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6 Daphne Raf

Daphne + Raf

La música alta de los altavoces camufla la conversación, no es que me importe demasiado, porque no hablo ni una palabra de italiano.

Es uno de los requisitos para trabajar aquí.

El modo en el que verifican tus antecedentes es tan exhaustivo que incluso el nombre del perro de mi primer novio está en su lista.

Saben perfectamente que mi nivel del idioma no va más allá del ciao, pizza, cappuccino, grazie.

—De verdad que tienes a la bambolina más bonita de la ciudad, Paolo —dice el hombre a su lado mientras me acaricia la rodilla con el dedo. Lo dice con voz suficientemente fuerte, quiere que le oiga.

No digo nada, solo miro al frente porque sé lo que va a pasar. Puedo oír el crujido de sus huesos y su grito desesperado incluso a través de la música del club.

—La próxima vez que la toques, me aseguraré de que ni siquiera tus hijos te reconozcan, capito? —dice Paolo; su marcado acento italiano lo hace todo aún más aterrador.

Antes lloraba cuando pasaban cosas así. Ya no lo hago. Porque a Paolo no le gusta que sus ojos color miel favoritos lagrimeen. Porque debo estar feliz y agradecida de que me haya elegido, de que sea suya y de nadie más.

Antes de Paolo, esto no era así. Lo que nació como un espacio de libertad; para el deseo, los cuerpos, lo que cada uno era sin pedir permiso, nunca tuvo forma de jaula.

Aquí la gente venía a disfrutar, a mirar, a mostrarse, a elegir.

Pero ahora el deseo tiene dueño. Y cuando el poder se disfraza de deseo, siempre acaba ganando.

Para muchos, este sigue siendo el mismo local de siempre.

Luces bonitas, música alta, cuerpos que se mueven.

Pero basta mirar un segundo más de lo permitido para ver la suciedad bajo la alfombra.

Paolo se encarga de eso. De que no mires más allá… de que no preguntes.

Me reajusto la peluca rosa fluorescente mientras Paolo me ayuda a ponerme de pie antes de alzarse delante de mí. Me saca más de treinta centímetros, incluso con mis tacones de plataforma. Por eso me llama bambola, muñeca, una palabra que me pondrá la piel de gallina hasta el día de mi muerte.

—Ve a descansar, no vuelvo hasta mañana —su beso en la mejilla es suave y cálido, pero el frío que se apodera de mi cuerpo cada vez que lo hace es más que notable.

Los ojos verdes de Paolo encuentran los míos, buscando lágrimas, supongo. Al no encontrarlas, me roza los labios con el pulgar diciendo: —Brava.

Fuerzo una sonrisa y, con toda mi voluntad, intento arrastrarla hasta mis ojos.

Si no estuviéramos aquí, si este sitio no fuera lo que es ahora, si no me diera tanto miedo, estoy segura de que estaría enamorada de él.

Porque Paolo puede ser dulce y amable, es además uno de los hombres más guapos que he visto, pero también es la persona más malvada y cruel que conozco.

Camino hacia la puerta, con las piernas temblorosas, y es entonces cuando siento la mirada fija de unos ya habituales ojos azules. No los miro, nunca lo hago, porque si lo hiciese, sé que esto podría acabar fatal.

Raf. 1 mes antes El olor del club es lo primero que noto.

Alcohol caro, cuero, sexo…pero limpio. Sin duda mejor que el anterior.

El local ha tenido siempre buena fama. Se rumorea que el mafioso dueño de este lugar lo cuida muy bien, y esto no es habitual.

Al menos en los últimos tres clubes en los que he trabajado.

Aquí todo brilla lo justo, como si alguien se esforzara mucho en que nada pareciera fuera de lugar.

Gracias a mi experiencia, me han asignado a su equipo de seguridad personal durante el tiempo que esté aquí.

He oído que suele estar a menudo, de hecho, todos los días.

Esto también es inusual; los dueños con poder suelen delegar, desaparecer, esconderse detrás de nombres y cuentas.

Este no, este está demasiado cómodo en su propio trono.

Matteo, mi compañero de turno esta noche, me está enseñando el lugar cuando algo que me encuentro me hace parar en seco…

no algo, alguien… con los ojos color miel más hermosos que he visto en mi vida.

Ella habla animadamente con una camarera junto a la barra, pero no veo que lleve uniforme, lo que podría significar que no trabaja aquí.

Lleva vaqueros de cintura alta con una camiseta corta que acentúa su diminuta cintura y sus redondeadas caderas.

Su cabello ondulado color caramelo está atado en una coleta alta, dejando su rostro totalmente al descubierto.

Labios carnosos y esos grandes ojos que no puedo dejar de mirar.

Joder, es preciosa.

Después de una hora larga de recorrido y presentaciones, algo empieza a rascarme por dentro.

No es nada concreto. Es el silencio justo donde debería haber ruido, las miradas que se apartan demasiado rápido, las sonrisas tensas, ensayadas.

