Capítulo 5 Tenemos de todo y mucho más
Allí estaba yo, frente al ordenador, con mi libreta y bolígrafo en mano, esperando a que empezara el dichoso curso.
¿Por qué digo «dichoso»? Porque ni las ganas de volver con David impedían que lo desconocido me provocara urticaria.
Cambiar años de convicciones consensuadas por cuentos de dudosa credibilidad no es tan fácil como parece.
Lo que amenazaba los cimientos de toda una vida era algo completamente ajeno a mi credo.
Como si, de repente, os dijera que los políticos son seres altruistas que miran por el bien común.
Os cuesta creerlo, ¿no? Con solo pensarlo, me escuece hasta el apéndice que me extirparon hace cuatro años.
Por si no tuviera ya bastante con ese afán de conservacionismo, mi compañero de aventuras decidió abandonarme en el último momento.
Bueno, vale, Enzo no me dejó sola ante el peligro a propósito.
El pobre no tuvo la culpa de que el representante de su próximo entrevistado fuese un desastre con la agenda.
Pero ¿tenía que ser justo ese día? ¡El día que más lo necesitaba!
—Me va a oír. Me lía con sus historias y luego me deja sola, rodeada de estos ilusos —murmuré mientras curioseaba en los usuarios de los participantes—. Es que míralo: «Ho’opono… pono», ¿qué? La gente está fatal. Y ¿este? «Metatrón». ¿Se cree un transformer o de qué va? Yo no debería estar aquí…
Y no tuve bastante con una primera ronda, fui a por más.
—Míralo: «Soy luz». Eres un Gusiluz o qué… menudo imb…
—Oye, perdona, ¿me escuchas? Tienes el micrófono abierto —dijo alguien de repente—. No «Soy luz», bueno, sí lo soy, pero no de usuario.
¡Mierdaaa! ¡¿Qué demonios?! ¿Se trataba de una confabulación del Universo para ponerme en evidencia o qué narices le estaba pasando al mundo?
Había que ser muy retorcido para sacar mi lado más perverso precisamente aquel día, delante de un puñado de desconocidos dispuestos a despellejarme. Y no les faltaría razón para hacerlo.
Vosotros no me lo tengáis en cuenta, os prometo que no solía comportarme de ese modo tan despectivo… en público, claro. Salir de mi hábitat natural puso en evidencia lo peor de mí.
No tenía escapatoria, de modo que hice lo único que estaba en mi mano: apagar el micrófono para silenciar la vergüenza que me embargaba. Aunque no sirvió de mucho; a la puñetera le habían regalado un megáfono.
En un intento de acallar a la vocecita que no paraba de increparme, le escribí por privado a mi salvadora, de usuario «Todo es posible».
—Oye, siento lo ocurrido. No pretendía ofender a nadie.
—No te preocupes, al principio todo es muy nuevo y confuso.
—Sí, y que lo digas. De todas maneras, muchas gracias por avisarme.
—No hay de qué. Mi nombre es Allegra; aquí me tienes para lo que necesites.
Aquellos locos ilusos, a los que yo imaginaba tirándome piedras, no resultaron tan aterradores como pensé. No me repudiaron en la primera ocasión, eso había que reconocerlo.
Gracias a Dios, la agónica espera escuchando a mi torturadora cabecita no duró mucho más. El profesor, mentor, coach o lo que fuese apareció en la pantalla de mi ordenador y dejé de ser el centro de atención; por lo menos, de la mía.
Admito que mi primer pensamiento al verlo no fue nada alentador: si ese señor dominaba el arte de atraer y todavía no había manifestado una dentadura decente y un corte de pelo profesional, íbamos muy mal.
Y qué decir de la puesta en escena. El fondo sobre el que se recortaba no podía ser más roñoso.
Mucho póster de abundancia infinita, pero no se había gastado los billetes por ninguna parte.
En fin, después de esa conmoción visual que picaba en los ojos, las expectativas de sacar algo de provecho de todo aquello eran muy bajas, por no decir inexistentes.
Sin embargo, ya me había gastado el dinero que tenía reservado para las rebajas y no iba a desperdiciar la inversión a la primera de cambio.
Suspiré resignada y me quedé para escuchar el discurso de aquel buen hombre:
—… Al acabar este curso, tendréis a vuestro alcance el conocimiento necesario para transformar vuestras vidas para siempre, para vivir desde la abundancia a la que tenéis derecho por nacimiento…
Y bla, bla, bla. Era de esperar: una apertura de curso diseñada para endulzarnos los oídos.
Vamos, que en seis meses todos nos íbamos a convertir en clones de Elon Musk.
No sé si el profesor había reparado en un pequeño pero importante detalle: el Sr. Musk hacía gala de una dentadura perfecta y de un peinado…
Perdón, no es un buen ejemplo. Bueno, vosotros ya me entendéis.
Palabras, palabras y más palabras. Un experto en manifestación no estaría en un diminuto cuartucho dando clase a cuatro desesperados como yo, sino más bien tumbado en una hamaca en las Maldivas, degustando una cervecita bien fría.
No daba crédito: eso que era tan obvio para mí pasaba desapercibido para el resto de asistentes.
