9 Ivy Ares #2
Sus manos acarician mis muslos con una delicadeza y sensualidad que me embriaga.
En ellas noto deseo, pero al mismo tiempo es un intento de hacerme sentir segura.
Es como si este perfecto desconocido, después de dos semanas de conversaciones silenciosas a través de un cristal, hubiera visto algo dentro de mí que muchos otros no han llegado a ver nunca.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —me dice.
—¿Me tengo que asustar? Venga… —bromeo.
—Oh… ¿no más afirmaciones con la cabeza? Las voy a echar de menos… —dice con un tono triste forzado; la sonrisa le llega a los ojos, que se iluminan al instante—. ¿Puedo tocarte un poco más?
Su tono de voz cambia por completo, se vuelve grave, emanando una sensualidad aplastante y yo siento que ha llegado el momento de tomar el control.
Lentamente bajo mis manos hacia donde están las suyas y se las arrastro hasta mi culo.
Él no pierde la oportunidad y me agarra fuerte, empujándome hacia él.
Mi culo se desliza por el tanque hasta llegar a su cuerpo, sentándome a horcajadas con mis muslos encima de los suyos, mi centro alineado totalmente con el suyo.
Siento al instante cómo empieza a endurecerse.
Alza una mano por mi espalda mientras la otra sube peligrosamente desde mi nalga hasta mi estómago, continuando hasta mi pecho.
Con esta me empuja hacia abajo mientras que con la otra impide que me haga daño contra la moto.
Mi espalda se ajusta totalmente a la silueta del tanque y mi cabeza cae lentamente en el manillar.
Es en ese momento cuando empieza a acariciarme con ambas manos, recorriendo mi estómago y mis tetas, pero nunca se para.
Llega incluso hasta mi cuello, metiendo un dedo bajo el casco y tocando mi barbilla.
Mi cuerpo es una explosión de sensaciones, allá donde toca su mano mi piel arde y se relaja al mismo tiempo.
Me ayuda a incorporarme y me aprieta fuerte contra su pecho, mis brazos alrededor de su cuello.
Nuestros cascos se rozan en la zona de la boca y veo cómo Ares cierra los ojos mientras gruñe suavemente.
Sus manos continúan acariciando mi espalda.
—¿Vives muy lejos? —no puedo evitar preguntar en voz alta lo que mi mente me grita desde que empezó a tocarme.
—Unos veinte minutos, pero puedo llegar en diez.
Estoy segura de que la velocidad que alcanzamos roza los límites permitidos, pero las ganas que tengo de tenerlo entre mis piernas son más fuertes que el miedo y disfruto el viaje agarrada fuerte a su cintura, tocando su esculpido pecho en los semáforos, maravillada de la perfección de su cuerpo.
Sin duda, el nombre de dios griego le queda que ni pintado.
Cuando aparcamos en su garaje me ayuda a bajarme de la moto; las piernas me tiemblan, no sé si de la velocidad o del calor que aún emana mi cuerpo.
En el momento en que se quita el casco se me corta de nuevo la respiración, no me acostumbraré nunca a lo guapo que es.
Ares hace una medio sonrisa, como si hubiera leído mis pensamientos, y empieza a ayudarme a quitarme el casco.
Cuando por fin me libera de este, me clava los ojos serio y resopla.
Con una mano agarra un mechón de mi pelo, colocándolo detrás de mi oreja, dejándola ligeramente apoyada en mi mejilla; sus dedos tiemblan ligeramente.
—Eres increíble, Ivy, lo sabes, ¿verdad?
—dice mientras su mano baja suavemente por mi cara—.
Pensarás que estoy loco, que no te conozco.
Pero hay algo en ti que me corta la respiración, que me dice que no te puedo dejar escapar.
Lo sé desde el primer día que me miraste de reojo en ese semáforo.
Y esto me tiene terriblemente acojonado —sus pulgares rozan la comisura de mis labios.
Sus palabras me atraviesan como un trueno y yo dejo de pensar.
Con él no tengo que demostrar nada, ni actuar ni esconderme.
Con Ares quiero solo sentir. Me acerco todo lo que puedo a él, mis caderas rozando sus piernas.
Lo agarro del cuello de la chaqueta y lo atraigo hacia mí de un tirón.
Ares se sobresalta, pero con una carcajada baja las manos y me agarra el trasero con fuerza.
Me mira fijamente los labios; yo, hipnotizada con los suyos, apenas respiro hasta que abre la boca para hablar.
—Tenía pensado ir despacio… pero acabas de arruinarme el plan.
En el momento en el que nuestras bocas se unen, siento que todo el calor que he acumulado en las últimas horas explota en lo más profundo de mí.
Sus labios son suaves y soy incapaz de romper este beso húmedo que me está regalando.
Su lengua explora mi boca de manera exquisita y yo no puedo hacer otra cosa que dejarlo.
Mis manos juegan con su cabello, que es suave y fuerte al mismo tiempo; las suyas recorren mi cuerpo como si lo conocieran de toda la vida.
El olor que desprende me embriaga de manera que no creo que pueda llegar a la habitación sin haberlo desnudado antes.
