6 Daphne Raf #2
Hoy me ha contado su sueño: ser profesora de yoga y abrir su propio estudio.
La razón por la que empezó a trabajar aquí, pero ahora, por culpa de ese puto enfermo, está atrapada.
No la dejará ir. El maldito secreto que guarda este lugar, todo reluce, hasta donde Paolo mete la mano.
Y yo no pararé hasta que ella esté fuera de este infierno.
La expresión de horror en su cara cuando me ve por la puerta de su vestuario es devastadora.
—N-no puedes estar aquí, Raf, alguien podría verte.
—Nadie me ha visto, es mi trabajo, ¿recuerdas? —digo en voz baja mientras me acerco.
Alcanzo su antebrazo; el moretón empieza a notarse. Lo sostengo con cuidado mientras lo inspecciono, como si pudiera romperse bajo mis dedos, y algo dentro de mí se quiebra.
—Voy a matarlo, cazzo. —La rabia me hierve en las venas.
—¿Qué? ¡No! ¡Estoy bien! —retira el brazo como si me ardieran las manos—. Me salen moretones con facilidad, no duele.
—No lo defiendas, Daphne, por favor, no debería tocarte así.
Vuelvo a cogerle el brazo, esta vez lo llevo a mis labios y lo beso con ternura. Está temblando, pero en cuanto mi boca la roza, deja de hacerlo. Cuando la miro a los ojos, veo lágrimas corriendo por sus mejillas.
Es la primera vez que mi piel roza la suya. Y joder… ya no quiero saber cómo es vivir sin esto. No puedo evitarlo y, sin soltar su brazo, extiendo la otra mano para secarle las lágrimas, dejándola apoyada en su mejilla.
—Ese bastardo no merece tus lágrimas. Nadie las merece, Daphne.
Siento su pulso acelerarse, pupilas dilatadas, la respiración se le entrecorta. Sus labios carnosos se entreabren y la mirada se le escapa a los míos, dura solo un segundo, pero se siente una eternidad. Entonces carraspea y baja la mirada.
—No sabes lo que me jode verte bajar la mirada, no estás haciendo nada malo. Mírame, Daph, joder. —Sus ojos brillantes se clavan en mí.
—Estoy bien, no lo hace con maldad —dice negando con la cabeza, la mirada de nuevo clavada en el suelo.
No quiere mirarme. Quiero gritarle que deje de justificarlo, que deje de excusarlo, pero me muerdo la lengua.
Si abro la boca, no me conformaré con palabras.
Decido soltar su brazo y apartarme medio paso, aunque cada célula de mi cuerpo esté rogando lo contrario.
Si sigo aquí un segundo más, la voy a besar, y no puedo… no todavía.
Daphne. 07:28 pm Me quito la peluca y miro a la mujer del espejo, una mujer que no reconozco. No es la misma chica que entró en este club hace dos años, y definitivamente no es la misma mujer que era hace un mes. No desde él.
Desde que conocí a Raf, todo empezó a desmoronarse.
Sus ojos sonrientes, devorándome, pero a la vez viéndome como nadie me había visto antes.
Por primera vez en mi vida siento que existo más allá de un cuerpo que sirve solo para ser observado.
Más allá del maquillaje, las pelucas y los tacones.
Nuestras conversaciones junto a la barra y cómo me escucha, porque no solo escucha, sino que memoriza y hace que cada palabra cuente.
Cada palabra dicha, cada silencio. Me conoce. Y me aterroriza.
Porque Paolo nunca me dejará ir. Fue muy claro desde el principio: si me voy, si escapo, si solo lo intento, la gente que quiero lo pagará con sangre.
Si se entera de lo de Raf... Ni siquiera puedo terminar la frase.
Tengo que parar esto. Tengo que alejar a Raf antes de que esto entre nosotros se convierta en algo de lo que ninguno pueda escapar.
Me limpio las lágrimas mientras dejo el teléfono en la mesilla de noche, mis manos aún tiemblan, mi corazón en un puño. Respiro hondo y me dirijo a la ducha.
Raf. 2 semanas antes
No la he visto sonreír en toda la noche. Al menos no una sonrisa de verdad. Ese cabrón de Paolo ni siquiera se da cuenta cuando finge. Es eso, o le importa una mierda. Verla a través del cristal y no poder tocarla, consolarla, decirle que todo va a ir bien. Una puta tortura. No puedo verla así.
Lo único bueno de Paolo es que es un animal de costumbres, y para alguien tan observador como yo, esto ayuda a predecir todos sus movimientos y, sobre todo, los de ella.
La estoy esperando en la oficina de Paolo cuando entra.
No pasa un día sin su whisky preferido, que se encuentra aquí, guardado en su bar privado.
Y siempre la manda a ella a buscarlo. En cuanto enciende la luz, la apago inmediatamente y agarro a Daphne por detrás por la cintura, tapándole la boca con suavidad.
La siento tensarse, pero se relaja en cuanto se da cuenta de que soy yo.
—Lo siento —le digo suavemente al oído mientras le quito la mano de la boca—. Necesitaba hablar contigo.
