U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 7 De tu mente al plato
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Capítulo 7 De tu mente al plato

Con el corazón en pausa, seguí leyendo:

«Esta semana lo tengo complicado para quedar, pero si pasas por el gimnasio, allí me lo guardarán hasta que vaya».

¿perdón? ¿cómo? ¿qué? O sea, ¿no se le había muerto nadie, ni tenía un amigo moribundo en el hospital, ni una crisis existencial que requiriera su atención? ¿Nada? El muy desgraciado se había distraído y ¿ya está? Y encima pretendía quedarse el libro, sin más.

Ah, no, ¡por ahí sí que no!

Cuanto más desprecio sentía yo, mayor era la necesidad de recuperar mi autoestima. No iba a tolerar que me tratase así.

«David, creo que merezco más respeto», escribí, sin filtro para la cordura, esperando que entendiera cuánto me había herido.

Notaba mi corazón retumbando hasta en las cejas.

Tras unos segundos eternos, apareció su respuesta:

«Perdona, Ava, no era mi intención. Es que voy muy liado. Si quieres, nos vemos al salir del gimnasio».

No me iba a camelar tan rápido.

«No sé si podré esta tarde, luego te aviso».

Así, a secas. Sin emoticonos, sin puntos suspensivos, sin concesiones. La mejor muestra de frialdad que se me ocurrió.

Uggg… Estaba harta de depender de los demás para ser feliz.

«Más le vale a esta ley traerme de vuelta mi anhelada y preciosa vida anterior o alguien lo va a pagar caro».

Odiaba quedarme de manos cruzadas esperando a que los demás dieran el paso.

Detestaba ser la víctima desvalida; prefería el papel de superheroína del que tanto hablaba Samuel.

Ella no permanecía inmóvil esperando los acontecimientos; los creaba, los invitaba, los atraía a su vida como el Black Friday atrae a los compradores compulsivos.

Sin pensarlo más, fui directa al escritorio y rebusqué entre mis apuntes el apartado que necesitaba para empezar: «Pasos para manifestar tu deseo».

Definir con claridad aquello que quieres manifestar.

Hecho.

Deseaba un atuendo que robara miradas en la entrega de premios. De esos que detienen conversaciones y hacen girar cabezas. No cualquier cosa, no. Un vestido que hablara de triunfo y, con toda la sutileza del mundo, murmurara: «Mira lo que te estás perdiendo, David».

Visualizarte como si ya hubieras obtenido lo que deseas.

Fácil. Había vivido más historias ficticias en mi mente que experiencias reales podía recordar.

Ese rincón exclusivo, con derecho de admisión restringido, era mi refugio favorito.

Allí podía experimentar lo que me diera la gana: ser una cantante famosa que arrasaba en el intermedio de la Super Bowl o la protagonista de escenas apasionadas en las que un hombre fascinante y cautivador me prometía amor eterno.

Lo cierto es que solo hubo una época en la que abandoné aquel paraíso imaginario: cuando conocí a David.

Durante el tiempo que estuvimos juntos, no necesitaba evadirme a ningún lado para sentirme viva; la realidad me bastaba.

Pero las cosas cambian, y ahí estaba yo, engrasando aquella habilidad oxidada para visualizar cómo me vestiría.

Irónico, puesto que lo mío siempre había sido justo lo contrario.

De tu mente al plato

Como ya te habrás dado cuenta, el servicio de U-Delivery funciona al revés de lo habitual.

Primero, te pide confianza, y después, te invita a saborear tu pedido antes de que llegue.

Sí, has oído bien: imagina el aroma, la textura, los colores, el sabor, incluso con quién lo disfrutas y cómo te sientes después.

Cuanto más vívida sea la escena, más pistas tendrá la cocina para prepararlo.

No es tan complicado, te lo demuestro:

Cierra los ojos e imagina que sacas un limón fresco de la nevera. Lo acercas a tu nariz y percibes su fragancia. Tomas un cuchillo, lo cortas y observas su pulpa brillante. Exprimes unas gotas en tu boca. ¿Notas cómo reacciona tu saliva?

Tu cerebro no distingue entre lo real y lo imaginado; procesa ambas cosas de la misma manera. Pero aquí está el truco: la receta perfecta para visualizar consiste en unir imágenes, emociones y presencia interna. Mente, cuerpo y corazón.

No se trata de proyectar una escena desde fuera, sino de habitarla desde dentro. De permitirte estar ahí, con todos tus sentidos, como si ya formaras parte de ese instante.

Mientras saboreas el pedido en tu mente y conectas con la emoción que te provoca tenerlo, tu cuerpo comienza a sentirse a salvo degustando ese plato que antes habrías rechazado sin pensarlo.

Como esos erizos de mar que no te atrevías a probar: al primer bocado, dudas…

pero si te permites paladearlos, descubres matices que te encantan, y en esa familiaridad inesperada, el cuerpo se relaja.

Y cuando eso ocurre, el resto empieza a colaborar: la mente se afina, el corazón acompaña y tus actos fluyen hacia aquello que ya puedes percibir, como si un aroma irresistible te guiara.

Piensa en tu delicioso plato… y deja que esa visión te inspire.

