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9 Ivy Ares

Ivy + Ares

Veo aparecer su moto por el espejo retrovisor.

Misma hora, mismo lugar, nunca falla. Cuando por fin llegamos al primer semáforo, miro hacia la izquierda con la misma sonrisa que cada día me delata un poco más.

Ahí está, cabeza girada hacia mí, apoyada sobre su mano izquierda mientras con la derecha me manda un beso.

El oscuro casco y los enormes guantes hacen todo aún más gracioso… o, más bien debería decir, ¿sexy?

Con la luz verde, arrancamos. Por supuesto, el estridente ruido de su motor retumba en todo mi coche.

Pongo los ojos en blanco mientras niego con la cabeza, pero sin poder evitar la sonrisa en mis labios.

Nunca me han gustado las motos, pero desde que este desconocido entró en mi vida hace un par de semanas no he podido quitármelo de la cabeza.

¿Cómo sería la sensación de conducir en la noche, pegada a su espalda grande y fuerte, agarrándolo por la cintura?

Se me acelera el pulso solo de pensarlo.

Ni siquiera le he visto la cara; de su cuerpo intuyo solo que es alto y grande, la ropa oscura de moto que lleva no me deja ver más.

En el siguiente semáforo comenzamos con nuestro ya conocido juego de cuál es tu número de teléfono.

De momento llevamos solo tres cifras, la luz verde nos interrumpe justo antes de llegar a la cuarta.

Pero hoy me he despertado más valiente de lo normal, he decidido que en el próximo stop se lo daré directamente.

Necesito saber más de él. Un camión se pone en nuestro camino en el momento en el que le quería dar el papelito con mi número apuntado.

Mi cabreo es considerable, en el próximo cruce es cuando normalmente él gira y ya no nos veremos hasta el lunes por la tarde.

El corazón me da un salto cuando veo que no gira en su cruce, ni en el siguiente.

Me está siguiendo descaradamente y yo no sé qué sentir.

No puedo ir a mi casa, no puede saber dónde vivo, por suerte un semáforo en el que se queda parado me da ventaja.

Decido ir al bar de mi barrio, normalmente está lleno y hoy aún más siendo viernes por la tarde.

Aparco y entro antes de que él llegue, me coloco en una mesa situada cerca de la ventana desde donde puedo ver cómo llega.

Cuando lo hace, aparca, se baja de la moto con facilidad y se queda apoyado en ella sin quitarse el casco. Decido esperar a ver lo que hace.

Después de media hora, y dos copas de vino, siento que no puedo aguantar más.

Quiero aprovechar la valentía que me brinda el alcohol y salgo decidida a enfrentarme a él.

Mis piernas tiemblan según me voy acercando porque es mucho más alto de lo que me esperaba.

A pesar de que esté apoyado en la moto, tengo que alzar la cabeza igualmente.

Tiene los brazos cruzados en el pecho y una pierna sobre la otra.

No me da tiempo a abrir la boca cuando él dice: —Seis —su voz suave, algo ronca, camuflada por el casco hace que un cosquilleo recorra mi bajo vientre.

—¿Qué?

No es una palabra, es más bien una especie de ruido que sale de mi boca temblorosa, pero parece que me entiende porque continúa: —El siguiente número. 6756, son las cuatro primeras cifras de tu teléfono, ¿es así?

No me lo puedo creer, ¿media hora esperando para decirme esto? Asiento, más entusiasta de lo que me hubiera gustado mostrar, pero no lo puedo evitar… su voz, su presencia, su olor, me siento embriagada y las piernas me fallan ligeramente.

—No podía esperar hasta el lun…

—¿Me das una vuelta en tu moto? —lo interrumpo descaradamente.

Madre mía, ¿soy yo la que ha dicho eso? Su risa me abraza y me hace pasar toda la vergüenza, solo por ella ha merecido la pena.

—Y yo aquí pensando en mil maneras de pedírtelo, te me has adelantado —dice con un tono dulce—, pero no tengo otro casco aquí, puedo acercarme al trabajo a cogerlo… si me esperas. No serán más de diez minutos.

De nuevo lo único que puedo hacer es asentir entusiásticamente. Si vuelve en diez minutos después de haber mostrado lo patética que soy, es que este chico tiene aún más problemas que yo.

—No tardo. Trabajo en el cuartel de bomberos que hay a unas manzanas y voy a ir avisando a mi compañero Mason, para que me baje el casco a la entrada.

Efectivamente, es un chico de los que trae problemas porque a los nueve minutos está de vuelta con el segundo casco.

Por un momento pienso en correr y esconderme dentro del bar, pero saco fuerzas y decido luchar contra esa voz.

Estamos rodeados de gente y además es bombero, se dedica a cuidar a la gente… ¿qué es lo peor que podría pasar?

—¿Sabes cómo ponértelo? —me dice mientras me entrega el casco.

Esta vez, en lugar de asentir, niego… enérgicamente.

—Ok, es much…

—Espera… antes de ponérmelo, quiero ver tu cara.

¿Por qué soy incapaz de dejarle acabar una frase? El vino está tomando las riendas de esta conversación y no me puedo quejar en absoluto.