—Esto es una locura, Raf, ¡es la oficina de Paolo! —dice entre gritos y susurros. Su voz tiembla, pero puedo sentir la emoción en ella.
—Lo sé, pero no podía esperar más —dicho esto, se gira hacia mí. No podemos ver nada, la oscuridad nos abraza, pero sentir su frente contra la mía nos conecta de una forma que solo los ojos no pueden—. No has sonreído hoy, pero ahora lo estás haciendo... missione compiuta.
Su suave risa me llega como una bala en el pecho.
—Gracias, Raf, de verdad —su voz es ronca, puedo sentir el dolor en ella—, hoy está siendo especialmente duro, tiene que haber ido algo mal con uno de sus socios.
—Lo sé, no soporto cuando lo paga contigo —lo digo sin apartar mi frente de la suya—. Estoy en ello, ¿ok? Uno de sus colaboradores ha sido incriminado y tienen miedo de que hable. Pero no te preocupes porque lo tengo todo bajo control, va bene?
—Arriesgas mucho por él, por favor ten cuidado —me dice con un miedo palpable en su voz.
—Sabes que no es por él por quien lo hago.
Inclino la cabeza y acaricio su nariz con la mía, lenta y deliberadamente, hasta que siento sus labios curvarse contra los míos, solo un roce. No es un beso. Es algo aún mejor. Es ella olvidando lo que la espera tras esa puerta.
Raf. 1 día antes —Me vas a meter en problemas, novato —dice Tyler, la jefa de barra, con una sonrisa traviesa.
—Solo tienes que decirle que tu médico te dijo que no levantaras peso —digo mostrando mi sonrisa característica; conozco su efecto y lo voy a aprovechar con creces—. Vamos, Ty… me debes una.
En el poco tiempo que llevo aquí, me aseguré meticulosamente de que más de un empleado me debiera algo de alguna manera; nunca se sabe cuándo puede ser útil.
Hace apenas un mes que la conozco, pero con Daphne es como si hubiéramos vivido mil vidas juntos.
Mil vidas en las que su roce era lo único que mantenía mi sangre en movimiento.
Mil vidas en las que buscaba desesperado su mirada dentro de esa jodida habitación morada, donde deja de ser ella para convertirse en la bambola de ese hijo de puta y donde se esconde detrás de una máscara que no le pertenece.
Y cada vez estoy más seguro… mi única misión ahora es quitarle esa máscara, para recordarle quién es cuando nadie la mira.
Para hacerle ver lo única y extraordinaria que es.
La mirada en los ojos de Daphne al encontrarse con los míos no es de sorpresa ni de incredulidad.
Es un claro: «Lo sabía, maldito», y no puedo evitar sonreír y derretirme al mismo tiempo en mi interior a pesar de la brisa fresca que nos rodea en el callejón.
Deja caer la bolsa de basura y se acerca a mí lentamente.
Sin peluca fluorescente, sin maquillaje, sin medias de rejilla.
Solo su camiseta de Nirvana, su falda vaquera y zapatillas All Stars.
Su pelo cae en ondas por sus hombros, como sabe que me vuelve loco.
Indescriptiblemente perfecta. Daphne me mira y sonríe.
Sin sus tacones, nuestra diferencia de altura podría ser un problema para algunos, no para mí, no cuando me da la excusa perfecta para levantarla por los muslos y apretar su cuerpo contra el mío.
Sus piernas abrazan inmediatamente mi cintura.
—No te pediré perdón por hacerte cargar con tu peso en basura hasta aquí atrás —digo, rozándole los labios, con el corazón acelerado.
—No te pediré perdón por tocarte —digo con un susurro contra su boca.
—Y desde luego que no te pediré perdón por besarte, porque no lo siento, joder, estoy desesperado. Non posso aspettare più.
Esperaba moderación. Un beso suave, algo lento.
Pero lo que Daphne me dio fue brutal. Lenguas chocando.
Dientes mordiendo. Sin vacilación, sin piedad.
No me estaba besando, me estaba destrozando.
La aprieto contra la pared, mi boca recorre la línea de su cuello, su clavícula, su oreja.
Ahí es donde el gemido escapa de sus labios...
y necesito más. Necesito oír ese sonido otra vez o explotaré.
Usando la pared como apoyo, mis manos empiezan a vagar. La quiero entera, cada centímetro, y entonces encuentro la segunda sorpresa de la noche. No. Lleva. Bragas. El gruñido que sale de mi pecho la hace sonreír con suficiencia, jugando conmigo.
—Sabía que estabas tú detrás de este jueguecito de la basura —susurra—. ¿Para qué molestarse en poner más barreras entre nosotros?
—Troppo presto per dire ti amo? —la provoco, sabiendo que no sabe italiano pero estoy seguro de que esto lo entiende.
Ella se ríe, como si nadie la viera, como si solo fuéramos nosotros en este mundo.
Mis dos manos le aprietan el culo, y ella sisea antes de morderme el labio inferior, dejándome sin aliento.
Joder, sabe exactamente lo que está haciendo.
Creo que tengo el control, pero la verdad es que estoy completamente a su merced. Y me encanta.