Turn me on 8 Connor Alex #2
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8 Connor Alex #2

Mis manos se paran en mitad del aire. Entonces me giro… joder… sabía que no tenía que haberlo hecho. Sus ojos me golpean de lleno.

—¿Qué es lo que quieres, Alex? —mi voz está entrecortada, me falta el aire, no sé si por el ejercicio o…

—¿Alex? —el dolor en su pregunta es más que evidente—. Ok, entiendo —entonces se gira, dándome la espalda.

—Mierda… —susurro— Ren, espera.

Sus pasos se paran al instante.

—Eres el único que me llama así, lo sabes ¿verdad? —dice girándose de nuevo hacia mí, el peso en mi pecho se libera ligeramente.

—Sí, soy el único niño que aprendió a decir la «R» antes que la «L» —mis palabras le arrancan una sonrisa de su boca— ¿Por qué estás aquí?

—Te lo he dicho, me gustaría que vinieras a verme pelear —la sonrisa ha desaparecido, sustituida por una línea triste.

—No puedo prometerte que lo haré…

—Algo es algo —el lado de su labio se alza ligeramente —. Lleva a Kai si quieres.

—Él no es… no es mi… —digo entrecortado, casi temblando.

—¿No es apasionado del MMA? —dice, esta vez la sonrisa muy evidente.

Resoplo con casi una carcajada.

—No, que va… —digo con tono exagerado—, creo que prácticamente tendré que obligarle a acompañarme.

Algo dentro de mí ha tomado una decisión que no sé si estoy preparado para afrontar.

Connor. 19 años. 4 años atrás La luz fluorescente de la cocina parpadea dos veces, lo que no ayuda a mi dolor de cabeza.

Miles duerme profundo después de, cito textualmente: la partida que pasará a los anales de la historia.

Para una vez que gana, no le voy a quitar la ilusión al pobre.

Busco entre los cajones algo que tomar para este retumbar que siento entre las sienes.

El sonido de estos cerrándose me impiden oír los pasos descalzos detrás de mí.

Mis dedos rozan el último cajón cuando otros, grandes, ásperos, calientes, se apoyan sobre los míos.

El calor que emana es a partes iguales insoportable y reconfortante.

Una parte de mí quiere apartarla, la otra sabe que, si lo hago, dejo de respirar.

—Perdona —la voz de Ren en mi espalda manda un escalofrío por mi columna.

Me giro lentamente, apoyando mi cuerpo y palmas a la encimera de la cocina.

El corazón a punto de salirse por mi boca.

Ren está ahí, inmóvil, cerca, muy, muy cerca.

Da un paso hacia mí. La distancia es tan corta que no podrías poner ni un saco entre nosotros.

Entonces alarga la mano y la dirige hasta mi cuello.

Sus dedos rozan mi piel sensible mientras el pulgar acaricia mi mejilla.

A lo largo de todos estos años me ha tocado mil veces, en el ring, fuera, jugando, bromeando. Nunca así.

Siento una energía estática recorriendo las zonas por donde pasa.

Su pulgar se acerca a mis labios, temblando, los toca con una suavidad que contrasta con la dureza de sus manos.

Puedo sentir el peso de sus ojos en mi boca.

Su respiración entrecortada me hace perder la mía, y yo no lo hago, no respiro por miedo a joder este momento.

Da un paso más sin apartar la mano. Mis pulmones gritan por oxígeno y se me escapa un suspiro irregular.

Es más alto que yo, así que inclino la cabeza hacia arriba por instinto.

Ren cierra los ojos cuando su nariz comienza a rozar la mía.

Su barba fuerte de dos días rasca contra mi piel.

Su aliento es cálido, fuerte, con un olor a menta que ya conocía, solo que no tan cerca.

Cuando sus labios se apoyan ligeramente sobre el mío inferior, yo sigo paralizado.

Mi cuerpo no responde. No logro procesar lo que me está pasando en estos momentos.

Es el hermano mayor de Miles, mi amigo también, ok, pero no deja de ser su hermano, siete años mayor que yo y…

y un hombre. No. No me gustan los hombres.

He tenido novias y me gustaba estar con ellas. He tenido sexo y me ha gustado.

Pero joder… nada, absolutamente nada se puede comparar a lo que mi cuerpo está sintiendo en estos momentos. Con sus suaves labios en el mío y su cuerpo, grande y fuerte acorralándome contra la encimera. Todo ha cobrado vida dentro de mí. Y no sé cómo detenerlo. Más bien, no quiero detenerlo.

Tengo mis nudillos en blanco por el fuerte agarre a la encimera.

Mi corazón podría reventar mi caja torácica de un momento a otro.

No oigo nada más. Ren no aparta sus ojos de mí, pero entonces los cierra en el exacto momento en que sus labios abrazan los míos tirando ligeramente de mi labio inferior hacia abajo.

Son calientes y húmedos, sorprendentemente suaves, en contraste con el roce áspero de su barba.

Yo soy incapaz de cerrar los ojos mientras Ren juega con mi boca.

Su mano en mi cara pasa de algo suave a un agarre más fuerte, sus dedos entre mi pelo me tiran hacia él.

Instintivamente mi boca se abre intentando abarcar lo máximo posible.

