Capítulo 4 U-Delivery, ¿en qué puedo ayudarle?
Enzo se levantó de la silla en un acto impulsivo y se dirigió sin vacilar hacia su antigua compañera, Laura. No le importaba si era bienvenido o no: ocupó con decisión el asiento libre que quedaba en la mesa de la atónita pareja.
Desde esa distancia, yo no podía escuchar de qué hablaban. Sin embargo, noté que Laura se revolvía incómoda en su silla mientras Enzo la interrogaba frente a su atractivo acompañante. Aun así, a pesar de su sonrisa nerviosa y el temblor en sus gestos, mantuvo la compostura.
Le hice señas a Enzo con discreción, agitando las manos y frunciendo el ceño, pero nada funcionó. En realidad, hubiese sido un milagro, ya que mi amigo no se giró ni una sola vez para mirarme, como si yo no existiera. Creo que ni fingir un atragantamiento hubiese captado su atención.
Estaba tan obsesionado con descubrir el secreto del éxito de su compañera que solo la derrota consiguió que volviera conmigo. O al menos, eso deduje al apreciar el rostro abatido y los ojos inyectados en envidia que lucía cuando regresó.
—Enzo, ¿estás bien?
—¡No! No ha soltado prenda.
—¿Y qué esperabas?
Mi amigo se pasó el resto de la comida observándola con atención y murmurando maldiciones inofensivas. Por suerte, ella estaba demasiado centrada en su pareja para notar los agravios lanzados desde nuestra mesa.
—Hay algo que no me quiere decir, lo noto —afirmó Enzo con aire conspirador.
—¿Qué dices?
—Soy periodista, Ava. Sé cuándo alguien oculta algo.
—Eres periodista, no Colombo.
—Te lo digo, hay algo —insistió.
—Pues que le ha tocado la lotería, que ha heredado, ¿yo qué sé? Cosas que a uno no le apetece compartir.
—Eso se dice sin problemas.
—Será en tu caso.
La verdad, ese asunto me traía sin cuidado, sobre todo teniendo el alma y el estómago todavía palpitantes de felicidad. Es lo que conllevan las buenas risas y una comilona de campeonato: de repente, el mundo se ve bajo un filtro de optimismo.
Me sentía tan renovada que, al volver a casa, decidí que era hora de volver a trabajar, de retomar las responsabilidades y compromisos de los adultos. Además, ya no podía alargar más el drama; había desaprovechado demasiados días de vacaciones en malas compañías. La mía, para ser más precisa.
«Hola, Sofía. Me reincorporaré al trabajo el lunes». Con ese escueto mensaje, di por zanjada mi etapa de retiro emocional. Mi jefa se empecinaba en que la informáramos de «cualquier circunstancia que afectara nuestra productividad». Es una transcripción literal de sus palabras.
Su respuesta me pareció, cuando menos, insólita: «Me alegro, Ava. Te esperamos».
Demasiado cariñosa, pensé. O estaba bebida o somnolienta. Como os he comentado, Sofía era de esas jefas que marcan territorio construyendo un impenetrable y glacial muro entre ella y sus subordinados. Supongo que así les resulta más fácil tomar decisiones eficaces y sin remordimientos.
En fin, con el móvil todavía en la mano, observé que el regalo de David reposaba solitario en la mesa del recibidor, abandonado a su suerte. El pobrecito necesitaba estar con su dueño; estaban predestinados y yo no era quién para impedirlo. ¿No creéis?
«Claro, Ava, ten misericordia del pobre libro y haz algo. Envíale un mensaje a David para que puedan estar juntos cuanto antes». Eso es lo que oía en mi cabeza. Y, a pesar de la ligera disconformidad del resto de mi cuerpo, mi mente tenía las de ganar. La testaruda gritaba más fuerte.
«Hola, David. Lamento el despiste de esta mañana; el libro se había quedado en el recibidor.
¿Cuándo te iría bien que te lo diera?». Me sentía muy orgullosa de ese mensaje.
Era perfecto: mantenía un nivel de acosadora cero; le echaba la culpa al libro por distraído y, de paso, obligaba a David a fijar una fecha para vernos.
«Genial, mensaje enviado».
Y ahí estaban, esas cosquillas que experimentas al tirarte al vacío, esa euforia que te invade al pensar que acabas de poner al destino a tu favor, ese éxtasis que te recorre al creer que, gracias a tu brillante iniciativa, una reacción en cadena se va a poner en marcha y te llevará directa a lo que quieres.
¡Guau! Te sientes como una triunfadora, incluso eres capaz de oler la gloria inminente.
Dejadme que me ría; el momento se lo merece.
Tras unos minutos disfrutando del subidón de adrenalina, me puse el pijama de las ocasiones especiales (cómodo y antierótico, por si necesitáis aclaración) y me acomodé en el sofá como si fuera la reina Cleopatra.
Como las dos rayitas del mensaje todavía estaban en gris, decidí buscar algo en la televisión que anestesiara mis ansias de triunfo.