Este lugar está demasiado bien cuidado. Demasiado controlado.

Es entonces cuando llegamos a la que llaman la habitación morada, también conocida como la favorita de mi jefe, y empiezo a entender por qué.

Puertas blindadas. Más cerrojos de los necesarios.

Más seguridad de la que exige el placer.

Él ya está dentro. Lo veo a través del cristal templado.

Sentado en el sofá, hablando con uno de sus hombres como si el mundo entero le perteneciera.

Una chica se le acerca con un vaso de whisky y de repente, mi polla cobra vida.

Lleva una peluca roja brillante, un diminuto vestido negro con tacones de plataforma.

Pero podría reconocer esos ojos en cualquier lugar.

—¿Quién es ella? —le pregunto a Matteo sin apartar la vista.

—Es Daphne, el pasatiempo favorito del señor Russo por aquí.

Y de repente, descubro la razón por la que mi jefe pasa tanto tiempo en el club. La misma razón por la que mis ganas de venir a trabajar se acaban de multiplicar… exponencialmente.

Daphne. 07:23 pm Siento su mirada detrás de mí mientras me dirijo hacia el vestuario.

El hecho de que pudiera cambiar el turno con mi guardaespaldas personal, el mismo que me ha acompañado desde que Paolo puso sus ojos en mí, fue una hazaña que aún me pregunto cómo consiguió.

Una hazaña que podría costarnos caro… aunque yo lo necesite tan cerca que casi duela.

El recuerdo de nuestro primer encuentro, ya hace un mes, se cuela sin permiso y no puedo evitar sonreír, esperando que nadie lo note.

El club está particularmente tranquilo hoy.

Como Paolo no está, me han dejado en la barra de preparación, esa en la que los clientes no pueden pedir nada.

Solo el personal. Fue una de sus normas: mientras él no está, nadie más que los camareros pueden dirigirse a mí.

Estos son los mejores días. Cuando vuelvo a ver el local como lo que fue una vez.

Risas reales. Miradas consentidas. Cuerpos que eligen estar aquí. Lo que todos ven… menos yo.

—¿Puedo pedirte una botella de agua, por favor? —Una voz desconocida, profunda y masculina me sorprende, no por la voz en sí, sino por la ternura que irradia.

Me doy la vuelta y me encuentro con los ojos más azules que jamás haya visto.

Cabello oscuro, ondulado y de longitud media enmarca el rostro del dueño de la voz.

No solo sus ojos son alucinantes, sino que las líneas duras de su mandíbula, con una barba de tres días, resaltan a la perfección sus pómulos y su boca: un arco de Cupido bien definido, el labio inferior ligeramente más grueso y una cicatriz en el superior que le da un toque misterioso.

Debe de medir más de 1,95 m y tengo que inclinar la cabeza para poder admirar su mirada.

Lleva un auricular, chaqueta y camiseta negra, características del equipo de seguridad.

Los músculos debajo me dicen que definitivamente sabe cómo hacer su trabajo.

—Eres nuevo —es lo único que mis labios logran articular.

Arquea las cejas de un modo que me hace temblar las rodillas.

—Guau. ¿Conoces a todos por aquí?

—Más o menos… y también que es difícil no verte… quiero decir… por lo alto que eres —balbuceo, patéticamente.

Por lo menos es lo suficientemente amable como para reír.

—También es difícil no verte a ti —dice, y mis ojos están a punto de salirse de sus órbitas—. La peluca… es por la peluca —recula con una picardía que me hace perdonarle todo.

Su acento ligero delata el origen italiano, pero el suyo no es tan marcado como el de Paolo.

—Soy Daphne.

—Raf, encantado de conocerte, Daphne.

—¿Raf? ¿Como la…?

—Sí, exacto, como la tortuga. Pero mi madre creo que se inspiró más en el pintor que en el reptil conocedor de artes marciales —me mira de reojo con media sonrisa dibujada, ahora es él quien me está perdonando todo.

—Ok, veo que no soy la primera persona en mencionarlo.

—No eres la primera, no —dice apoyando los codos sobre la barra, cruzando las manos—, pero seguramente serás la más difícil de olvidar, ya sabes… por la peluca.

Entro en mi habitación con cara de tonta por el recuerdo, cerrando la puerta tras de mí, sin mirar atrás. Sé que él está al otro lado, siento su presencia y me duele. Me doy la vuelta, apoyando la frente contra la madera, y esas lágrimas retenidas por fin encuentran la salida.

Raf. 3 semanas antes Desde el momento en que le pedí esa botella de agua, hace ya una semana, no he dejado de observarla.

Cuando no está en la habitación morada con él, está en la barra de preparación y aprovecho cualquier oportunidad para ir a hablar con ella.

La veo más relajada según van pasando los días.

Al principio miraba espantada y desesperada a su alrededor buscando ojos curiosos.

Tiene miedo. Ese cabrón la aterroriza y me hierve la sangre cada vez que la veo con él.