En cuanto ese hombre destartalado acabó su empalagoso monólogo, los demás empezaron a aplaudir con efusividad y a corear frases acerca del despertar de la consciencia, del amor incondicional y de que todos estábamos conectados.
¿De qué hablaban? No entendía nada. ¿Yo estaba conectada con esa pandilla de chiflados? Venga ya, si no teníamos nada en común.
Os lo aseguro: no hay sensación más incómoda que sentirte una intrusa.
Bueno, sí, sentirte una espiritual de pega que no encaja en la exaltación de la bondad humana.
Me resultaba imposible compartir esa utopía; estaba claro que ninguno de ellos había tenido el privilegio de conocer a mi vecino del tercero.
Ese ser no era bueno, ni humano, apostaría lo que fuese.
Por fortuna, el alborotado público se cansó pronto y el profesor retomó la charla:
—Chicos, prestadme atención. Es vuestro turno: vamos a hacer una ronda de presentaciones, uno a uno.
¡No, eso era peor! ¡No, por favor! Siempre las había odiado.
—Quiero saber por qué os habéis apuntado a este curso y cuál es vuestro objetivo.
Pues, pasar desapercibida, cuántas veces tenía que repetirlo. A pesar de resistirme con todas mis fuerzas, me obligaban a entrar oficialmente en el club de los chalados.
En una cadena casi interminable, uno tras otro compartieron las cifras exactas que querían atraer y el motivo de su deseo; que si cinco mil euros para invertir en un curso de formación de un maestro espiritual; que si treinta mil para abrir un estudio de yoga; que si dos mil para viajar a la India.
Incluso llegaron a decir trescientos mil para comprar una propiedad en el campo y organizar retiros espirituales.
Vaya, esas personas tenían bien claro lo que necesitaban, y yo ni siquiera sabía cuánto me costaría cambiar el termo de la ducha, que se estropeaba cada dos por tres.
Su determinación y sus metas místicas estaban muy lejos de mis pensamientos.
Cada intervención no hacía más que recordármelo.
Me fui sintiendo un poco más distante con cada palabra, hasta que llegó mi turno y tuve que improvisar una tapadera creíble.
—Ahora te toca a ti, Ava… ¿Ava… tar?
Lo sé, no fui muy original, pero ¿qué esperabais? No fue uno de mis mejores días.
—Ah, bueno, yo… yo, pues deseo un trabajo mejor…, donde se me valore más, y… ¡Ah! Por supuesto, con un sueldo mejor.
And the Oscar goes to … ¡Ava Carter! Con esa impresionante actuación, no levantaría sospechas, nadie descubriría mis intenciones ocultas.
«Prepárate, David; pronto vas a volver a mí suplicando», fantaseé.
Una vez concluidas las molestas presentaciones, Samuel, así se llamaba el experto, nos propuso algo diferente:
—Muy bien, se nota que habéis pensado seriamente en vuestros objetivos, y para este curso son geniales, pero quiero ir más allá, quiero que…
Y dale con ir más allá. Qué manía tenía todo el mundo con ir más lejos, con lo bien que se estaba descansando allí cerquita, en la zona de confort.
—… quiero que cada uno de vosotros, cuando tengáis un momento, se haga esta pregunta:
Si supieras que no puedes fracasar, ¿qué escogerías hacer con tu vida?
Interesante, otro enigma. Volved a leerla. Sí, vosotros, los que me estáis escuchando ahora. Tomaos un momento para reflexionar sobre ella.
Calculo que el veinte por ciento de vosotros todavía no ha conseguido hacer realidad esa visión increíble que tenéis, y que el otro ochenta por ciento ni siquiera se ha dado permiso para pensar en ello.
Lo entiendo, da vértigo hacerlo; es como un pecado inconfesable, un sueño demasiado grande en comparación con lo pequeños que nos sentimos.
Sé de lo que hablo, puesto que me acababa de ocurrir.
¿El qué?, os preguntaréis. Pues reconocer que mis expectativas estaban por encima de mis posibilidades.
Tenía aquel sueño tan a resguardo que el miedo era mi héroe, capaz de proteger mi secreto y mantenerlo intacto para que no se rompiera en mil pedazos.
Muchos hacemos esto, enterrarlo y presionar con fuerza para que no asome.
Podemos incluso asfixiarlo debajo de un sinfín de excusas, pero por mucho que lo intentemos, ese sueño existe en algún lugar, latente.
Escuché en alguna entrevista que, mientras grababa anuncios de pasta de dientes, Sharon Stone había soñado con actuar al lado de Al Pacino, y que, antes de saltar a la fama, la modelo Ashley Graham se había visualizado en la portada de grandes revistas.
Las dos lo consiguieron, y yo me preguntaba cómo se habían sentido antes de lograrlo, si habían albergado plena confianza en que sucedería tarde o temprano o si estaban impacientes por alcanzarlo.
No era mi caso. Mi sueño me emocionaba e incomodaba a partes iguales; quería ser como esos valientes que subían a un escenario a cantar y eran capaces de hacerme cosquillas hasta en el corazón.
Deseaba provocar lo mismo en los demás, sacudir el interior de las personas de la misma forma en que otros lo hacían conmigo. Dejarlos sin habla por unos momentos.