7 Ava Julian #3
Me acerco despacio y empiezo a quitarle la camisa lentamente.
Él me ayuda con el cinturón y los pantalones; mientras se descalza, mis manos encuentran su dureza por primera vez en todo este tiempo y una corriente eléctrica recorre mi espalda ante el primer contacto.
Termino de ayudarle a desnudarse por completo y nos quedamos quietos, de pie, desnudos, recuperando suavemente el contacto de nuestras pieles.
No necesito abrir los ojos: todo mi ser le reconoce; su olor, su forma de tocarme, el tacto de su pelo.
Siento cómo su cuerpo se tensa bajo mis manos, su erección apretando contra mi vientre, mi entrepierna humedeciéndose sin que ni siquiera haya tocado ninguna de mis zonas sensibles.
Solo nosotros y nuestras manos trazando un camino de reconocimiento y regreso.
Sus manos se detienen un instante en mis muslos y me levanta hasta su cintura para llevarme hasta el sofá, tropezando con una alfombra que nos arranca una risa nerviosa a los dos.
Se sienta y me acomodo sobre él, de frente, nuestro sexo en contacto, anhelando mucho más.
Yo no puedo parar de besarle, de decirle en cada beso todo lo que llevo tanto tiempo sintiendo, que no me había sentido tan en casa desde que me besó por última vez en aquel aeropuerto, y que ninguno de los increíbles proyectos internacionales en los que he participado estos años ha ocultado ni, por un instante, el vacío que me dejó nuestra separación.
Sus manos recorren todo mi cuerpo y al fin se paran en mi centro; empiezan a recorrer lentamente toda mi humedad.
Me toca despacio, trazando un camino de subida y bajada por todo mi sexo, y mi cadera empieza a buscar más fricción contra él.
En el instante en que me encuentro con él en mi entrada, un gemido delicioso escapa de su boca y yo siento que voy a correrme solo de escucharle.
Le quiero dentro de mí y le quiero ahora.
Me paro un instante antes de lanzarme directa; él nota mi duda.
—Estoy limpio, Aves —me dice.
Sonrío. Él siempre ha podido leerme la mente con demasiada facilidad.
—Yo también —respondo—. Y nunca dejé de tomar anticonceptivos.
—No me puedo creer que esto esté pasando —susurra.
Y entonces me agarra por la cintura con fuerza y termina de romper la distancia que nos separa con un empuje que me atraviesa por completo.
Juro que le siento tocarme el alma. La primera sacudida al sentir su cuerpo fundirse en mi interior es una corriente que dispara hasta el centro de mi cabeza.
Cojo sus manos con fuerza para sujetarme y empiezo a moverme despacio sobre él.
Él suspira de puro placer y reposa la cabeza hacia atrás, dejándose llevar y dejándome hacer por completo.
Coloco las manos sobre sus hombros para aumentar mi agarre y él no pierde el tiempo cuando ve sus manos liberadas: con una mano se pierde en mis pechos, acariciando y pellizcando mis pezones, mientras con la otra empieza a trabajar en mi clítoris.
—Sigue así… estás preciosa… te he echado tanto de menos, joder… este cuerpo, estas tetas, esta forma de apretarme… —susurra.
Sus palabras me acercan al precipicio. Necesito aumentar el ritmo.
Él me agarra con fuerza de la cintura y eleva su cadera con cada uno de mis movimientos; le siento por todas partes y, con la siguiente embestida, me deshago por completo…
una ola de placer nace en mi entrepierna e irradia hacia todo mi cuerpo.
Mis piernas, mi columna, mi piel: todo se estremece.
Una sinfonía de gemidos escapa de mi garganta mientras tengo el orgasmo más intenso que recuerdo, y noto cómo él encuentra también su propia liberación justo al mismo tiempo y se hunde una última vez en mí.
Sin separarnos, apoyo mi pecho contra el suyo e inhalo su olor.
—Te quiero —susurra contra mi cuello—. Y me da igual si esto es mucho para una primera vez, es la puñetera verdad. Nunca debí dejar que te marcharas y no puedo sentirme más feliz de saber que estás de vuelta.
—Nunca debí marcharme —reconozco al fin—. Esto, tú, es lo único que me importaba y me importa.
Julian. 3 días después
Llego a la oficina; Jace me está esperando apoyado en mi mesa, brazos cruzados, cara de «no me vas a tomar el pelo».
—Buenos días —dice, demasiado tranquilo para ser buena señal.
—Hola. ¿Qué tal el fin de semana? —respondo, colgando la chaqueta.
—¿Me vas a explicar por qué te evaporaste en mitad de la fiesta?
—Jace… estaba cansado…
—Ajá —dice, sin creérselo ni un poco y conteniéndose para no sonreír—. ¿Terminaste bien la noche entonces?
Abro la boca para contestar, pero en ese instante el móvil vibra en mi bolsillo. Lo saco para silenciarlo… y veo su nombre en pantalla.
Ava: ¿Comemos juntos hoy? A las 2 puedo escaparme.
Una sonrisa de idiota profundo me inunda la cara. Jace levanta una ceja.
—Parece que ya tengo mi respuesta.
No le contesto. Solo guardo el móvil tratando de mantener la compostura y deseando terminar esta conversación para poder responderla.
—Julian —dice él, dándome una palmada en el hombro antes de irse—. No lo jodas esta vez.