U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 3 La casilla de salida
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Capítulo 3 La casilla de salida

Ahí estaba otra vez, el omnipresente y perturbador número. Muchos pensaréis que es pura casualidad el hecho de que lo viese en todas partes. Por ahora, os dejo que sigáis pensando lo mismo. Ya cambiaréis de idea.

Después de aquella revelación, seguimos nuestro camino. No le mencioné nada a Enzo sobre mi obsesión con ese número; para ser sincera, no sabía por dónde empezar. Alguna vez había buscado su significado, pero nada de lo que encontraba me parecía realmente creíble.

Me imaginaba contándole a mi amigo lo siguiente:

Como comprenderéis, pasé del tema; no tenía ganas de que me tomara por una loca narcisista.

Al llegar al gimnasio, decidimos quedarnos fuera, a una distancia prudente, esperando a David.

Pasados unos minutos, lo vimos salir de la sala de entrenamiento y detenerse en el hall .

Charlaba y reía de forma animada con una mujer conforme cruzaban la puerta.

La escena no me hizo ni pizca de gracia, pero ya habría tiempo para venganzas mentales.

En cuanto David nos vio, se giró hacia su acompañante y la despidió con rapidez. Ella nos lanzó una mirada entrecerrada, alzó la cabeza con aire de superioridad y nos dedicó un saludo casi imperceptible antes de irse.

—¿Es Sofía? —exclamamos Enzo y yo al unísono.

En efecto, era ella, nuestra jefa, apodada «Terminator». ¡Con todo el cariño, claro! Se había ganado el título gracias a su mirada fría y punzante. Siempre vestía de forma impecable, proyectando una autoridad que pocos se atrevían a desafiar.

Como ya imaginaréis, a nuestra jefa no le entusiasmaba interactuar con nosotros fuera del ámbito laboral; no lo consideraba apropiado. Mantenía una barrera profesional tan firme que resultaba imposible conocerla más allá de su tiránica fachada.

Mejor así; tampoco es que nos muriéramos de ganas por hablar con ella más de lo necesario.

Sin Sofía a la vista, era el momento ideal para indicarle a David que se acercara. La sorpresa en su rostro era evidente; caminaba hacia nosotros con paso vacilante y mirada inquieta, como si intentara adivinar nuestras intenciones antes de alcanzarnos.

Había llegado mi turno.

«Sin nervios, Ava. No hay motivos para inquietarse. Tienes una justificación legítima para verlo», me dije para calmarme.

Respiración profunda, y a por ello:

—¡Hola, David! —lo saludé, tratando de sonar más segura de lo que me sentía.

—Hola… Eh… ¿Cómo estáis?

—Muy bien —se adelantó mi amigo.

«Vale, ahí voy».

—Bien, gracias. Mira, es que hoy me ha llegado el regalo que tenía previsto darte para tu cumpleaños y, bueno, me apetecía que lo tuvieras. Creo que te va a gustar.

Palmadita en la espalda. Me tendríais que haber visto: el temple de un cirujano. Además, Enzo se las ingenió para dejar caer que íbamos al restaurante de moda y que nos pillaba de paso pasar por allí. Una actuación inmejorable, como si la hubiésemos ensayado una semana entera.

Tan pronto como nuestro brillante alegato terminó, David soltó una risa nerviosa, breve pero reveladora. Diría que se sintió aliviado al constatar que teníamos una excusa aceptable para estar allí y que no me había convertido en una acosadora con aires de Glenn Close en Atracción fatal .

Segura de haber triunfado, metí la mano en el bolso en busca del libro.

La moví unas cuantas veces, sorteando todos mis trastos.

Encontré cosas que había perdido en temporadas anteriores, como la estúpida lista de propósitos que elaboré por mi cumpleaños, y que me recordó por qué no debería hacer más listas.

Todos esos objetos inútiles salieron a la superficie uno tras otro, pero ni un indicio de la presencia del paquete.

—Perdona, este maldito bolso parece engullir todo lo que guardo en él —me disculpé, y seguí rebuscando por los rincones de ese pozo sin fondo.

Ahí fue cuando, sin querer, activé la aplicación de música justo donde la había dejado: en mi lista para momentos de bajón o, como los llamamos en mi familia, «momentos chof».

Sin preparación psicológica alguna por mi parte, Unbreak my heart , de Toni Braxton, resonó contra los cristales del gimnasio. ¡No! ¡Y a todo volumen! Os juro que en los auriculares no sonaba tan fuerte.

Una catástrofe en toda regla. Yo sabía que él sabía que, cuando la escuchaba, pensaba en nosotros.

Por si no conocéis la canción, Toni le suplica a su amante que vuelva a amarla, una vez, dos, tres…

y así hasta la eternidad. No hace falta decir más.

Lo peor que te puede pasar en medio de una reconquista: que el otro confirme que te sientes como un despojo humano rogando por una migaja de cariño.

Para empeorar ese embarazoso momento, los gestos rápidos y descontrolados de Enzo delataron la vergüenza ajena que lo embargaba. Y eso, amigos míos, no ayudó a que mis neuronas dejaran de jugar al escondite.