Un dato curioso sobre mí: soy una fanática de las pelis de acción. Si queréis hacerme feliz, apartad los dramas lacrimógenos y las películas con mensajes de autor, y dadme un John MacClane o un John O’Connor para descubrir en mi rostro la viva imagen de la felicidad.
Pido disculpas a quien pueda ofender con esta confesión.
Sin embargo, ver una película para sufrir un calvario o para no entenderla ni con subtítulos no entra dentro de mi definición de plan divertido.
En mi opinión, hay mucha gente que no sabe apreciar las píldoras de inspiración que se camuflan entre balas y tortazos.
¿Qué me decís de la escena final entre el coronel Trautman y John Rambo? :
—¿Cómo vivirás, Johnny?
—Día a día…
Madre mía, si podríamos considerar a este hombre como el precursor del mindfulness . No podéis negar la sabiduría que se esconde debajo de esos músculos bien definidos. No insistáis, no admito discusiones al respecto. Doy por zanjado el asunto.
Pues bien, necesitaba algo así para aquella situación de emergencia, algo que me hiciera recuperar el equilibrio que había desaparecido desde que le di al botón de enviar.
La elección no era fácil. Me gusta lo comercial, pero hay líneas que no traspaso bajo ningún pretexto: ni culebrones de mediodía ni películas de presupuesto inferior a mi salario anual.
Si alguien pretende que me crea que un tiburón es capaz de volar, tendrá que esforzarse un poco más.
Ante estos requisitos, comprenderéis que dar con el hipnótico adecuado requiere de tiempo y dedicación. No obstante, alguien debía de estar de buenas por ahí arriba, porque mis plegarias fueron escuchadas casi de inmediato.
—¡Toma ya! ¡Hoy es mi día! —grité, flexionando el brazo contra el pecho en señal de victoria.
Sí, tuve mucha suerte. Encontré un clásico infalible que nunca decepciona: La jungla de cristal . La primera, por supuesto. ¡Qué bien! Mi encefalograma estaría distraído, mínimo, una hora y media.
Aunque, al cabo de cinco minutos:
«Voy a revisar el teléfono por si lo tengo en silencio».
Y al cabo de otros diez:
«Creo que ha sonado, ¿o ha sido la película? Voy a comprobarlo».
Y unos minutos más tarde:
«Sí, ahora sí que ha sonado». A sabiendas de que no era cierto.
La tentación era tan fuerte que ni el carisma de Bruce Willis lograba apartarme de la pantalla del teléfono. La única forma de controlar mis impulsos táctiles era invocar un juramento. La palabra es poder, dicen los entendidos.
«Juro solemnemente que solo miraré el móvil cada treinta minutos, ni uno más, ni uno menos».
Como no quería faltar a mi palabra, programé un recordatorio en el teléfono para asegurarme de que así fuera.
Mientras el Sr. MacClane enviaba al terrorista infame unos pisos más abajo, la alarma del tiempo reglamentario empezó a pitar, desenfrenada. Yo sabía que estaba a punto de sonar y, aun así, me sobresalté como si no la esperase.
—¡Mierda! —grité desde las tripas.
Y apagué el estruendo.
—Vamos a ver… ¡Dios, está en línea! ¡Uy, uy, uy! Ha leído el mensaje.
Por fin los checks azules tan deseados. Ahora venía lo mejor. Ahora todo volvería a ser como antes, por fin mi vida volvería a encaminarse.
Antes de mirar nuevamente, me tomé un tiempo para prepararme. Estaba tan nerviosa que ni el corazón se atrevía a palpitar.
—Uff… Sigue en línea.
Y pude volver a respirar.
«No me contesta. Bueno, es normal, tiene que leer el mensaje con calma, pensar qué día le puede ir bien, comprobar su horario… Sí, no hay por qué preocuparse».
Pero al cabo de unos minutos, y sin previo aviso, salió de la aplicación.
¡Oh, oh! Venía la bajada de la montaña rusa, cuesta abajo y sin freno.
David había desaparecido y con él, mis ganas de seguir en el planeta.
Estaba preparada para desmoronarme; estaba a punto para recibir a la derrota, que se deslizaba con todo su peso hasta la punta de mis pies; estaba lista para transitar por el abrumador desierto de las expectativas rotas.
Pero, tranquilos: no fue así. Mi incansable mente llegó con su capa roja, al rescate:
«Ava, no te ofusques. ¿Y si lo han llamado justo cuando iba a contestar? O puede que la tostada se le estuviera quemando, o que su madre lo contactase por el fijo…».
Hay que reconocerlo: somos unos expertos en mentirnos. Yo sabía de sobra que mi suegra nunca utilizaba esa línea, y que un «crossfitero» que se precie jamás comería pan a esas horas. Podían ser mil los motivos factibles, pero adivinad: ninguno tenía que ver conmigo.
Y así llegó el final de la película. Ya no quedaba ni un malo coleando por el Nakatomi Plaza y David seguía sin contestarme.
A pesar de poseer una imaginación sin límites, las razones que yo inventaba no lograban mantener a flote la alegría.
De la euforia inicial ya no quedaba ni el recuerdo, y en su lugar habían acampado el enfado y el resentimiento, inquilinos que solían quedarse largas temporadas.