10 Zoe Mason #3
Veo formarse otra maléfica sonrisa en su boca y entonces hace lo imposible.
En lo que parece un mínimo esfuerzo para él, alza los antebrazos, llevándome con ellos.
El vacío que deja su polla es infinito, pero este es enseguida sustituido con su boca voraz.
Con su cabeza entre mis piernas, mis muslos en sus hombros, Mason comienza a devorarme como si fuera el postre más deseado.
Todo su cuerpo está en tensión, pero su lengua y labios no paran de chupar y succionar.
Yo intento mantener el equilibrio como puedo encima de él, agarrando su cabeza con mis manos.
Los sonidos animalescos que salen de su boca me mandan directamente al tercer orgasmo casi sin darme cuenta. Mi cuerpo no puede más.
—Para, Mason, por favor… no, no, espera. ¡No pares!
Mi cuerpo retumba ante la risa diabólica de Mason entre mis piernas.
En un acto de piedad, me baja de nuevo entre sus brazos.
Yo lo abrazo, aún temblando por todo lo que mi cuerpo está experimentando y tratando de asimilar.
Entonces me sujeta solo con un brazo mientras con el otro vacía de un manotazo el escritorio, apoyándome delicadamente sobre este, sus manos por fin libres para comunicar, no solo con sus ojos.
Eres una puta obra de arte, ¿a quién perteneces, pequeña?
Hay una fuerza en cada seña que me deja sin habla, no logro articular palabra…
A ti, Mason, soy tuya… hazme tuya, por favor. Recurro a mis manos para transmitirle lo que siento en lo más profundo de mi ser.
Sus ojos se iluminan, veo una emoción en ellos que se transforma en pura pasión en el momento en que sus manos comienzan a moverse.
Relájate y respira hondo, Zoe, porque voy a destrozarte, amor mío.
Sus manos pasan a mi cuerpo de nuevo, posicionándome al borde de la mesa.
Sin siquiera ayudarse de ellas, acerca su polla a mi entrada, frotándose contra mí mientras se empieza a quitar la chaqueta militar.
Mis ojos casi saliéndose de las órbitas cuando por fin me deja admirar la perfección de su cuerpo.
Totalmente desnudo ante mí, a excepción del pasamontañas: un sueño hecho realidad.
Me pone de lado, alzándome una pierna que apoya en su pecho.
Entonces, de un golpe, me penetra. Estoy empapada; mi cuerpo respondiendo tan bien a su delicioso ataque hace a Mason resoplar de placer a través de la máscara.
Su agarre y movimientos son fuertes, brutales.
La mesa se clava en mis caderas, pero no siento dolor, o a lo mejor sí, pero se mezcla perfectamente con el placer y ya no diferencio uno del otro.
—Necesito tu boca, quiero besarte —le digo entre gemidos y jadeos.
Por un momento parece dudar, pero finalmente cede, pasando mi pierna alrededor de su cadera, acercando su cara hasta la mía.
Yo le acaricio a través de la máscara, pero mis dedos anhelan su piel.
He tenido suficiente máscara. Quiero… necesito ver su cara.
Se lo quito de una pasada, liberando su maravilloso rostro.
Mechones de pelo caen sobre su frente, deliciosamente brillante por el sudor.
Su boca dibuja una sonrisa cuando ve mi cara de felicidad ante la suya, por fin al descubierto.
Mis manos la acarician, rozando la comisura de sus labios.
Es ahí cuando se lanza a devorar los míos.
Un beso desesperado, hambriento, húmedo, que me hace gemir entre sollozos pues su ritmo no ha decaído, de hecho, aumenta por momentos.
—Mason… gracias… —más que un susurro se trata de un sollozo en sus labios.
Él sonríe, dándome un dulce beso sobre mi nariz, rozándola después con la suya en un gesto que me derrite.
Es ahí cuando siento cómo se tensa; un gruñido gutural acompaña su liberación.
Se corre dentro de mí, besando desesperadamente mis labios para después enterrar su cara en mi cuello.
Con la respiración todavía entrecortada, Mason retira su cara de mi cuello para mirarme.
Yo le acaricio su frente empapada, apartándole mechones de pelo de los ojos.
Entonces veo que sus labios se empiezan a mover, su lengua rozando sus dientes como en un intento de formar la letra Z.
Una expresión de sorpresa inunda mi cara.
Nunca había intentado pronunciar nada, no desde el accidente, cuando era solo un niño.
Siento que mi corazón se me va a salir del pecho.
Por un momento veo un rayo de esperanza atravesar sus ojos, pero desvanece en el momento en el que ningún sonido brota de sus labios.
Esos inmensos ojos azules se vuelven cristalinos, aguados.
Te amo, Zoe, tantísimo… declara con manos temblorosas.
—Sí, mi vida… y yo a ti. Está bien, está bien —digo, las lágrimas nublan mi visión.
Estoy aquí… le signo sin dejar de mirarle a los ojos.
Quiero que sea tu nombre. Sus manos son delicadas pero seguras. Mi corazón se rompe cuando veo la frustración y algo de rabia en sus ojos. Mis manos agarran dulcemente su rostro, obligándolo a mirarme.
—Mason… ya lo es —susurro, mi voz rota. Apoyo mi frente en la suya, nuestras respiraciones mezclándose—. Está en todo lo que haces, en cada gesto, en cada mirada. No necesitas decirlo para que yo lo escuche.
Sus ojos se cierran y una lágrima cae sobre mis labios. La recojo con un beso lento, dulce, agradecida de tenerlo, completo, justo así.