¿Sabes cuándo enciende el chef los fogones? Cuando puedes revivir el instante en que solo quedan restos en el plato que acabas de disfrutar. En ese momento, tu pedido ya está cocinándose con mimo.

Obedeciendo a mi personalidad disciplinada y previsora, me preparé a conciencia para mi momento de visualización de «voy a cruzar la puerta y vais a alucinar con mi impresionante vestido»: postura cómoda en el sofá, respiraciones profundas, cascos puestos y música en bucle.

Escogí la canción Single ladies ; me pareció el complemento perfecto.

Modo on . Primero me imaginé frente al espejo del baño, dándole los últimos retoques a mi maquillaje y peinado.

Ni con mil tutoriales de internet lograría una transformación tan radical, pero esa es otra historia.

Con mi apariencia digna de alfombra roja, me dirigía a la habitación, donde me esperaba el vestido perfecto, estirado sobre la cama como una obra de arte.

Admiraba cada pespunte como si fuera un cuadro de Van Gogh. Su color intenso resplandecía con un brillo satinado y vibrante que lo hacía destacar entre la decoración del dormitorio. Allí, reposando sin esfuerzo, ya me tenía enamorada.

Me acercaba con lentitud para acariciar sus sofisticados tirantes entre mis dedos.

La perfección de sus líneas limpias aportaba un matiz de delicadeza que realzaba con maestría mi figura.

Lo tomaba por la estrecha cintura, comprobando cómo se ajustaba a mi contorno.

Al ponérmelo, el suave roce del tejido contra mi piel emitía un ligero susurro, como el soplo de una brisa veraniega.

Si respiraba hondo, aún podía sentir el delicado aroma a frescura de las tiendas caras.

El movimiento fluido de la falda lo convertía en una extensión de mí.

Y después de ensayar un baile en solitario, me sentaba con cautela en la esquina de la cama.

Con distinción, me inclinaba hacia el frente para encontrarme con unos zapatos de tacón intimidante.

Sin lugar a dudas, esos zapatos me guiarían con determinación y elegancia a mi destino.

Su suela golpeaba con suavidad el parqué, marcando el ritmo de mi caminar con una melodía sutil pero poderosa.

Al llegar al lavabo, con un ademán preciso, destapaba el frasco de mi perfume favorito. Y deslizándolo hasta la curva del cuello, depositaba un velo perfumado, como un beso suave y tentador. Luego, continuaba por mis muñecas, dejando una estela tras cada movimiento.

Seguía mi camino hasta la entrada y me detenía frente al espejo, donde la luz tenue resaltaba mi silueta. Os prometo que el brillo de felicidad en mis ojos podría haber cegado a cualquiera.

A continuación, salía de casa simulando que el pasillo era la pasarela de la Fashion Week de Milán y pulsaba el botón del ascensor para que viniera en mi busca.

No, esperad, esperad; lo mejoré. Antes de llegar al ascensor, pasaba por delante de la puerta de mis molestos vecinos, que por alguna razón incomprensible tenían abierta, y se quedaban atónitos al verme caminar con tanto glamur (Ava: 1 — Vecinos: 0).

Ahora sí, ya en la calle, llamaba a un taxi al estilo neoyorquino y, cómo no, el taxista, embobado, paraba enseguida para llevarme a la entrega de premios.

«Casualmente», en la radio del vehículo sonaba la misma canción de Beyoncé, y el conductor, sincronizado conmigo, subía el volumen hasta convertir el coche en una discoteca rodante.

¡Qué emoción! Cada vez me metía más en el papel. Al principio, solo movía los hombros al compás de la música, pero al poco rato ya estaba dándolo todo con una coreografía digna de un videoclip, haciendo ondear cada extremidad de mi cuerpo y cantando a pleno pulmón.

—… If you liked it then you shoulda put a ring on it… oh, oh, oh, oh … ¡Aaah!

¡Qué dolor! En uno de mis enérgicos pasos a ciegas, choqué con la esquina de la mesa del comedor.

Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Y no por el daño físico.

Al pegarme el tortazo y abrir los ojos, descubrí al novio cachas de mi vecina en su balcón, observando con cara de desconcierto mi ridícula performance .

—¡Jod…! Pero ¿qué…? —exclamé, cerrando las cortinas a la velocidad de la luz.

La inquietante estampa de la cara de mi vecino alucinando todavía me persigue por las noches. Hoy en día no puedo escuchar a esa reina del pop sin que mis intestinos quieran abandonarme.

Continuemos, por favor; no quiero incidir más en esta secuencia.

Volví al sofá, cambié la canción e intenté retomar la visualización donde la había dejado. Me costó entrar de nuevo en ese estado de diosa encarnada, pero conseguí volver al taxi que me llevaba a la entrega de premios.

De repente, y sin venir a cuento, David se coló en mi recreación.

Resulta que el taxista, muy servicial el hombre, paraba al verlo en el arcén, y David, que no sabía que yo iba allí, subía al coche vestido con el traje azul marino que tanto me gustaba.

En cuanto se percataba de mi irresistible presencia, sus ojos y su sonrisa estallaban en una flagrante «sor-alegría».