Mis ojos por fin se cierran cuando siento su otra mano sobre mi cintura.

No es una caricia, ni un toque ligero, es un gesto que quiere romper la poca distancia que quedaba entre nosotros.

Los pantalones me aprietan y siento la necesidad de saber cómo se sentiría el roce de su polla contra la mía.

Mi mano finalmente deja la encimera para tocar su brazo cuando…

—Me… me tengo que ir —su voz se rompe entre nosotros.

Mi mano se alza apresuradamente hacia la suya en mi cara y agarro con fuerza. Mis ojos se abren al instante.

—¿Qué? ¿A dónde? —logro decir, confusión evidente en mi mirada que busca la suya.

Pero es demasiado tarde, Ren aparta mis manos y se aleja de mí, poniendo una barrera imaginaria entre nosotros.

—Me han ofrecido entrenar en un camp… en… en Londres.

El mismo nudo que vive ya en lo más profundo de mí amenaza con salir en forma de vómito. Todo me da vueltas.

—¿Londres? Pero…no entiendo esto ahora entonces…

—He aceptado. No hay nada que entender —su voz es tan fría que corta según me golpea.

—N-no es justo…

—¿El qué no es justo, Connor? ¿Que yo no pueda seguir mi sueño? Es lo que quería y lo sabes.

Su mirada se clava de nuevo en mí, es fría, pero detrás de ella veo unas lágrimas que sé que Alex Laurent, no dejará nunca caer.

Las gradas del pabellón son una masa uniforme, su sonido es un zumbido constante que me golpea el pecho más fuerte que la música estridente de entrada.

Desde mi asiento apenas parpadeo. Mis ojos están clavados en él desde el primer segundo.

Ren se mueve dentro de la jaula como si hubiera nacido ahí.

Hombros sueltos, guardia alta, pasos ligeros.

No parece nervioso, nunca lo parece. Con cada golpe que esquiva, mi cuerpo se tensa como si el impacto fuera para mí.

Cuando responde, lo hace con una precisión casi cruel: un directo limpio, una patada baja que hace crujir la pierna del rival.

El sonido seco del impacto me sube por la columna.

—Vamos, Ren… —murmuro sin darme cuenta.

Su adversario avanza, más agresivo, buscando acorralarlo contra la reja.

Durante un segundo, Ren gira la cabeza hacia las gradas.

Sé exactamente cuándo me ve. Lo sé porque su ritmo cambia.

Ese medio segundo basta. El puño del rival entra mal, pero entra.

Ren retrocede, pisa raro. El aire se me queda atrapado en los pulmones cuando cae de rodillas.

El pabellón estalla en un grito colectivo que me atraviesa como un cuchillo.

—¡Laurent! —oigo a Kai a mi lado, pero su voz llega distorsionada, como bajo el agua.

Ren apoya una mano en la lona. La sangre le corre por la ceja, oscura, espesa.

Parpadea una vez… dos… entonces levanta la mirada.

Y ahí está. Ese puto instinto del que hablaba hace años.

Se levanta como si el golpe no hubiera existido.

Entra directo, cuerpo a cuerpo, castiga costillas, muslos, agota al otro con cada movimiento.

Yo no respiro hasta que lo veo cerrar la llave, hasta que el rival golpea la lona una, dos veces.

El árbitro los separa. El público grita. Yo no oigo nada.

Solo lo veo a él, de pie en el centro del ring, pecho subiendo y bajando con violencia.

Su cara ensangrentada, con sudor, victoria…

y esa expresión que no es alegría. Es vacío.

Las primeras notas de The Beatiful People de Marilyn Manson estallan por los altavoces.

Unas notas que inundan mi cerebro de recuerdos que duelen… su canción, nuestra canción.

Recuerdos de nosotros en su habitación cantando a pleno pulmón, riéndonos como idiotas.

Yo siendo solo un crío que lo admiraba de un modo que entonces no entendía.

Pero ahora sí. Ahora sé que si no me muevo, si no voy a buscarlo…

esta vez sí lo pierdo para siempre. Me levanto justo cuando el presentador anuncia la retirada de Alex Laurent.

La grada suelta un grito ahogado, incrédulo.

No después de ganar su cuarto título. No después de dominar al segundo mejor del mundo.

No cuando está en la mejor forma de su vida.

—¿Connor? —la voz de Kai a mi espalda me frena, me giro y me encuentro con su cara de preocupación.

—Tengo que hacer algo… —digo girándome de nuevo, desapareciendo en la grada.

El clic del cerrojo del camerino hace alzar la cabeza de un Ren derrumbado en el banquillo. Veo su espalda tensarse mientras se alza todo lo alto que es, muy lentamente.

—Creí que… creí que te habías ido —dice con un tono demoledor que me parte el alma, pero no se gira. Sus manos, con las vendas aún puestas, bajan derrotadas a cada lado de sus piernas.

—Quería saber cómo estabas, ese golpe en la ceja es de los que duelen…

—Estoy bien —baja la mirada al suelo, sigue sin girarse.

—Estoy aquí Ren —creía que mi voz temblaría, pero sale segura y sin miedo—, es lo que querías, ¿no?

—No sé qué es lo que quería, Connor, no sé por qué te he hecho venir —dice por fin girándose, mirándome directamente a los ojos.