Se ve que él tampoco quiere romper el beso porque noto que empieza a moverse, guiándome hacia quién-sabe-dónde, chocando con la mesa de herramientas y el muro de carga del garaje.
—¿Habitación? —intento decir sin apartar mis labios de los suyos.
Cuando asiente entusiasmado, claramente imitándome, rompo bruscamente el beso y lo miro con ojos que atraviesan.
—Ja, ja. Muy gracioso.
Su sonrisa maléfica me derrite.
—Cállate y sigue besándome, Ivy.
Después de una maravillosa eternidad llegamos por fin a su habitación, donde me coloca delicadamente en su cama y comienza a quitarse la ropa.
Yo, decidida a no perderme ni una oportunidad, me levanto y procedo a ayudarle a bajar la cremallera de la pesada chaqueta; la necesidad de tocarlo me supera.
Con la cremallera bajada, abro por completo la prenda y me encuentro con una camiseta blanca de tirante ancho.
Mis manos se dirigen hacia los marcados abdominales que tanto he deseado tocar sin todo este material de por medio.
Me muerdo el labio inferior y clavo mi mirada en la suya.
Por primera vez veo cómo se sonroja y procede a quitarse la camiseta, sin nada que envidiar a los mejores modelos de ropa interior.
Deslizo mis manos de sus abdominales al pecho y acerco finalmente mi boca a su piel.
Empiezo sellando besos alrededor de su cuello y comienzo a bajar, esta vez lamiendo la zona de su esternón, arañando con mis uñas sus costados.
Lleva aún los pantalones de cuero y las botas de protección, lo que hace todo todavía más sexy.
Engancho mis dedos índice en el borde de su pantalón, arrastrándolo conmigo mientras camino de espaldas hasta la cama.
Me siento despacio sin apartarle la mirada y comienzo a desabrocharle el pantalón.
Por un segundo su respiración se salta un compás, como si no esperara que yo tomara el control.
Pero no es protesta lo que veo en sus ojos.
Puedo ver la punta de su polla sobresalir por encima del calzoncillo justo a la altura de mis ojos. Hay algo que llama mi atención, algo que aún no veo, pero que la fina tela no logra ocultar, mis ojos casi saliéndose de mis órbitas.
—¿Eso… eso es? —pregunto con voz temblorosa sin apartar la vista, no es miedo, es el placer que me empieza a envolver. Ares lanza una risa al aire, su mano en mi barbilla me obliga a mirarlo.
—Sí, Ivy eso es un…
—¿Uno? —lo interrumpo.
—Sí, ¿no es suficiente? —dice con un tono burlón.
Yo me muerdo el labio inferior y dirijo mi mirada de nuevo hacia la maravilla frente a mis ojos.
—El plot mejora por momentos…—digo mientras retiro la tela para dejar a la vista las dos bolitas brillantes que adornan su ya precioso pene.
Comienzo a masajearle, mis dedos rozando ligeramente el metal.
Ares resopla, ese mero roce basta para desarmarlo.
Lo noto en cómo se tensan sus músculos, en cómo deja de bromear.
Coloca delicadamente su mano en mi hombro.
Sin dejar de mover mi mano, lo miro desde abajo y asiento con picardía en los ojos, respondiendo a su pregunta implícita.
Él sonríe, entendiendo mi gesto, y apoya su mano en mi nuca, entrelazándola en mi pelo.
La sensación me hace perder todo el poco control que tenía y lo libero del todo, agarrando lo que puedo con mi mano.
Abro la boca, sacando la lengua, esta vez dirijo mi mirada a la suya.
Su mano en mi nuca se tensa pero no la mueve.
Finalmente soy yo la que acerca la lengua y lamo toda su longitud, disfrutando cada centímetro, hasta llegar a la punta, donde me recreo con mi nuevo juguete favorito.
Lo siento estremecerse, tirando la cabeza hacia atrás y, esta vez, siento cómo su mano me empuja hacia él.
Aprovecho e introduzco su polla en mi boca poco a poco, jugando con la punta para empezar a acostumbrarme a su tamaño.
Cuando estoy satisfecha, comienzo a intentar acomodar en mi boca todo lo que puedo, masajeándolo con la mano al mismo tiempo.
La sensación del piercing en mi lengua me deja temblando con ganas de más.
Ares adapta la fuerza de su mano en mi nuca a mi ritmo, aumentándola en ocasiones. Los suspiros que oigo salir de su boca son la energía que me empuja a seguir sin pararme ni un segundo, a pesar de que la mano de Ares ha dejado de empujarme hacia él.
—Joder, Ivy, para, por favor o… —echa la cabeza hacia atrás exhalando, un sonido tan masculino que hace pulsar algo en lo más profundo de mí.
Pero yo no me detengo, no puedo. Ver su cara de placer me provoca sensaciones demasiado buenas y no quiero parar. Con un sensual gruñido, frustrado incluso, Ares se agacha, alzándome de la cintura como si fuera una muñeca de trapo y lanzándome contra la cama.
—Visto que por las buenas no escuchas, me obligas a pasar a las malas maneras —dice mientras se quita las botas y el resto de la ropa.