U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 6 Tu valoración es lo que más nos importa
21%

Capítulo 6 Tu valoración es lo que más nos importa

Habían pasado más de cuatro horas desde la finalización de la clase y yo aún no había decidido cuál sería mi deseo inaugural. Sí, puede que me lo tomara demasiado en serio, lo sé. Pero para mí era como el primer beso: aunque vinieran otros después, ese quedaría grabado para siempre.

Buscaba algo especial, algo que pudiera recordar con una sonrisa espléndida al contárselo a mis nietos.

—Mirad, chicos, lo primero que manifesté fue…

Ni una tostadora nueva ni un tique regalo para el supermercado me servían como primera y romántica conquista. Deseaba una buena historia que compartir.

Así que, en un intento desesperado por inspirarme, abrí mi chat de cabecera: «No apto para equilibradas».

Un nombre que venía de lejos. Lo habíamos creado mis amigas y yo durante el último año del colegio, cuando Bárbara convenció a todas para organizar una fiesta sorpresa en plena semana de exámenes.

El caos fue tal que casi nos expulsan, pero, curiosamente, fue justo ese desastre el que terminó de sellar nuestra amistad.

Ese grupo había sobrevivido a todo tipo de tormentas y disputas a causa de olvidos de cumpleaños, planes cancelados a última hora, y la más salvaje de todas: el drama legendario entre Milena y Amanda cuando la primera subió a las redes una foto en la que, por culpa del ángulo, parecía que Amanda llevaba un bolso barato…

que ni siquiera era suyo. Tardaron días en hacer las paces, y meses en reírse del asunto.

Tal vez por eso, lanzar preguntas absurdas en ese chat se había convertido casi en una costumbre.

«Si os diera quinientos euros ahora mismo, ¿en qué los gastaríais?».

Por supuesto, ni se me ocurrió compartir mis problemas metafísicos con mis amigas.

Siempre había mostrado una férrea oposición a cualquier asunto remotamente «místico»; la última vez, tras la propuesta de Renata de realizar un ritual de agradecimiento bajo la luna llena.

Mencionarlo ahora solo habría desencadenado una avalancha de memes, carcajadas y alguna que otra sugerencia esotérica: desde inscribirme en una sesión de alineación de chakras hasta comprarme un amuleto con energía armonizadora.

Mejor dejarlo estar.

Durante unos segundos, la emoción se disparó con teorías de todo tipo: primero pensaron que me habían ascendido; luego, que mi tío Vicente, después de años ignorando mis cumpleaños, había decidido saldar su deuda con un ingreso sorpresa.

Cuando alguien sugirió que quizá yo desempeñaba un segundo trabajo turbio que prefería no mencionar, supe que debía intervenir antes de que la cosa se descontrolara.

«Nada de eso —tecleé rápidamente—. En el trabajo están planeando hacer un concurso y premiar a alguien con quinientos euros».

Hubo una pausa. Casi podía escuchar sus engranajes mentales girando, dudando entre aceptar mi excusa o seguir interrogándome. Pero por algún inesperado milagro, coló. Por los pelos.

Como de costumbre, Bárbara, la reina del «más es más», respondió primero:

«¡Facilísimo! Me compraría esos leggings fosforitos que vi ayer y reservaría un curso de twerking . El flow se entrena, querida».

Amanda, siempre haciendo alarde de su exquisito gusto y su cuenta bancaria generosa, no tardó en dar su veredicto:

«¿Quinientos? Me los gastaría en una tarde de shopping por el paseo Quique».

Para ella, llamarlo Enrique I, como todo el mundo, era demasiado vulgar.

Milena, la práctica del grupo, y la única madre, plasmó su respuesta en un audio donde se escuchaban gritos de fondo:

«Si tuviera quinientos euros ahora mismo, contrataría una niñera para salir a cenar sin remordimientos. O mejor, sin interrupciones».

Y Renata, la fiel defensora de la vida sana y la mente equilibrada, no contestó. Estaría demasiado ocupada planificando la dichosa ruta de senderismo que, según ella, nos ayudaría a «reconectar con la naturaleza y con nosotras mismas».

Por lo visto, la respuesta definitiva a mis dilemas existenciales no la encontraría en aquel chat. Pero al menos, me sentí acompañada en mis desvaríos.

No sabéis lo frustrante que resultaba; se trataba solo del primer paso y ya me había atascado en la línea de salida.

Mi futuro como buena manifestadora se auguraba poco prometedor, y mi falta de asertividad me atormentaba incluso mientras cortaba tomates para la ensalada de arroz.

No había distracción posible, excepto la llamada de mi amigo Enzo.

—Ava, ¡qué emoción! Adivina qué va a pasar en la gala de premios.

—¿Va a venir Shawn Mendes? —le pregunté, para hacerlo rabiar. Me encantaba hacerlo.

Por cierto, ya os habréis dado cuenta de que el Sr. Mendes era el crush de Enzo; bueno, lo compartíamos.

—Qué graciosa. No, estará en Australia, de gira.

—Ah, lástima.

—Hablo del deseo, tonta.

—Y yo, —comenté, intentando no reírme de mi estupenda broma—. No, va, en serio, ¿ya lo tienes?

—Sí. ¿Preparada?

—Adelante.

