Turn me on 6 Daphne Raf #4
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6 Daphne Raf #4

Con Paolo me siento cosificada hasta la médula y en constante exhibición, tengo que decir que es muy satisfactorio estar a este lado de las riendas.

—Mucho. Segundo cajón a la izquierda —digo, señalando con los ojos.

Verlo poniéndose el condón es para morirse y me estremezco al asimilar de una vez lo grande que es.

Todo en este hombre es enorme. Todo. Ni un segundo después empieza a besarme de nuevo, atrayéndome hacia él con sus enormes manos.

Sus dedos juegan con mi entrada, preparándome primero con un dedo y luego deslizando el segundo.

Con el tercero, mis ojos se ponen en blanco, el orgasmo ya se acerca.

—Joder, ya estás lista para mí, Daph, iré despacio, no quiero hacerte daño.

—Ni se te ocurra —le espeto—. No me importa si duele, te necesito ahora.

Con respiración temblorosa, apoya una mano en mi pecho, me empuja hacia abajo hasta que mis codos tocan la encimera, luego se coloca sobre mí y empieza a penetrarme lentamente.

Puedo sentir mis paredes ajustándose a su tamaño; la intrusión me está destrozando, pero al mismo tiempo se siente tan bien.

—Cazzo —dice, a mitad de camino, con la frente en mi hombro—, eres demasiado, piccola mia. Dime si necesitas que pare.

Asiento con desesperación y luego lo empujo más profundo, rodeándolo con mis piernas.

La plenitud es abrumadora, pero necesito más.

Puedo oírlo decir «oh, merda» cuando está casi dentro del todo.

Entonces finalmente se mueve, lentamente al principio, pero aumentando el ritmo a medida que me acostumbro a él.

Sus manos me agarran la cintura, sus pulgares casi tocándose, y me alza las caderas del lavabo.

—Dime cuántas veces has pensado en mí durante este mes —dice entre gruñidos y gemidos—, dímelo, bellezza.

—Todos los días… desde el primer día.

—Dime que es en mí en quien pensabas mientras él te tocaba.

—Solo en ti… —logro decir entre jadeos.

—Me volviste loco desde el primer momento que puse mis ojos en ti. Desde ese momento no he pensado en otra cosa que no sea cómo hacerte sonreír, cómo hacerte feliz, cómo hacerte mía.

Cierro los ojos y me muerdo el labio con tanta fuerza que un sabor metálico me invade la boca.

El orgasmo que me golpea es algo completamente diferente a lo que nunca he experimentado.

La presión en mi interior se convierte en oleadas que inundan todo mi cuerpo, desde mis pies hasta la cabeza.

Dura además varios segundos. Siento la necesidad de gritar, pero es todo tan abrumador que no reconozco el sonido que sale de mi boca.

Nunca volveré a ser la misma persona. Nada se comparará con esto. Su frente se encuentra con la mía, sus profundos ojos azules me miran fijamente mientras dice: —Bellissima.

Seguido de un gruñido que me sacude el alma como un huracán. Nos quedamos así durante largos segundos, con el sudor y el agua goteando de nuestro pelo, el pecho agitado. Lo siento aún palpitando dentro de mí. Entonces me sujeta la cara con ambas manos, desesperado, pero con una dulzura arrolladora.

—Te voy a sacar de aquí, Daphne, aunque sea lo último que haga. Nunca más te tocará. ¿Me oyes? Mai più, tesoro mio.

Sus palabras me golpean… algo dentro de mí se rompe. No tengo la fuerza suficiente para hablar, para decirle la verdad, solo logro negar con la cabeza. Lágrimas caen de nuevo por mis mejillas. Su cara de preocupación al verme así me destroza.

—¿Qué… qué has hecho, Daphne? —su voz tiembla, un temblor que no había escuchado nunca en él. Sus ojos me buscan desesperados mientras sus manos no dejan mi cara. Respiro hondo, entrecortada, intentando recuperarme.

—He… he pedido a Paolo que te trasladen al club del norte de la ciudad. Empiezas mañana.

Veo cómo su cara se desencaja. Sorpresa, indignación, negación.

—No. No, lo frenaré. No podré protegerte desde allí, joder… —dice incorporándose, tirando de mí con él.

—Es demasiado tarde, Raf, no hay marcha atrás…

—No lo entiendes, Daphne, ¡no te puedo dejar aquí!

—Eres tú quien no lo entiende, te matará. Y lo sabes.

—No si me lo cargo yo antes…

La oscuridad que cruza sus preciosos ojos me eriza la piel. No es una amenaza; es un hecho.

—Raf… —mi voz sale rota—, tú no puedes salvarme.

Lo veo romperse, algo dentro de él se hunde despacio. Sus manos tiemblan en mis mejillas, rabia o dolor, no logro verlo.

—No voy a dejarte sola —lo dice con un tono que es una promesa, el tono de alguien que ha tomado ya una decisión.

Cierro los ojos y lo acerco hacia mí, besándolo una vez más… es un beso que duele y que nos rompe con su sabor a despedida.

—Prométeme algo —le digo, apoyando mi frente en la suya—. Prométeme que mañana, cuando Paolo vuelva… no estarás aquí.

Su respiración se corta, sus ojos se desvían lentamente fijándolos contra la pared.

Conozco esa mirada, es la de alguien que analiza fríamente la situación, cada posible alternativa y final.

Un soldado al que aún no he visto en acción, pero sé que sería capaz de cualquier cosa.

Cuando su mirada se clava de nuevo en la mía, un escalofrío recorre mi espalda. Puede que yo esté rindiéndome.

Raf no.