Dios, no encontraba el libro ni lograba apagar la dichosa canción.

—Perdón, perdón… ¡Maldita sea!

—¿Eso sale del teléfono? —me preguntó David, sorprendido.

—Sí. ¡Lo siento! No puedo…

—¿Te ayudo? —sugirió, impaciente. Los demás nos miraban.

—No, es que… ¡Aaah, por fin!

Logré silenciar a la señorita Braxton, pero mi lucha contra el bolso había llegado a un punto muerto. Acepté lo ocurrido: entre las prisas y mi obsesión con la vestimenta, el plan se había ido al traste.

—No me lo puedo creer; me lo he dejado en casa —confesé, bajando la cabeza.

—No te preocupes, Ava. Ya me lo darás otro día —dijo David con una ligera sonrisa.

—Lo siento, no sé cómo…

—Tranquila, no pasa nada. Otro día será.

—Sí, claro.

—Perdona, tengo que irme —se excusó, mostrando el sudor de la camiseta.

Me tocó el hombro con cariño y se fue. Me dejó allí plantada como una tonta. Esa escena no se parecía en nada a la que yo había imaginado. Se suponía que él se quedaría mirándome con cara de corderito mientras yo me alejaba moviendo las caderas igual que una diosa.

¿Dónde estaban las súplicas que debería haber escuchado, los ojos vidriosos al verme de nuevo, las frases de arrepentimiento? ¡¿Dónde?!

—¡Ava, muévete!, ¡vámonos!

Según mi amigo, no estaban allí.

—Ava, ¡venga!

—Pero… pero ¿no has visto, Enzo?

—Vamos, ahora no tenemos tiempo para esto.

Como veis, mi amigo puede ser muy desconsiderado si se lo propone. Sus ganas por conocer el local de moda y codearse con la clientela más selecta eran más apremiantes que acunar con mimo a mi pobre corazón.

Apenas pude recomponerme antes de que, sin darme tregua, Enzo me arrastrara fuera de la avenida Montserrat, dejando mi dignidad aplastada entre vendedores ambulantes y palomas con demasiado descaro.

A paso acelerado, atravesamos las estrechas calles adoquinadas que conectaban el casco antiguo con el distrito más exclusivo de la ciudad, esquivando grupos de turistas que izaban sus cámaras en busca de la postal perfecta de Bellmont.

Esa parte de la ciudad irradia el típico estilo europeo, con sus fachadas antiguas, balcones de hierro forjado y ese encanto imperfecto que solo los adoquines pueden proporcionar.

A medida que avanzábamos, el bullicio quedaba atrás y las calles adquirían un aire más exclusivo: fachadas minimalistas imponentes y coches de alta gama alineados como si formaran parte del mobiliario urbano.

Y entonces, allí estaba: el Up and Down. ¿Tiempo total? Menos de diez minutos. Un récord que alguien debería haber documentado.

Con el aliento casi en las últimas, logramos abrir la majestuosa, reluciente y pesada puerta del restaurante.

Aquella obra maestra estaba tan bien forjada que lograba encapsular la peculiar fragancia del establecimiento: una fusión armónica entre el aroma culinario y los perfumes caros de los comensales.

Nos acercamos al mostrador y el maître nos recibió con amabilidad:

—Buenos días, ¿tenían ustedes reserva?

—Pues no. ¿Cabría la posibilidad de…?

Enzo me interrumpió.

—Disculpe, sí, a nombre de Enzo Orvay. Para dos, a la una y media.

—¿Cómo? —inquirí, confundida.

—Sssh… Ahora no, Ava.

Os lo he dicho: es un artista de la manipulación; ya lo tenía todo planeado.

El maître comprobó la agenda y nos indicó que tendríamos que esperar. Por lo visto, nuestra mesa todavía no estaba preparada.

Aquel hombre de aspecto impoluto no parecía muy contento con nuestra presencia justo en la entrada, bloqueando el paso.

O quizá el responsable de sus miradas de censura fuera mi impertinente atuendo.

No lo sé, pero logró relegarnos al rincón de la vergüenza con una habilidad admirable, todo mientras nos aburría con sus eternas disculpas.

De repente, nos vimos en un espacio diminuto, apiñados y ajenos a la sofisticación que desfilaba ante nuestros ojos.

Decidí no darle demasiada importancia; al fin y al cabo, un poquito más de deshonra no iba a cambiar las cosas.

—¡Qué desastre con David!

Gracias, Enzo. No había tardado ni un segundo en sacarlo a relucir.

—¿Tú crees? —pregunté con sarcasmo.

—Ahora pagarías millones por el neuralizador de los Hombres de negro, ¿eh?

—Vale, déjalo, Enzo.

—Vamos, mujer, ya sabes que la mejor medicina es el humor: gratis, placentero y de eficacia probada.

—Sí, cuando no te pasa a ti.

—Ha sido surrealista. Yo… —mi amigo se pasó la mano por la nuca, con los ojos aún desorbitados— no tenía ni idea de qué hacer.

—Ya, has empezado a balbucear.

—No me salían las palabras… ¡A mí!

—Es verdad —reí.