—Voy a impactar con mi encanto… —Enzo hizo una pausa dramática— a un atractivo y famoso millonario.

No supe qué contestar.

—¿Ava? ¿Me has oído?

—Enzo, por si no te había quedado claro, nuestro primer objetivo debe ser realista.

—¿Se puede saber qué no tiene de realista mi deseo? —replicó, con tono de enfado y un toque de incredulidad.

—¿Los cinco años que llevas intentándolo sin éxito?

—¡No me cabrees, Ava! —Levantó la voz—. Recuerda lo que te digo: voy a impresionar al hombre más importante de la sala. Recuérdalo. Ya verás.

—Está bien, si te empeñas…

—¿Es que no has escuchado a Samuel? Confianza, chica, confianza.

—Sí, sí, perdona —reculé, para calmarlo.

—Será así y no me digas lo contrario.

—Ya te he dicho que lo siento, perdona.

—Vale, quedas advertida —sentenció. Su tono no dejaba espacio para objeciones.

—Me doy por enterada, no te preocupes.

—Además, tengo el modelito que me ayudará a conseguirlo. Es una pasada.

—¿Aquel traje nuevo que te compraste?

—No, no. Algo muchísimo más alucinante. Quiero que sea una sorpresa.

—Bueno, de acuerdo —asumí, decepcionada.

—¿Y tú? Te aviso: si vas a estar a mi lado, necesitarás algo mejor que el vestido que llevaste al cumpleaños de Amanda.

Maldita sea, el curso me había absorbido tanto que olvidé por completo que la entrega de premios estaba a la vuelta de la esquina. Mi gran noche se acercaba y yo todavía no sabía qué ponerme.

«A ver, a ver, un momento». Dejé el cuchillo sobre la mesa y, de repente, me golpeó una idea. ¿Podía ser tan simple? ¿Tan evidente? ¿De verdad mi primer deseo para el Universo iba a ser… un vestido?

Sonreí, sorprendida por la revelación. Por supuesto, ¿qué podía ser más memorable que un outfit espectacular?

¡Por fin! La respuesta perfecta. ¡Yujuuu!

Después de tantas vueltas, la solución se presentó ante mí con una claridad arrolladora. Era la pieza que faltaba, el giro definitivo. La emoción me embargó de súbito, un destello revelador imposible de ignorar. No había marcha atrás.

Respiré hondo, tratando de asimilarlo.

Pero resolver una parte del enigma no era suficiente. Ahora tocaba pensar en la segunda parte de la ecuación: el coste. Porque, claro está, el vestido no iba a caer del cielo; todavía no era tan experta en eso de manifestar.

Necesitaba fijar un precio razonable para una creación de diseño, algo que me hiciera sentir cómoda y, sobre todo, segura de que era producto del Universo y no de mi tarjeta de crédito. No sé, un número que no me hiciera sudar frío… ¡Como lo que gastaría en una comida fuera de casa!

Deseaba que costase lo mismo que una pizza en La Nonna, un local célebre por su horno.

Aunque, conociendo mi suerte, temía que el Universo tuviera en mente algo más parecido al Astralis, el restaurante al que me había arrastrado Amanda el día de «la experiencia gastronómica», donde la cuenta llegó con una sonrisa del camarero y un ligero regusto a hipoteca.

—A ver, Universo, ¿qué te parece esto? Como máximo, pagaré una cuarta parte de su valor (con suerte, ni eso) —expresé en voz alta, como si estuviera negociando con un banquero celestial.

Suspiré, convencida de que había logrado liberarme de mi propia exigencia.

Ingenua de mí. La dichosa vocecita en mi cabeza no me iba a abandonar tan fácilmente; reapareció afilada como una navaja, lista para atacar:

«¿Has visto? Ya lo decía yo: Samuel pensando en ayudar a los demás y tú, en cambio, pensando solo en ti misma. ¡Qué vergüenza! ¿Es que no puedes manifestar algo menos materialista y superficial?».

Pues no. Aunque quisiera, no podía. Eso era lo único que me ilusionaba de verdad.

Supongo que ser una urbanita amamantada desde la cuna con capítulos de Sexo en Nueva York tenía algo que ver.

Quién sabe, pero una vez sembrada la semilla en mi mente, ya no había manera de arrancarla.

Se quedó ahí igual que la canción del verano, esa que te persigue hasta que llega Mariah Carey en Navidad.

No era solo una cuestión de moda o banalidad, como insinuaba mi vocecita crítica. Para mí, conseguirlo significaba mucho más. Representaba un pequeño paso para una chica de ciudad, pero un gran salto para mi necesitado y pobre vestidor.

«Sí, sí, muy bonito, Ava, pero basta de palabrería. Concéntrate en el siguiente paso». No siempre se lo reconocía, pero a veces mi cabeza hacía bien su trabajo. Si no me refrenaba, podía dar un discurso emotivo hasta con el menú del día.

Ya estaba bien de monólogos, era momento de pasar a la acción.

Tu valoración es lo que más nos importa

Imaginemos que hoy nos apetece comida japonesa: sushi , un wok de verduras y unas magníficas gyozas . Como siempre, pensamos en nuestro restaurante favorito, pero está lleno. Es una lástima, aunque también la oportunidad perfecta para probar algo nuevo a domicilio.