Capítulo 4 U-Delivery, ¿en qué puedo ayudarle? #2
Podéis imaginarlo: acabé con las existencias de azúcar y de todas sus variantes, jugué solitarios hasta sangrar por los ojos y maldije a todos los que exaltaban el amor en sus redes sociales.
Os lo puedo confirmar: atiborrarse con pésimas decisiones no ayuda a disminuir las ganas de arrancarle la cabeza a un ex.
La imagen de esa revancha sangrienta no se me iba de la mente; sin embargo, no me quedaba otra que aplazar el ajuste de cuentas para más adelante.
El lunes me tocaba volver al trabajo y no podía dedicar el resto del fin de semana a apalear y resucitar a mi ex en bucle.
Antes de cerrar los ojos y rendirme por completo, revisé mi teléfono una vez más, esperando leer un mensaje de David. Claro que sí, los tres nanosegundos que había tardado en quitarme las zapatillas le habían dado tiempo suficiente para enviarlo, seguro.
—¡No me lo puedo creer! Está en línea. Toda la tarde de mal humor, cabreada con él, y seguro que el pobre está a punto de contestarme.
Ahora es vuestro turno, podéis reíros. Me quedé media hora más mirando el teléfono, sin apenas parpadear, pero el muy indeseable no se dignó a contestarme.
Y no solo eso: dedicó su domingo entero a actividades de altísima prioridad… como esquivar mi presencia con destreza.
Os actualizo el estado: nivel estratosférico de ira expandiéndose a niveles galácticos. Es lo que pasa cuando tu humor gira como una peonza a voluntad de un ser cruel y con cero escrúpulos.
El lunes por la mañana, juré no mirar el móvil ni perder ni un solo minuto pensando en ese imbécil.
Me levanté, me duché, me arreglé y aguanté como una campeona fingiendo que el teléfono no existía.
Estaba muy orgullosa de esa actitud impertérrita, propia de una mujer responsable.
No pensaba malgastar ni un segundo más en personas que no lo merecían.
En cuanto me tomara el café matutino, me iría al trabajo a seguir ignorando el sufrimiento.
Mientras bebía el primer sorbo, escuché la notificación de un mensaje, procedente de la habitación. En menos de una milésima de segundo, me invadió de nuevo una oleada de ilusión al pensar que todavía le importaba al no tan imbécil de mi ex.
Salí disparada hacia el dormitorio, disimulando, como si no fuera así. Respiré para sofocar los nervios, introduje la huella en el móvil y esto fue lo que me encontré: «Ni se te ocurra escaquearte hoy».
Ni David ni la madre que lo trajo al mundo. Era Enzo. La rabieta que yo dignamente había logrado ocultar hasta ese instante salió en forma de chillido visceral.
—¡Argh! ¡Idiota! ¿Por qué no me contestas de una vez?
A riesgo de sonar desalmada, os diré que mi frágil ego albergaba la esperanza de que una desgracia de gravedad moderada hubiera sacudido el mundo de David. Algo manejable, como la inoportuna hospitalización de un familiar lejano o una enfermedad pasajera que justificara su comportamiento.
Lo sé, es patético, pero aferrarme a esa posibilidad era lo único que podía apaciguar a mi temeroso orgullo.
Aun así, como la presidenta honoraria de la Asociación de Perfeccionistas Anónimos, comprobé por sexta vez si había enviado el mensaje al David correcto y releí por millonésima vez lo que había escrito.
En ese momento, ya no me parecía para nada perfecto.
Al revés: lo encontraba ridículo y denigrante.
«No puede ser más cutre y desesperado. Es normal que no responda. Soy un desastre sin remedio».
En otra ocasión, hubiese estado horas entretenida con esa autoflagelación tan reconfortante, pero recordé que debía ir a trabajar y que no había tiempo para lamentaciones. Así que dejé las críticas para luego y enmascaré mi decepción con maquillaje.
Mientras cerraba la puerta, atisbé un montón de cajas en el pasillo, delante de la puerta de mi «demasiado entusiasta» vecina. Las personas que parecen siempre aceleradas me incomodan; tal vez porque yo carezco de ese misterioso gen de la actividad innecesaria.
La susodicha había esparcido todos sus trastos por el medio y no había manera de sortearlos.
