Turn me on 4 Vega Kai #2
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4 Vega Kai #2

El modo en que lo dice despierta algo dentro de mí.

El orgullo en su voz a la hora de mencionar algo que podría ser lo más banal del mundo, pero que al mismo tiempo esconde un significado más profundo.

Como si quisiera convencerse a sí mismo de algo que ya está seguro.

Y esto me vuelve loca. Me inclino hacia delante apartando el vaso, despacio, con intención, hasta que mis rodillas rozan las suyas.

—¿Estás intentando decirme que quieres tocarme?

Traga saliva.

—Estoy… intentando no hacerlo.

Su voz es más baja ahora. Más áspera.

—¿Por qué?

—Porque si lo hago... —sus ojos se clavan en los míos, tormentosos, desesperados—. No voy a querer parar.

No le doy tiempo a pensárselo. Mis dedos le rozan la mandíbula, haciendo que su respiración se corte, los ojos se le cierran un segundo. Se inclina apenas un poco, pero se para, como si una fuerza invisible tirara de él. Así que soy yo la que lo acerca del todo.

Nuestras bocas chocan en mitad de una frase que nunca llegó a nacer, el calor estallando entre los dos en un movimiento torpe, desordenado, hambriento.

Sus manos se posan en mi cintura como si llevara siglos deseando tocarme.

Y cuando le muerdo el labio inferior, gime contra mi boca, siento que se tensa, como si el sonido lo hubiera pillado por sorpresa.

Como si nunca hubiera besado a una mujer así.

Y joder, ojalá le arruine todas las demás que vengan.

Kai

Me ha besado. Vega. Me. Ha. Besado.

Hace un minuto estaba balbuceando gilipolleces sobre la piel y el cerebro, y al siguiente...

Su boca está en la mía con sus manos dentro de mi sudadera.

Su cuerpo encaja demasiado bien contra el mío y creo que he susurrado «hostia puta» contra sus labios como si fuera un puto virgen.

No lo soy. Pero con ella todo se siente nuevo.

Demasiado… intenso. Nada, y quiero decir nada, me ha golpeado así en la vida.

Vega se separa lo justo para susurrar: —Ven conmigo, grandullón.

No me lo pienso dos veces, me levanto y la sigo como un perro, como un hombre poseído.

Apenas me doy cuenta de adónde vamos. Solo siento la presión de sus dedos en mi muñeca y el rastro eléctrico que deja en mi piel.

Es ahí que la veo. La puerta del baño. Me está llevando al baño.

Mi cerebro se cortocircuita. En cuanto se cierra la puerta detrás de nosotros, ella se da la vuelta y chocamos el uno contra el otro con la misma sutileza que dos borrachos de telenovela.

En el momento en que su espalda golpea la pared, mis manos se estampan a ambos lados de su cabeza.

Nuestras bocas se encuentran otra vez, saboreo sal, tequila y algo que es completamente ella. Intenta quitarme la sudadera por la cabeza, con los dedos incapaces, frustrados, y acaba gruñendo cuando se le queda atascada. Yo trato de ayudar, pero casi le doy un cabezazo sin querer.

—Mierda, lo siento.

—Quítate esto, ¡por favor, Kai!

Su risa es un pecado y, escuchándola tan de cerca, estoy casi seguro de que gemí. Al final, me la arranca por completo y en segundos estoy con el pecho desnudo. Sus ojos me recorren como si estuviera memorizando cada centímetro.

—Dios... —murmura, pasándome la palma por los abdominales, no me sorprendería que me mordiera de un momento a otro.

La presiono con más fuerza contra la pared.

—¿Estás segura de esto? —pregunto, pero la voz me sale ronca, traicionándome.

Ella asiente, los dedos enganchándose en mi cinturón.

—¿Vas a echarte atrás ahora? —arquea una ceja, provocándome.

Con esto, el poco control que me quedaba se desvanece.

La levanto con las dos manos por debajo de los muslos y ella se enrosca en mí al instante, encajando perfectamente conmigo.

Sus labios encuentran mi cuello, mi mandíbula, mi lóbulo.

Su respiración es irregular, y juro que puedo sentir el corazón latiendo en los muslos.

Me froto contra ella. Los vaqueros lo complican todo, pero aun así gime.

Puedo sentir su coño mojado buscándome desesperadamente, tratando de encontrar mi polla dura.

Sus uñas se clavan en mis hombros mientras me froto contra su centro, la fricción creciendo rápido.

Demasiado rápido. Jadea en mi oído: —Ni se te ocurra correrte antes que yo.

—No… no es mi intención —respondo con voz ahogada, temblando, besándole la clavícula—. Pero también, estadísticamente hablando... ok, ok.

Es ella la que me desabrocha los vaqueros.

Ella misma se aparta las bragas y me clava la mirada, como diciendo: «No te pongas tierno.

» Así que no lo hago. La deslizo dentro, muy despacio, sin apartar mis ojos de los suyos.

Ambos gemimos al unísono, su aliento se desliza dentro de mi boca.

Apoya la frente en la mía y cierra los ojos.

Lo siento todo, como si mi cuerpo hubiera estado privado de contacto hasta este preciso momento, y de pronto no supiera cómo gestionarlo.

El calor, lo mojada que está, cómo me aprieta…

y ese sonido bajito y roto que suelta cuando empiezo a moverme.

El ritmo no encaja al principio, como si nuestros cuerpos aún no hubieran alcanzado a nuestros cerebros, son movimientos torpes y desesperados.

