Capítulo 2 Una ficha y un deseo
Siempre supe que David estaba por encima de mis posibilidades, pero no esperaba que él lo descubriera.
—Perdona, necesito un tiempo —dijo, con esa mezcla de seriedad y delicadeza que solo él podía lograr.
—¿Un tiempo para qué? —pregunté, convencida de que, como de costumbre, estaba inventando alguna excusa para escaquearse de la cena familiar.
Detestaba los hashtags interminables de mi adorable prima Carolina.
«#CenaEnCasa #TartaDeQuesoCasera #DavidNoComePostre»—.
Anda, dúchate, que al final llegaremos tarde.
Ya sabes cómo se pone el centro el Día de la Estrella.
—En serio, no puedo ir. Créeme que lo siento, pero necesito alejarme.
Tardé unos minutos en darme cuenta de que «alejarse» no significaba que tuviera una enfermedad contagiosa que lo obligara a guardar cuarentena.
Tampoco se trataba de una de sus bromas, esas que me sacaban de quicio pero terminaban haciéndome reír.
Sus ojos estaban demasiado fríos, y su tono, tan calmado que supe que había llegado el momento de enfrentarme a la verdad: el hombre ideal había decidido que yo no encajaba en su impecable mundo.
Así era David, perfecto hasta para romperme el corazón.
No solo era guapo, sino que tenía un je ne sais quoi hipnótico que hacía que cualquier mujer girara la cabeza al pasar.
Y luego estaba su aroma: olía a hombre maduro y responsable pero, a la vez, tierno y divertido; a hombre de éxito y ambicioso, aunque de gestos dulces y cálidos; a chico elegante y refinado pero, al mismo tiempo, alocado y genuino. Olía a todo eso.
Me acuerdo como si fuera ayer de la noche en que lo conocí: aquel pub abarrotado, el hechizo que sentí antes siquiera de que llegara a la barra, y cómo, por primera vez en mi vida, la dichosa vocecita en mi cabeza se quedó muda.
De verdad, no dijo absolutamente nada. Cero comentarios.
Silencio. Sucumbió a ese sentimiento sin oponer la menor resistencia.
Supongo que ese día Cupido buscaba un buen desafío, porque un flechazo era lo último que yo esperaba.
Sí, lo admito: no soy de las que se enamoran con facilidad.
Mi mente controladora siempre encuentra algo que objetar, alguna alarma que disparar.
Pero con David no hubo nada de eso. Fue como si mi lógica se hubiera ido a un balneario.
Lo curioso es que, en aquel momento, no me importó. Había algo en él que me hacía sentir especial. Incluso sabiendo que yo no era el tipo de mujer que cualquiera esperaría ver a su lado. No me malinterpretéis: tal vez no sea una modelo de metro ochenta, pero tengo mi encanto.
Es cierto que no rezumo exuberancia por cada poro de mi piel, ni tengo el pelo rubio platino ni unos ojos azules impactantes. En realidad, poseo la variante más común de todo lo que acabo de mencionar, pero, perdonad, no hay que menospreciar lo corriente si está puesto con gracia y acierto, ¿no?
La verdad es que me manejo bastante bien con los recursos de los que dispongo.
Claro que, por aquel entonces, no todo el mundo lo veía así.
Mi estilo, según mis amigas, era demasiado monjil y discreto.
Sobre todo, para Bárbara, que considera que la vida es demasiado corta para llevar tonos neutros.
Ella, con su insaciable entusiasmo por los colores llamativos y las prendas ajustadas, nunca entendió mi preferencia por la discreción.
—Si sigues vistiéndote así, te van a confundir con una profesora de literatura del siglo pasado —solía decir con dramatismo.
Amanda, en cambio, no comprendía cómo yo podía salir de casa sin haber invertido, al menos, media hora en perfeccionar mi look . Para ella, el buen gusto es un deber ineludible.
—Querida, los neutros pueden ser elegantes, pero hay que saber llevarlos —opinaba, observándome con ese gesto crítico que reservaba para los estilismos desafortunados.
Y luego estaba Milena, que siempre hallaba el modo de reírse de mi tensa relación con las cámaras. Según ella, mi falta de riesgo se reflejaba hasta en mi forma de posar para las fotos.
—Las cámaras te odian —decía entre risas—. Es algo personal, un boicot deliberado. Lo han hablado entre sí y han decidido pillarte siempre en el peor ángulo.
—No es culpa mía —gruñía yo—. Esos aparatos insensibles me han declarado la guerra.
—¡No hagas ni caso! Sales guapísima —me decía Renata con su optimismo inagotable.
Lo odiaba. Nada me enfurecía más que ese cumplido envenenado.
Pero ¿sabéis qué? Al final, no se trataba de salir bien en las redes sociales o de que el vestido me apretara más que un guante de látex. Se trataba de que alguien, algún día, mirara más allá de todo eso. Como si yo fuese única, como si todo lo demás desapareciera.
Y quizá por eso, mi forma de entender el amor era diferente a la de la mayoría.
No necesitaba grandes despliegues ni juegos de seducción.
Mi presencia silenciosa debía ser suficiente reclamo para el destino.
