Capítulo 6 Tu valoración es lo que más nos importa #2
¿Qué hacemos primero? Estudiar las reseñas, por supuesto.
Queremos confianza, buenas referencias. Es lo lógico, ¿verdad?
Pues aquí viene la primera sorpresa: el apartado de valoraciones de U-Delivery está vacío.
No encontrarás estrellas ni comentarios.
A esta empresa no le gustan las comparaciones ni las envidias.
Para ellos, cada cliente es único, y cada pedido, irrepetible.
Eso sí, garantizan algo: nunca fallan. Tarde o temprano, tu pedido llega.
Ni la meteorología ni el tráfico podrán detenerlos.
Sin embargo, aquí viene lo curioso: en U-Delivery, lo que pides suele llegar de forma más fluida cuando lo haces con convicción, no con duda.
El servicio, de algún modo, refleja la seguridad con que lo has solicitado.
Quédate con esta idea, porque es importante.
Lo entenderás mejor si lo piensas al revés.
Imagina que haces tu pedido y el repartidor te responde: «Intentaré que lo reciba algún día, aunque no creo que usted lo aprecie».
Ridículo, ¿no? Ahora imagina lo contrario: «Estamos encantados de tenerle como cliente prioritario.
Nos entusiasma cumplir sus deseos». La diferencia es enorme.
En U-Delivery no hace falta cruzar los dedos. Cinco estrellas salidas del corazón bastan para que el chef exclame un sonoro: «Oído cocina».
Precioso, ¿verdad? Pero ¿cómo iba yo a sentir eso de entrada? Era programadora, señores; mi mundo se basaba en secuencias de ceros y unos, donde solo tenían cabida resoluciones lógicas y pruebas verificadas. Ni con un calzador gigante podría meter semejante unicornio en medio de tanto código.
Me habían enseñado que la confianza hay que ganársela, y ahora pretendían que la regalara sin más.
Es verdad que, después de todo lo que había escuchado, estaba abierta a la posibilidad de que aquello funcionara, pero de ahí a creerlo con firmeza había un abismo.
Aunque… sssh… os contaré una teoría. Es mía, eh, no se la he oído a nadie más y no está contrastada, pero si no la comparto, reviento. Ahí va.
Creo que al principio es suficiente con mostrarse receptivo, dejar la puerta entreabierta por si el repartidor aparece.
Veréis, al hacer el primer pedido, como eres un cliente nuevo, el Universo te ofrece una bonificación y te entrega el encargo sin gastos de envío.
Así, sin más; todo parece fácil y sin complicaciones.
Pero claro, después las condiciones pueden cambiar.
A veces el precio sube, otras no, aunque de una forma u otra, siempre hay que poner algo de nuestra parte para que llamen a la puerta. Más tarde lo entenderéis.
En conclusión, desde mi punto de vista, es una extraordinaria estrategia de marketing . Te enganchan con el primer pedido y, después, ya no hay vuelta atrás. Muy inteligente, hay que reconocerlo.
En fin, después de esta hipótesis de cosecha propia —a la que, por favor, os pido que no prestéis demasiada atención—, podemos continuar.
Como os iba diciendo, la confianza que albergaba en mi poder de manifestación era más frágil que un avión de papel en un vendaval.
Samuel nos había insistido en que la clave para materializar deseos era mantener la calma, esa sensación interna de que todo va bien incluso antes de tener pruebas.
Sonaba convincente, pero cuando tu mente está acostumbrada a sembrar el caos en cada pensamiento, alcanzar esa serenidad no era tan sencillo.
En mi caso, encontrar un plan B que me brindara cierta paz antes del evento se volvió una necesidad.
Pido perdón de antemano por la falta de originalidad y glamur, pero la alternativa más excitante que se me ocurrió fue rebuscar entre las prendas de mi esquelético armario. A practicidad, no me ganaba nadie.
Abrí de par en par las puertas del ropero y empecé a lanzar sobre la cama todo lo que podría funcionar.
Después de una hora sacando ropa de las cajas de «por si acaso», la situación no pintaba nada bien.
Dejando a un lado unas cuantas piezas, como la diminuta falda que me había puesto para impresionar a David, cualquiera diría que mi armario pertenecía a una punki jubilada: tachuelas por todas partes y prendas insulsas dignas de una señora de la tercera edad.
Sin ofender a nadie, ya sabéis a lo que me refiero.
Lo de las tachuelas tenía explicación: eran mi debilidad, y además, equilibraban el aburrimiento de mi vestuario. Para la jubilada, no, no tenía justificación, excusa ni perdón.
Siempre me pasaba lo mismo: cuando iba de tiendas, me enamoraba de vestidos, faldas y tops atrevidos y espectaculares, pero al final siempre acababa comprando lo cómodo y discreto.
Y si por algún casual me asaltaba un arrebato de valentía y osaba comprarlos, acababan abandonados en el fondo del armario durante años, hasta que los regalaba a mis amigas más decididas.
Así que, como era de esperar, terminé escogiendo una vez más el vestido que había lucido en el vigésimo cumpleaños de mi amiga Amanda. Lo siento, Enzo.
Aquella fue una celebración por todo lo alto: acróbatas colgados del techo, un cóctel bar inspirado en El gran Gatsby y una violinista tocando sobre una pasarela de cristal iluminada. Así era Amanda, histriónica por naturaleza, aunque, con su cuenta bancaria, soñar a lo grande era casi obligatorio.
Entre el regalo y el vestido, pasé unos meses de auténtico agobio; todavía era estudiante y mi trabajo de tardes en la tienda de ropa apenas me daba para cubrir gastos. Pero cada céntimo valió la pena: ese vestido me había salvado tantas veces que ya estaba más que amortizado.
Mientras recogía el huracán textil que había desatado, la notificación de un mensaje sonó asfixiada entre la montaña de faldas. Dos opciones rondaban mi cabeza:
Comprobar si se trataba de otra propaganda absurda.
Ignorar el aviso y seguir con la «grata» tarea de organizar mi armario.
Como persona de principios que soy, hacer feliz a la compañía de electricidad de turno se me antojó claramente prioritario.
Dejé todo, como si el mismísimo presidente estuviera esperando mi respuesta para desbloquear el código nuclear, y con la dignidad de alguien que maneja asuntos de Estado, agarré el teléfono.
Deslicé el dedo por la pantalla sin mucha expectativa.
«Hola, Ava. Perdona por el retraso; me despisté».
El aire se espesó de golpe. ¡Era David!
Antes de que pudiera procesarlo, tres puntitos parpadeantes aparecieron en la pantalla. Todavía estaba escribiendo.