U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 5 Tenemos de todo y mucho más #2
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Capítulo 5 Tenemos de todo y mucho más #2

Sin embargo, para los que no estuvisteis presentes la noche de karaoke que había mencionado Enzo, os diré que ese fin era bastante improbable, teniendo en cuenta que mis cuerdas vocales podrían pertenecer a un burro afónico.

Y, pese a todo, ahí estaba esa estúpida ilusión, esa faceta inalcanzable de mí misma. Y no solo por carecer de una habilidad natural para el canto, eso era lo de menos; el temor a sentirme vulnerable delante del mundo entero convertía mi sueño en mi peor pesadilla. Una dicotomía de lo más curiosa.

Pero esas reflexiones no fueron lo más impactante de la pregunta de Samuel. ¿Queréis saber lo que realmente me asombró?

No fue la respuesta, ya que esa siempre había estado allí, oculta en un cajón viejo y oscuro.

Lo que más me impresionó fue el tiempo que había transcurrido desde mi última visita a aquel escondite polvoriento.

Hacía mucho que no rebuscaba entre esos recuerdos lejanos.

La verdad, ¿para qué hacerlo, cuando ni siquiera los contemplaba como una opción válida?

Eran sueños, y ahí moría su propósito; al menos, hasta ese momento.

Es sorprendente lo poco que intimamos con nosotros mismos y lo mucho que evitamos plantearnos preguntas importantes, como la de Samuel.

A nadie le gusta que la verdad salga a relucir y empiece a importunar con su presencia.

Pero ¿cómo vamos a averiguar lo que queremos si solo nos conocemos a medias?

Cualquiera diría: «¡Por supuesto que me conozco! ¡Paso veinticuatro horas al día conmigo misma!», pero no es cierto. Nos hacemos compañía, sí, pero desde un silencio cómodo y seguro. Percibimos el ruido de fondo, pero no prestamos atención real. Oír no es lo mismo que escuchar.

¿Qué tal un par de preguntas para una primera cita con nosotros mismos?

—Oye, guapa, cuéntame: ¿con qué pierdes la noción del tiempo? ¿Qué harías aunque no te pagaran por ello?

—Cariño, aparte de mí, ¿cuál ha sido tu pensamiento más recurrente hoy? ¿Estás contenta con él o preferirías cambiarlo?

O algo así como:

—He visto en tu Instagram que sigues a esa cantante famosa. ¿Qué te inspira acerca de ella? ¿Qué cualidades admiras de esa persona?

Aunque, lleváis razón: no tenemos tiempo para estas chorradas. No son más que boberías para gente desocupada. Total, ya vamos tirando con lo que sabemos, ¿no?

Es cierto, no necesitamos más memeces, con lo felices que somos viviendo en automático.

Espero que se me dé bien el sarcasmo.

Dicho esto, volvamos con Samuel, a quien tenemos abandonado.

Ese individuo peculiar dedicó la primera parte del programa a enseñarnos cómo se forja la realidad que experimentamos.

Yo esperaba alguna explicación mágica sobre el poder del pensamiento y su reflejo en esa realidad, pero lo que nos contó tenía un extraño sentido lógico y empírico.

El fundamento era el siguiente: todo en el Universo es energía en vibración, y lo que vibra de modo similar se atrae.

O dicho de otra manera, se hace visible.

Yo podía entender eso; si tocas una guitarra cerca de otra, las cuerdas de la segunda empiezan a resonar solas.

Y era cierto que todo es energía, la ciencia ya se había encargado de confirmarlo.

De modo que, según él, nuestros pensamientos y emociones también eran energía vibrando a una determinada frecuencia, por lo que resonamos con las situaciones, personas o cosas similares en vibración y las vemos manifestarse en nuestra vida.

Samuel afirmaba que, si nuestro exterior refleja nuestro interior, al cambiar la forma en que pensamos y sentimos, también empezamos a cambiar lo que experimentamos.

A primera vista, parecía simple y sustentado en una base bastante razonable.

Casi todo el mundo estaría de acuerdo en eso.

Una suerte para ellos. Mi situación, en cambio, era más peliaguda: a mi mente le gustaba discutir hasta el más mínimo detalle.

Solía imaginarla como el típico miembro del jurado de un programa de talentos, con la X roja lista en la recámara, ansiosa por apretar el botón de expulsado a la primera nota desafinada.

Era tan exigente que la ausencia de un rechazo frontal hacia todo aquello ya suponía un acontecimiento.

Samuel también compartió ejemplos impresionantes de su vida y de sus misiones en áreas subdesarrolladas, ayudando a los más desfavorecidos.

Me sentí fatal por haberme precipitado al juzgar a ese pobre hombre.

Le importaba muy poco el aspecto desaliñado de su pelo y tener los dientes más torcidos que la torre de Pisa; con el simple hecho de compartir conocimiento, ya se sentía abundante.

«¿Por qué eres así, Ava? ¿No podías tener un alma igual de caritativa y generosa que la suya?

Eres una espiritual de pacotilla, que lo sepas».

Mi lado más humanitario me azotaba en el trasero por comportarme de un modo tan superficial.

Me regañaba como si fuera algo que yo pudiera elegir.

Ya me hubiese gustado parecerme a ese hombre, en serio, dejando a un lado la cara de embobado y demás.

Mi vida hubiese sido más fácil teniendo los gustos discretos de algún monje budista y no las preferencias lujosas de… no sé, cualquiera de las Kardashian.

Pero no, no podía fingir que me moría de ganas de pasar mis días entre matorrales resecos y colchones tirados en el suelo, por mucho que lo intentara.

A mí me apasionaban otras hazañas más mundanas, como la historia de Helen Hadsell, la reina de los concursos.

Samuel nos contó que se ganó ese título después de conseguir viajes, barcos, electrodomésticos e incluso una casa participando en concursos publicitarios.

Cada vez que lo intentaba, el premio era suyo.

Y lo mejor es que lo obtenía utilizando las técnicas que él nos iba a mostrar en la formación.

Esa parte sí hacía rugir mis instintos más voraces. Imaginarme con David, disfrutando de todas esas comodidades, encendía hasta la más perezosa de mis células. Visualizar tanta abundancia en compañía hacía que la cosa mejorara.

Incluso Enzo se pudo unir a nosotros al final de la charla. Aunque ojalá no lo hubiese hecho, pues dio la nota nada más abrir la boca.

—Perdone, o sea, si pienso mucho en lo que quiero, ¿lo manifiesto, verdad? Es que mi amiga Ava y yo pensamos mucho en Shawn Mendes y nunca hemos coincidido con él. No lo entiendo.

«¿Qué haces? Primero, no digas mi nombre, y segundo, a mí no me metas», le escribí por mensaje privado.