Me dejé llevar por la comodidad de las risas, hasta que el ambiente cambió por completo.

Guardamos silencio cuando hizo su entrada en el restaurante una pareja imponente, de esas que sabes, sin necesidad de confirmarlo, que son clientes vip.

Ella destilaba elegancia con su porte exquisito, envuelta en un traje de chaqueta negro que combinaba a la perfección con su melena larga y ondulada, tan resplandeciente como un reflejo en el agua.

No le faltaba ni un accesorio: collar, pendientes, anillos…

Cada pieza de su atuendo parecía costar más que mi humilde apartamento.

Y ¿él? Él parecía sacado de un anuncio de ropa interior.

¿Para qué una americana? Cualquier trapo encima de esos pectorales quedaría de maravilla.

Como era de esperar, el maître los atendió enseguida y se apresuró a acompañarlos a su mesa. Nosotros contemplábamos la escena como meros extras.

—¿Sabes quién es ella? —le pregunté a Enzo.

—La tengo vista, pero ahora mismo no caigo… ¿A ti te suena?

—No, es la primera vez que la veo —contesté con rotundidad.

—¿Estás segura? Creo que me la he cruzado por la oficina.

—No, me acordaría.

Después de divagar un buen rato, dedujimos que sería alguna productora famosa en nuestro mundillo.

Los dos trabajábamos en una plataforma musical bastante reconocida.

Enzo formaba parte de la plantilla de redactores, y yo era programadora, bueno, multitarea: también ejercía de diseñadora gráfica, supervisaba la página web y demás cuestiones digitales.

Cualquier cosa que tuviera relación con algoritmos ordenados y patrones estructurales era lo mío.

—Mira, viene el maître —comentó Enzo con ojos risueños.

—Ya era hora —murmuré entre dientes.

—Por aquí, señores. Su mesa ya está lista.

Lo seguimos, impacientes por sentarnos por fin con los dignos y respetables. No obstante, al cruzar el ecuador del salón y ver que el maître no disminuía la velocidad, empezamos a preocuparnos; al menos yo.

—¿A dónde nos lleva? —le susurré a mi amigo al oído.

—Tú sigue adelante.

—¿Este sitio es tan grande?

—Sonríe y calla.

—¿Aquí les va bien? —nos ofreció el maître , extendiendo la mano—. Espero que disfruten.

Y desapareció.

—¿Cómo? —me indigné.

—Déjalo, Ava; ya estamos aquí.

—Sí, aquí. —Abrí los brazos—. En el rincón sombrío al lado de los lavabos.

—¡Qué más da! ¡Vamos a disfrutar! Haz caso al chef Adrià Albires. Mira la placa. —Sonriente, señaló la pared.

Alcé la vista para leer las palabras grabadas en metal: «La verdadera magia de la comida está en el plato, no en la mesa».

—Claro, qué listos. Muy conveniente. Justo aquí, en la peor mesa del restaurante.

Mi amigo se rio y empezó a devorar el pan como si llevara días en ayuno.

—Lo importante es que comamos bien —insistió con la boca llena.

Y lo cierto es que, cuando llegó el primer plato, tuve que admitirlo: el chef Adrià tenía razón.

Después de devorar el magret de pato con reducción de frutos rojos y puré trufado, suspiré satisfecha y deposité los cubiertos sobre el plato vacío.

—Bueno, bueno… Ahora a ver qué hay de postre —comenté mientras analizaba con detalle la carta de dulces.

—¡Ya lo tengo! —gritó Enzo, dando un golpe en la mesa.

—¿Ah, sí? ¿Qué vas a pedir?

—¡No! ¡Que ya sé quién es! ¡Es Laura! —Como si yo tuviera que saber quién era Laura—. Sí, hombre; fuimos compañeros en la universidad. ¡No puedo creerlo!

—¿Qué no puedes creer?

—¡Que ahora esté así! Hace pocos meses visité su Instagram y continuaba tan ordinaria como siempre.

—¡Enzo! —le reproché.

—¿Qué narices habrá hecho? —murmuró mi amigo.

Aquí la tenéis: la pregunta inicial. Todo juego empieza en la casilla de salida, y todo inicio que se precie surge de una buena incógnita.

¿Habéis notado que lo mejor de la vida nace de una pregunta?

No son simples ocurrencias; nos señalan qué parte del mundo estamos preparados para explorar.

Aunque no todas las preguntas son iguales. Las hay que abren caminos y otras que nos hacen movernos en círculos. No es lo mismo pensar «¿y si algo así también pudiera pasarme?» que «¿por qué todo lo bueno siempre les sucede a otros?».

Lo que miras no cambia lo que hay, pero sí cambia lo que ves.

Es como cuando deseas un coche de un color concreto y, de repente, empiezas a encontrarte ese modelo por todas partes. ¿Aparecen de la nada? No, siempre estuvieron ahí. Solo que ahora los estás notando.

Por eso las palabras que usamos tienen más peso del que creemos. No porque lo cambien todo, sino porque colorean cómo lo vivimos.

Y en cuanto a mi amigo, ¿quién sabe hacia dónde nos llevará su interrogante?