Pero entonces… El modo en que me aprieta me arranca un gruñido, y lo encontramos. Me araña la espalda con las uñas, y juro que podría correrme solo por la forma en que dice mi nombre.

—Kai… más, por favor…

A sus órdenes.

Le agarro las caderas con más fuerza y la follo como si fuera mi única misión en esta vida. Como si no fuera un nerd que ha pasado más tiempo entre motores y libros que con personas. Como si ella no acabara de poner mi mundo patas arriba y hacerme suyo desde el primer beso.

Siento que se tensa ella primero. Escucho ese gemido entrecortado, ese «Oh, joderrrr» contra mi oído.

Se rompe en mis brazos. Y la forma en que su cuerpo tiembla alrededor de mí es lo más jodidamente sexy que he visto y sentido en mi vida.

Yo le sigo con un gruñido, alto, desesperado, escondiendo la cara en su cuello.

Perdiéndome por completo, los dos nos quedamos congelados, quietos, temblando y empapados de sudor.

Me echo hacia atrás, aún dentro de ella, con el pecho subiendo y bajando.

—…Pues —jadeo—, ha ido bastante bien, ¿no?

Ella estalla en carcajadas. Y me enamoro. Justo ahí. Sudando, sonriendo, con su risa metida en la piel.

Vega

~La mañana siguiente~

Ten hijos, decían. Será divertido, decían. Bueno, si tu idea de diversión es ser asistente personal/chófer que lleva la moto de tu jefe adolescente al taller, entonces sí, apúntame. Pero para ser justos, la segunda parte de ese recado no estuvo tan mal.

Mi coño tiembla al recordar las manos de Kai agarrándome los muslos, follándome como un poseso en ese baño.

La forma en que susurró «mía» contra mi garganta haciéndome ver las estrellas.

Me muerdo el labio, aún sintiendo el calor, mientras toco el timbre de casa de la mejor amiga de mi hija.

Y se me para el corazón. Porque ahí está, de pie frente a mí.

Con una toalla demasiado pequeña enrollada en esos malditos muslos, sin camiseta, empapado.

—¿Kai? —consigo decir, no reconozco la voz que sale por mi boca.

Su rostro es poesía. Una oda shakespeariana y muy retorcida al «¡Oh, mierda!».

—Vega... eh... ¿hola?

Mi hija y su amiga se acercan cuchicheando y señalando algo en el teléfono.

—¿No tienes ropa de tu talla, Kai-Kai? —dice mi hija entre risas antes de dirigirse a mí—. Mamá, ¿estás bien?

—Sí, cariño. Ve a esperarme en el coche.

Debe reconocer mi cara de «estoy a punto de arruinarle la vida a alguien», porque obedece sin rechistar. Kai se mueve torpemente, todavía sujetando la microtoalla como si estuviera a punto de rendirse.

—¿Puedo... hablar contigo un segundo?

—No puedes hablarme con eso puesto.

—Por favor. Déjame explicarte...

—¿Cuántos años tienes, Kai?

Está dudando. Me va a dar algo.

—Tengo… por favor, no te cabrees.

—Jesús…

—…Veintitrés. Casi. El mes que viene.

Se me baja la sangre de la cara. Mi única forma de sobrevivir es taparme la boca con las dos manos.

—¡¿Y Leah es tu hermana?! ¡Dios mío, Kai! ¡Es la mejor amiga de mi hija! ¿Lo sabías?

—…¿Sí?

—¿Me lo preguntas a mí? ¡Joder! ¡Me mentiste!

—Sí… bueno, ¡no! Técnicamente…

—¿Técnicamente? —si las miradas mataran—. ¿Técnicamente? Kai, no te atrevas…

—Nunca dije que fuera mayor —me dice—. Lo supusiste. No te corregí porque…

Su voz se apaga, pasándose una mano por la cara.

—Porque nunca he conocido a nadie como tú.

La honestidad con la que suena lo que me acaba de decir golpea en lo más profundo de mí.

—Esto fue un error —le digo—. Se acabó. Olvídalo.

—No puedes decidir eso tú sola —dice en voz baja—. No puedes tocarme así, besarme como si te importara y fingir que no significó nada.

—No significó nada —le espeto.

—Mentirosa.

Y así, me doy la vuelta y camino hacia mi coche, sin mirar atrás.

Vega

~Una semana después~

La fila de gente esperando mi firma crece a cada minuto.

¿Quién hubiera pensado que a alguien le gustaría el porno de monstruos donde ella es el monstruo, con tres vaginas, nada más y nada menos?

Sinceramente, escribir escenas de sexo grupal se ha vuelto muchísimo más fácil. Organizativamente hablando.

Entre nombres, firmas y amables agradecimientos, no dejo de mirar mi teléfono.

Ningún mensaje suyo hoy. Supongo que finalmente se rindió.

Mejor. Sabía que se cansaría con el tiempo.

Por fin puedo seguir con mi vida sin imaginar en todo momento su dulce y hambrienta boca por todo mi cuerpo.

Ni cómo sus dedos jugaban con mis bragas mientras intentaba no reírse porque me golpeó la cabeza con el maldito secador de manos. Maldita sea, Vega. Concéntrate.

—Disculpe, no me llamo Kai —una voz chillona interrumpe mi vigésima tercera ensoñación más inapropiada del momento.

—¡Oh, mierda, lo siento! —Fuerzo una sonrisa—. Déjame darte un ejemplar nuevo. Esta vez con tu nombre.