Nunca soñé con desfilar como un pavo real en busca de atención.
Mi sueño era más simple: que alguien, sin más, me encontrara.
Igual que en esas películas donde el quarterback descubre a la chica reservada que pasa desapercibida entre la multitud.
Parece algo que solo ocurre en Hollywood, ¿verdad?
En el mundo real, pasar de puntillas por la vida es sinónimo de una existencia aburrida, sosa e insulsa.
Tenéis razón, así es… hasta que, de repente, una noche de otoño, el chico más guapo que has conocido jamás cae rendido al verte cruzar la pista de baile.
Así ocurrió con David. Aquella noche, los focos me apuntaban a mí, solo a mí. Por fin, mi lejana fantasía se hizo realidad. Y, como si el guion hubiera dado un giro inesperado, dejé de ser la actriz secundaria de mi propia historia.
¡Ah, qué momento! Resultó mágico.
Y lo fue durante meses. Cinco meses, dos semanas y tres días, para ser exactos. Casi medio año encarnando a la novia perfecta.
Sin embargo, llegó ese día.
—De verdad. Necesito un tiempo para tenerlo claro.
¡Venga ya! Lo nuestro había sido amor a primera vista, no había nada que pensar. El angelito regordete del arco y las flechas no podía estar equivocado.
Sin causa aparente (o ninguna que yo entendiera), mi cuento de hadas empezó a desmoronarse, dando paso al peor episodio de mi vida.
En la noche más luminosa del calendario de Bellmont, con sus calles abarrotadas de luces y celebraciones, yo me apagaba lentamente en mi sofá, sumida en mi propia oscuridad.
En vez de pasar la velada con mi prima, discutiendo si admirar los escaparates de lujo del paseo Enrique I cuenta como cardio emocional, terminé aferrada a un bol de palomitas, devorándolas sin tregua, como si así pudiera digerir la desgracia.
Para completar el cuadro, el rímel corrido y mis ojos hinchados apenas me dejaban ver la película de Indiana Jones que emitían por la televisión.
Incluso en ese estado penoso, observé con atención la escena del sacerdote arrancándole el corazón a aquel pobre infeliz.
En ese instante, sentí un pinchazo de envidia.
Vale, el hombre estaba teniendo un mal día, pero era afortunado.
Al menos su agonía iba a ser corta, directa y sin dolor.
En cambio, mi sufrimiento… mi sufrimiento solo acababa de empezar.
Mis amigas y yo habíamos planeado una escapada de senderismo por la Sierra de Oriente para el mes entrante, una ruta interminable que acepté más por presión social que por auténtico interés.
Pero yo no podía esperar tanto para zambullirme en el fango, así que decidí invertir esos días de «vacaciones» en regodearme en mi desdicha, revolcarme en la autocompasión y disfrutar de ello.
Sí, los humanos nos sentimos bastante a gusto al compadecernos de nosotros mismos.
Cambié la montaña por el sofá, el aire fresco por mis lamentos intermitentes y las vistas panorámicas por el techo desconchado de mi salón.
No sería un reto físico, pero emocionalmente, ya estaba escalando mi propio Everest. Y en lugar de gloria, esa cumbre solo me ofrecía una rutina desastrosa: vestir la misma ropa día tras día y seguir una dieta rica en azúcar, alcohol y pensamientos siniestros.
Mi casa se había transformado en el escenario de una tragicomedia interna, con una comunidad de personalidades en pleno caos: el glotón de Los Goonies , el pitufo gruñón y un apático zombi de The walking dead . Y para colmo, ninguna de ellas se soportaba entre sí.
Uno de esos días oscuros, mientras mis otras personalidades y yo dormíamos de forma profunda, alguien empezó a aporrear la puerta con una insistencia insultante, un ruido que no se podía ignorar.
Al abrir un poco los ojos, noté que había algo de luz.
Parpadeé varias veces, desorientada, sin tener ni idea de la hora que podía ser.
A duras penas lograba enfocar la mirada, pero cuando lo hice, vi con claridad el reloj: eran las 11:11 .
Lo sé porque esa hora vibró en todo mi cuerpo como un relámpago vigoroso.
A medida que mi mente volvía en sí, al estruendoso ruido lo acompañó mi nombre. Ah, por cierto, todavía no me he presentado formalmente: soy Ava Carter, encantada de conoceros.
—¡Avaaaaaa! Abre la puerta; sé que estás aquí. O me abres o te juro… te juro que cuelgo en internet el vídeo del karaoke.
El que gritaba a pleno pulmón era Enzo, un apodo que él mismo ha elegido. Dice que el nombre que le puso su padre carece del glamur y distinción que merece su temperamento arrollador. Le he insistido infinidad de veces, pero nunca me ha revelado lo que consta en su certificado de nacimiento.
Cualquiera que lo vea lo entiende, porque ese alias casa perfectamente con su estatura abusiva y su torso injustamente definido. Según sus propias palabras, producto de una genética envidiable, ya que no ha levantado una pesa en su vida.
Siempre va vestido y arreglado para la ocasión, como un hombre de portada, haciendo gala de unos ojos verdes de determinación inquebrantable.