7 Ava Julian #2
Ava. 9 meses antes La cita es un desastre desde el minuto diez.
El tipo, ¿cómo se llamaba? Habla de sí mismo, de sus logros y de que le encantan «las mujeres fuertes centradas en su carrera».
Lo dice como halago, pero su tono tiene la misma condescendencia que cualquier memo de mi departamento.
Trato de reír cuando toca y seguir educadamente la conversación; bebo tragos pequeños para no emborracharme y cuento los minutos para marcharme sin quedar como una borde.
Todo el peso de la cita lo está llevando él y todavía no entiendo cómo puedo seguir interesándole, pero el tío no decae.
—¿Y tú? ¿Has estado muy enamorada alguna vez?
Respondo sin pensar: —Sí.
—Vaya… ¿Y qué pasó?
—Me dejó ir —digo—. Bueno, yo me fui.
Cierra el tema con una ofrenda de brindis mientras pronuncia un «bueno, él se lo pierde», al que acompaña una sonrisa vacía. Intento acostarme con él esa noche pero no puedo, como todas las que lo he intentado el último año. Y no es por falta de ganas: es por falta de él.
Julian. 09:03 pm Estoy a punto de ir hacia la azotea y hacer como que esto no ha pasado.
Una copa con el jefe, cuatro risas y, en media hora, camino a casa para olvidarme de todo.
Puedo evitarla, puedo volver a hacerlo; ya he pasado por esto una vez…
No tengo que encontrármela y puedo ignorar las próximas diez fiestas de empresa o las que hagan falta.
Giro sobre mis talones para coger las escaleras y oigo la puerta.
Su silueta en el marco me hace frenar en seco.
—Ava… —empiezo—. No quería incomodarte antes.
—Demasiado tarde —responde, sin mala leche, pero sin filtro.
—Lo entiendo… lo que he dicho de Jace y… bueno, de nosotros… —suspiro—. No ha sido muy elegante.
—No —admite—. Pero ya sabes… «si tiene que ser, será».
Siento como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago.
—Sigo pensando que fue lo mejor —digo con la voz quebrada—. Para ti.
—Pues enhorabuena —responde—. Para mí fue una mierda.
Ahora sí está enfadada de verdad, y, dioses… es tan bonita cuando se pone así. Se da la vuelta para irse, pero instintivamente le agarro la muñeca. No puedo dejar que se aleje otra vez. No voy a hacerlo.
—Mírame —le pido.
Tarda unos segundos. Cuando al fin lo hace, veo todo lo que he estado evitando mirar estos dos años: dolor, orgullo, cansancio… Todo se parece demasiado a lo que siento yo.
—No te dejé ir porque no te quisiera —digo, sin rodeos—. Te dejé ir porque te quería tanto que preferí ser el idiota que se queda atrás al egoísta que te pedía que renunciaras.
—Solo quería que estuvieras a mi lado —responde, tensa.
Respiro hondo para tratar de recomponerme.
—Tenía miedo de no saber estar.
—Pues te salió bien —su risa es corta, rota—. Lo conseguiste: no estuviste en absoluto.
La frase me atraviesa y ella lo nota al momento. Hay un instante de duda y arrepentimiento; puedo verlo en sus ojos y en que es incapaz de mantenerme la mirada. Doy un paso más hacia ella, eliminando cualquier distancia, dejando atrás los dos años de sufrimiento que nos han traído hasta aquí.
—No he vuelto a sentir esto desde que te fuiste —confieso—. Con nadie. No sé si eso te ayuda o te jode más, pero es la verdad.
Sus ojos se humedecen y trata de ocultarlo parpadeando rápido y apartando de nuevo la mirada; quiere borrar su reacción.
—No es justo que me digas esto ahora —susurra.
—Lo sé.
La mano que sujetaba su muñeca sube, lenta, hasta su cintura, dándole tiempo para apartarse. El corazón me martillea en las costillas y una ola de emoción y esperanza me arrasa mientras fijo mis ojos en sus labios y decido que todo el dolor pasado me da igual.
Ava. 09:07 pm En un instante sus ojos están fijos en mis labios y, en el siguiente, su boca está sobre la mía y mi cuerpo entero responde al suyo con un «por fin» que escapa en forma de un gemido suave.