Cuando por fin decidí que la mejor estrategia consistía en pasar por encima de la caja más ancha pero menos alta, apareció un chico desde el interior de la casa y me pilló con las piernas abiertas de par en par y concentrada como si esquivara granadas en el campo de batalla.
—Buenos días; perdona el desorden. No tardaré en despejar el pasillo.
Lo primero en lo que reparé fue en sus ojos: penetrantes, llenos de experiencias y enmarcados por unos mechones castaños colocados a la perfección.
No podía decir lo mismo de su agujereada camiseta: decorada con jirafas infantiles, desfilada y una talla más pequeña de lo que le correspondía, en un claro intento de presumir de bíceps. Pese a todo, derrochaba un atractivo natural, sin necesidad de esforzarse por ser guapo.
—Ajá, ya lo veo —respondí, con cara de pocos amigos. La presencia de cualquier hombre me molestaba.
Dejó en el suelo una especie de estatuilla exótica que sostenía entre las manos y se presentó extendiéndome una de ellas.
—Soy Marcos, tu nuevo vecino.
Lo que me faltaba; ahora sí que me caía mal la vecina.
Era más joven que yo, más energética, y seguramente más ágil.
Para colmo, su atractivo novio se mudaba con ella y vivirían felices para siempre.
La vida era una basura, y el sentido del humor del Universo daba asco.
¿Tenía que situarlos justo al lado de mi casa?
Entré en el edificio de la empresa doblemente enfadada. Enzo, que estaba al acecho, notó mi presencia en cuanto puse un pie en la oficina. Clavó sus ojos en mis pupilas y empezó a gritar como un poseído mientras movía las manos para que me acercara lo antes posible.
—¡Ava! Por fin. Ven, corre… ¡Ava, ven! Venga.
«Dios, Enzo, por qué proclamas mi llegada como si fuera César cuando lo único que quiero es que mi tristeza y yo pasemos desapercibidas», pensé mientras todos me miraban.
Me apresuré todo lo que pude hasta mi sitio. Dejé el bolso en la mesa como si pesara diez kilos y me acomodé en la silla con la pose más profesional que pude adoptar. Me sentaba al lado de Enzo; mejor dicho, él se sentaba a mi lado. No era su mesa, pero siempre andaba por ahí.
—Ya estoy aquí, ¿qué quieres? —le pregunté, triplemente enfadada.
—No te lo vas a creer. Tendrás que darme las gracias por lo que voy a compartir contigo.
—¿Qué pasa? ¿Tu gel para el pelo ha bajado de precio? —lo pinché.
—Ja, ja, muy graciosa. ¿Te acuerdas de Laura?
—No.
Solo me acordaba de lo desgraciada que me sentía.
—Sí, hombre, mi compañera de la universidad. Con la que coincidimos el sábado en el restaurante.
—¿Y? ¿Qué pasa?
Ni por asomo quería oír la historia.
—Ava, sacúdete la tontería. Por la tarde la llamé, y tú ya me conoces, cuando quiero algo… Pues, adivina. —Y guardó silencio para que yo respondiera.
—¿Qué, Enzo?, dímelo ya, tengo mucho trabajo atrasado.
Él no dejó pasar ni un segundo de más.
—¡He descubierto cómo ha logrado todo ese dinero!
—Felicidades.
—No lo entiendes, Ava. ¿Has oído hablar de la ley de la atracción?
Me giré, le eché una mirada cargada de superioridad y añadí:
—¿En serio? Déjate de chorradas.
—No es broma. Me contó incluso dónde aprendió a utilizarla.
—Enzo, no me interesa. Pensaba que eras más inteligente.
Y me puse a revisar el correo electrónico sin prestarle más atención.
En ese instante, llegó Sofía con una sonrisa de oreja a oreja.
—Chicos, escuchad, tengo que daros una noticia. ¿Estáis preparados?… ¡Hemos ganado!
—¿De verdad? —dejé escapar, con incredulidad.
—Como lo oyes.
Solté una risa nerviosa sin darme cuenta, reflejando algo que mi mente aún no terminaba de procesar.
Había dedicado meses de esfuerzo a optimizar la experiencia del usuario en la plataforma, ajustando algoritmos, mejorando la navegación y renovando el diseño para atraer más suscriptores.
Quizá eso tuvo algo que ver con que nos concedieran el premio al medio más influyente a nivel nacional en nuestro sector. O al menos, eso creían mis compañeros.