U-Delivery: Pedido confirmado. Pero no como imaginas Capítulo 2 Una ficha y un deseo #2
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Capítulo 2 Una ficha y un deseo #2

En contra de lo que pueda parecer, es amigo mío, además de compañero de trabajo.

Y aunque suele ser buena persona, va sobrado de lengua y escaso de modales.

Es como una versión más joven y sin escrúpulos de George, el de La boda de mi mejor amigo.

Si quiere algo, irá a por ello sin importarle los daños colaterales. Doy fe de eso.

—¡Avaaa, sabes que lo haré! ¡Ábreme ya!

El muy canalla sabía que yo odiaba perder el control, algo que solía pasar después de escuchar una oferta tentadora como: «¿Un chupito de tequila?

». De la noche de karaoke, solo recordaba los dos primeros.

Aquel material era demasiado sensible para dejarlo en manos de mi ansioso amigo.

Mi mejor opción era tapar las consecuencias de alimentar al «Goonie» más de la cuenta y abrir la puerta sin dilaciones.

—Hola, Enzo —saludé, resignada.

—¡Por el amor de Dios, Ava! Mírate; ponte algo decente y salgamos de aquí —exclamó, esquivándome con un gesto de repulsión mientras se colaba en casa.

—¡Enzo!

—Se acabó, el lunes vuelves a la oficina. Es insoportable sin ti.

Claro, era muy fácil decirlo, ¿de verdad alguna vez le ha funcionado a alguien esta técnica tan novedosa?

«Vuelve a trabajar, Ava»; «sé feliz, Ava»; «pasa de él, Ava»; «pon buena cara, Ava»…

Pues hala, dejo de sentirme como si el vacío me engullera hasta un agujero negro con vistas al infierno, y listo.

Por si no lo sabéis, lamento deciros que no funciona. Así que, no, no estaba dispuesta a salir de mi amargura hasta que la vida me devolviera lo que me había quitado, aquello que la hacía única.

—Enzo, déjame en paz. ¿No ves que no estoy de humor? —refunfuñé, sin mucho éxito.

—Ava…, no me cabrees más. Si no espabilas…

Unos nuevos golpes en la puerta interrumpieron la inminente amenaza de Enzo. Menos mal que, esa vez, el visitante fue más compasivo con la antigua hoja de roble.

—¿Quién será? —le pregunté a Enzo con la mirada.

Era una pregunta retórica, pues yo ya había hecho mis cábalas.

Aquí tenéis una recreación del diálogo mental que mantuve en un pestañeo:

Ava Soñadora: Y si… ¿es David?

Ava Realista: No puede ser. Tiene llaves.

Ava Soñadora: Pero nos hemos dado un tiempo, por eso llama a la puerta.

Ava Realista: No creo.

Ava Soñadora: Ay, sí… ¡Ojalá!

Ava Realista: No, ¡ojalá que no!

Ava Soñadora: ¿Por qué no?

Ava Realista: Mírate al espejo.

Abrí la puerta bajando la vista y tirando del borde de mi camiseta arrugada mientras intentaba controlar el temblor de mis manos ante la posibilidad de recuperar mi añorada vida.

—Buenos días, señora.

¿Señora? Empezábamos mal.

—¿Este paquete es para usted? —preguntó el grosero del repartidor.

—A ver…

Cogí el bulto para comprobar los datos.

—¡Oh, no!

—¿Ocurre algo, señora?

Y dale con lo de «señora».

—No, nada —respondí, abatida —. Es para mí.

Firmé el justificante y cerré la puerta con las pocas fuerzas que le quedaban a mi corazón apaleado.

Aquel maldito paquete contenía el libro que yo había encargado para el cumpleaños de David, el que había escrito un gurú de las finanzas.

Lo apreté contra mi pecho, sintiendo cómo esa incómoda emoción se enroscaba en mi estómago.

Ojalá hubiese podido hacer una bola con ella, estrujarla, sacarla de mi cuerpo, darle una patada y que desapareciera en el horizonte; sin embargo, la muy mezquina se resistía a abandonarme.

—Buff… ¿Te lo puedes creer, Enzo? ¿Qué hago ahora con esto? Es un recordatorio permanente de…

—Tíralo.

—Eres un bestia —le contesté, rotunda.

—Pues dime tú qué vas a hacer con un libro de economía avanzada.

—No sé, pero no voy a tirarlo.

—Ava, admítelo.

—¿El qué?

—Está bien, hagamos un trato: te acompaño a entregarle el libro a David y tú me invitas a comer al Up and Down.

La agilidad mental de mi amigo para sacar provecho de las situaciones es algo que nunca dejará de sorprenderme.

Y claro, no podía haber elegido otro sitio: el Up and Down, un local recién inaugurado donde la élite de Bellmont presumía más de apellido que de apetito.

Aunque debía reconocerlo: parecía un buen plan para escapar del pozo infernal en el que me encontraba hundida.

No del todo sano para mi estado emocional, de acuerdo, pero una salida, después de todo.

Sin que sirva de precedente, Enzo tenía razón. En el fondo, era lo que yo andaba buscando: la ocasión perfecta para recordarle a la justicia cósmica y a David que debíamos estar juntos.

Tenía todo lo necesario:

El lugar. Sabía, sin ninguna duda, dónde estaría mi ex un sábado por la mañana: en el gimnasio de la avenida Montserrat.

Una excusa creíble. Al final, tendría que darle las gracias al repartidor impertinente por ese maravilloso pretexto.

Una coartada plausible. El gimnasio quedaba en la dirección del restaurante al que Enzo quería ir.

Yo había imaginado ese primer reencuentro un millón de veces, y todas ellas, el simple pensamiento me hacía relamerme de satisfacción: David con cara de tonto al verme de nuevo, retorciéndose como una serpiente a causa de los remordimientos.

Vamos, lo típico.

Para recrear esa escena tan placentera, nada mejor que una elección de prendas a la altura. Ahora bien, por la cara que puso Enzo al verme, no sé si acerté con el modelito.

—¡Eh! ¿A dónde vas así? Se te han caído la falda y el buen gusto.

—¡Qué gracioso! Gracias por tu apoyo.

—Eso intento, ayudarte.

No niego que el look era arriesgado, pero él no conocía a David como yo. Si le recordaba lo que se estaba perdiendo, quizá cambiaría de opinión. No había límite que no estuviera dispuesta a traspasar para recuperarlo, ni siquiera el de mi falda.