde que opté por ignorar las pésimas sugerencias de mi cabeza y hacer lo posible para no desviarme del plan trazado, los días transcurrían de forma plácida. Sin sobresaltos ni zascas inesperados, todo fluía.

Me volqué en las recomendaciones de Samuel como la alumna más aplicada del curso, entregándome a las visualizaciones diarias con devoción. Ese era el único momento del día en el que David tenía permiso para hacer acto de presencia, una breve tregua donde le daba un voto de fe al Universo.

Nada de dudas ni escepticismo; asistía a mi cita cósmica puntual y con la mejor actitud posible.

Ese saber estar duró hasta aquel alocado viernes. Las jornadas en que se llevaban a cabo sesiones de fotos en el estudio trastocaban mi rutina, y eso me encantaba. El descontrol frenético, los nervios en el ambiente… eran el contrapunto perfecto para mi aburrido y monótono trabajo.

Durante esos días, no nos permitían merodear por allí para curiosear; solo unos pocos elegidos podían ser testigos de la acción. Por suerte, mi colega Alex, el ayudante de fotógrafo, me colaba en las sesiones siempre que podía.

—Ava, el programa de edición de fotos vuelve a hacer de las suyas, ¿podrías venir, por favor?

—Sí, claro —contesté mientras mi niña interior hacía piruetas absurdas.

Ese día, el estudio estaba precioso. Los responsables de la sesión se habían esmerado porque la fotografiada era nada menos que Rose, la cantante revelación del año.

Toda la decoración giraba en torno a su sello personal: el rosa.

Unas telas fucsias colgaban del techo, y había pétalos del mismo color por todo el suelo. Una escena impresionante.

Varias personas ajustaban los últimos detalles del set conforme el fotógrafo revisaba que todo estuviera perfecto. Alex y yo, arrinconados en la mesa del equipo digital, nos encargábamos de revisar el «problema» informático que había surgido de improviso.

En medio de aquel maravilloso caos, un chico joven salió alborotado de detrás de un biombo mientras murmuraba y se tiraba de los pelos.

—No me lo puedo creer… ¡No me lo puedo creer! —repetía, ofuscado.

Se acercó al fotógrafo y empezó a gesticular de manera brusca, para después volver a desaparecer tras el biombo, como un huracán. Alex fue a interesarse por lo que ocurría y regresó con una expresión que no presagiaba nada bueno.

—¿Y bien? —le pregunté, expectante.

—Parece que Rose ha subido de peso en las últimas semanas y no avisó al estilista. Nada le queda bien, ni siquiera la diadema.

Deduje que el estilista era el chico que andaba arrancándose la cabellera.

—¿En serio? ¿Y qué pasará ahora? —Crucé los brazos, con un ligero arqueamiento de ceja.

—No sé, mi jefe no le ha dado importancia. Dice que este estilista es un exagerado.

—Ah, vale —contesté, aliviada.

Empezaba a relajarme cuando Alex me hizo una señal de alerta con los ojos.

—Sssh… Que viene, disimula.

Empecé a tocar botones frenéticamente, esperando no causar un desastre.

—Alex, prepara el otro proyector de luz, quiero probar una cosa —ordenó el fotógrafo, lanzando una mirada rápida a la escena.

—Enseguida —le respondió Alex, profesional.

Pero antes de que pudiera ir, el cada vez más pálido y calvo estilista reapareció de la nada.

—Nos movemos. No puedo trabajar con lo que tengo aquí —anunció con un gesto de desdén.

—Oye, no te precipites. Ya te he dicho que nos las arreglaremos. —El fotógrafo intentó hacerlo entrar en razón.

—Que no, que no.

—Piénsalo bien, ¿has visto cómo está quedando el decorado? —insistió, señalando la escena.

—¿El decorado? Tampoco me convence. Cambiaremos el concepto.

—¿Cómo? A Rose no le gustará.

—Ya he hablado con ella y está de acuerdo.

Y se giró para chillarle a otro empleado que andaba por ahí.

—¡Lucas! Vendré a recoger los trajes el lunes.

Acto seguido, volvió a desaparecer, como Houdini.

—¡Maldita sea! Alex, ya has oído —exclamó el fotógrafo, y se alejó malhumorado.

—¿Qué pasa? —le pregunté a Alex, preocupada.

—Supongo que nos vamos a casa de Rose.

—¡Mierda! Qué suerte la mía, para un día que hay diversión… —comenté, apenada.

En un instante, lo que parecía el patio de una escuela quedó desierto; no dejaron ni un pétalo en el suelo. Se esfumaron tan rápido que ni siquiera pude atisbar a Rose, la cual se escabulló como un relámpago en medio de la confusión.

Lo único que quedaba en el solitario estudio, en una esquina apartada, era el biombo, que parecía llamarme.

Los que albergáis cierta predisposición por saber, o dicho de otra manera, los que tenéis una curiosidad enfermiza por fisgonear, como yo, sabréis que no hay escapatoria cuando algo te atrae de forma desafiante.

Y os lo prometo: ese descarado biombo reclamaba mi atención.