—Me parece justo, yo tengo memorizada la tuya y tú no sabes ni de qué color son mis ojos —diciendo esto se alza la visera—. Marrones, por cierto, nada del otro mundo.

Me da un respingo el estómago cuando veo sus ojos.

Marrones, sí, pero no un marrón cualquiera, es un color claro con motas doradas; su forma rasgada y las cejas oscuras y marcadas crean un marco increíble para ellos.

Mechones de pelo castaño ondulado caen a su alrededor y yo necesito parpadear para poder seguir respirando.

Lo tiene que notar porque veo cómo se rasgan un poquito más, delatando una sonrisa bajo el casco.

Cuando por fin se lo quita me quedo boquiabierta y esta vez no intento ni disimular.

Esos mechones de pelo pasan a ser una media melena de cabello ondulado totalmente despeinado.

Se pasa la mano para intentar colocarlo, pero consigue solo darle un toque más salvaje, si cabe.

Una fuerte y marcada mandíbula rodea una boca grande, de labios carnosos.

Un pendiente en cada lóbulo, uno de ellos un pequeño dilatador de color negro.

Mi respuesta, en línea con mi patético comportamiento en general, es ponerme el casco rápidamente sin añadir nada, como si me tuviera que esconder de su belleza de algún modo.

—Déjame ayudarte —dice con una resplandeciente sonrisa mientras me alza el cuello para ajustar el cierre.

Sus dedos me rozan ligeramente, erizando la piel allá por donde toca.

—Lista para volar —susurra, guiñando un ojo y bajando la visera de mi casco de un toquecito.

Ese guiño hace que mi corazón se salte dos o tres latidos.

Con su casco colocado y sentado en la moto, me ayuda a subir delicadamente, colocando mis manos en el tanque delante de él.

—¿A dónde, señorita? —dice, ladeando la cabeza hacia mí.

—A las estrellas.

El vino haciendo referencias a películas de los 90 es algo que no me esperaba.

Oigo su risa camuflada por el casco y ensordecida por el motor cuando arranca.

La adrenalina fluye por mis venas y, por primera vez en mucho tiempo, siento mi cuerpo relajarse.

A pesar de los números aumentando en el cuentakilómetros y el potente motor que ruge entre mis piernas, siento cómo entro en un estado de quietud.

¿Quién me iba a decir que la velocidad tendría este efecto en mí?

O quizá no sea la velocidad, sino mi cuerpo informándome de que estoy segura, de que puedo dejarme llevar y no necesito seguir restringiendo lo que de verdad quiero y necesito.

Entonces no lo reprimo más y grito a pleno pulmón. No quiero que este momento acabe nunca.

Después de media hora de algún que otro acelerón y sustos acompañados de gritos y risas desesperadas, siento cómo su mano acaricia lentamente mi pierna.

Este gesto solo me confirma todo lo que mi cuerpo intenta demostrarme desde que me habló por primera vez.

Esa energía… no la sentí solo yo. Así que hago lo que mi voz interior me está pidiendo a gritos: me lanzo al vacío quitando las manos del tanque para apoyarlas en su pecho.

Siento el calor de su cuerpo incluso a través la chaqueta de cuero.

Mis manos cobran vida y recorren su pecho, bajando por los abdominales.

No hay temblor en ellas, pero puedo sentir cómo su pulso se acelera, cómo su respiración se entrecorta cuando entrelazo mis dedos con los suyos.

El motor todavía vibra bajo mis piernas cuando detiene la moto al borde de la carretera. Aprieto un poco más los brazos alrededor de su cintura, sin querer soltarlo todavía.

—No te muevas —dice, girando apenas la cabeza—. Te fías, ¿verdad?

Sus manos grandes buscan mis muslos, firmes y seguras.

La moto se inclina apenas hacia un lado y mi corazón da un salto.

Antes de que pueda pensar, él me levanta con facilidad, guiándome hacia delante, hasta quedar cara a cara (más bien casco a casco) con él.

Mi respiración se atasca cuando mis rodillas quedan a cada lado de su cuerpo.

Estoy sentada en el tanque de la moto, pero él pone sus manos a ambos lados de mis piernas para ayudarme a mantener el equilibrio.

—Así está mejor —murmura mientras levanta mi visera; entonces levanta la suya también y yo me pierdo de nuevo en esos ojos—. Sé las cuatro primeras cifras de tu móvil, pero aún no sé tu nombre, creo que hay algo que no estamos haciendo bien.

—Ivy, me llamo Ivy.

Hay un silencio incómodo del que no sé cómo salir.

—¿Quieres que te diga mi nombre, Ivy? —dice riéndose por lo bajo.

Mi modo (ya normal) de asentir llega a niveles absurdos gracias al enorme casco.

—Ares —dice, y por supuesto que su nombre es sexy también—. Estás muy tensa, Ivy, ¿sueles ponerte así cuando montas en motos de desconocidos?

—Mira que lo hago una vez a la semana, pero no me acabo de acostumbrar —logro decir, más relajada.

—Veo que está funcionando —me dice con un susurro.

—¿El qué? —pregunto, aunque sé perfectamente a qué se refiere.