No es un beso tímido ni un reencuentro cuidadoso: es un choque de necesidades, un mar de reproches, una oleada eléctrica de emociones encontradas.
Le agarro la camisa con ambas manos, tirando de él hacia mí, y Julian me frena…
aparta un instante su cara y sujeta la mía mientras roza mi mejilla con su pulgar, como siempre hacía cuando quería ayudarme a calmarme y que bajase el ritmo de mi cabeza. No funciona.
Su sabor a vino, a nostalgia, hace que solo lo necesite más y le agarro de nuevo para dejarle claro que no tengo ninguna intención de echar el freno ahora.
Sonríe contra mis labios mientras me vuelve a besar y sus manos vuelven a mí y se clavan un poco más fuerte de lo necesario.
Le rodeo el cuello con los brazos; me pego a su cuerpo como si pudiera atravesarlo.
—Dios… —murmura contra mis labios—. Te he echado tanto de menos.
Siento su erección contra mi abdomen y un calor urgente me sube por la entrepierna. Dos años sin tocarlo y mi cuerpo no ha olvidado ni una sola de las sensaciones.
—Vámonos —le digo—. Mi nuevo piso está a tan solo tres manzanas.
—Detrás de ti, Aves. —y mi corazón da un vuelco descontrolado cuando escucho el nombre por el que me llamaba a solas.
Julian. 09:40 pm En cuanto cruzo la puerta, el olor me golpea.
Su casa huele igual que su piel; es jodidamente adictivo.
Inspiro y me pierdo un instante en la sensación de familiaridad.
La habitación es nueva, distinta, más adulta…
pero hay detalles que reconozco sin querer; sentir que no ha pasado el tiempo y que, a la vez, he perdido dos años enteros de esto me noquea.
Estoy en su casa, en su mundo. Otra vez.
Y mi corazón me habla sin permiso y me devuelve una verdad que no puedo reprocharle: la quiero, la quiero, la quiero.
Se acerca a mí y apoya un hombro en la pared más cercana sin dejar de mirarme.
—Esto es una locura —murmura.
—Lo es —respondo.
Se me queda mirando como si estuviera decidiendo si volver a saltar o quedarse en la orilla.
Entonces alarga la mano, me agarra de la camisa y me acerca hasta que no queda espacio entre los dos.
El primer beso en su casa no se parece al del pasillo: siento su determinación, su elección.
Me pierdo en su boca, en el gemido que se le escapa cuando la pego más a mí, en sus dedos enredándose en mi nuca como si estuviera reclamando un sitio que nunca dejó de ser suyo.
Mis manos bajan a su cintura, a sus caderas, a ese hueco en la espalda que siempre ha estado diseñado para mí, y, antes de perderme del todo, la aparto un instante.
—No es solo sexo, Aves —digo con la voz rota—. Si hacemos esto, no sé si voy a saber volver atrás.
Mi frente se apoya sola en la suya.
—No quiero volver atrás —me dice.
Y eso es todo. El permiso, la rendición, el punto de no retorno. Todo en ella me resulta nuevo y conocido a la vez: la forma en que se tensa cuando le muerdo el cuello en ese punto que siempre la desarmaba; la manera en que me busca, en que tira de mi ropa, en que me pide más sin palabras.
No dejamos de besarnos ni cuando me quita la corbata a tirones ni cuando mis manos bajan por su espalda, desanudando su vestido y dejando al descubierto unos pechos que no puedo ni describir lo mucho que he anhelado.
Cada gesto está cargado de todo lo que no dijimos en dos años, de todas las noches en las que nos pensamos sin atrevernos a escribirnos.
Dos años, dos putos años, de deseo contenido y mi polla empujando y gritando por salir y encontrarse con su cuerpo.
Ava. 09:55 pm Julian desabrocha mi vestido, dejándolo caer sobre mis caderas, y yo le ayudo desabrochando la parte final de la espalda para que termine de caer por completo al suelo, quedando solo con un precioso tanga negro que agradezco a los dioses haber escogido esta noche.
Rompo el beso y, sin dejar de mirarle, me bajo de los tacones, aumentando un poco la distancia entre nuestros labios.
Doy un paso atrás para no perderme nada de lo que sé que va a verse en su cara mientras, sin romper el contacto visual, me quito el tanga y me quedo totalmente desnuda ante él.