4 Vega Kai
Vega + Kai
Vega
Su coche impoluto huele a una mezcla de pino y patchouli imposible de replicar, y me está subiendo directamente al cerebro, con náuseas incluidas.
—Solo digo que si tuvieras un poco más de cuidado, no tendría que llevarte a todos lados en coche —murmura Rick con ese tono que me dan ganas de romperme un vaso sanguíneo solo para callarlo.
—Déjame recordarte que la persona por la que hacemos esto tiene el cincuenta por ciento de tu ADN —espeto—. No es mi culpa que su moto se estropeara justo la semana que mi coche está en el taller.
Llevamos cuatro años separados, pero de alguna manera, todavía me habla como si le debiera toda una vida de favores y tuviera algún poder sobre mí.
Rick se detiene y sale de un salto para abrir el remolque donde está la moto.
Cierro la puerta del coche de golpe con tanta fuerza que podría haberla convertido en una giratoria.
Que le den. Y a su coche impoluto y nauseabundo también.
—Vuelvo en un taxi, no te preocupes. Gracias.
El taller se encuentra detrás de una lavandería que ha visto días mejores.
Está lleno de carteles descoloridos de chicas medio desnudas y un ventilador moribundo zumbando en la esquina.
El tipo de sitio sobre el que suelo escribir en mis libros, donde alguien acaba follando, asesinado, o ambas cosas.
El susurro de música rock que vibra desde los altavoces es interrumpido por una voz que desde el fondo grita: —¡Voy en un segundo!
Miro a mi alrededor. El sitio es un caos de neumáticos, herramientas y metal hecho trizas. Mi hijo me rogó que trajera su moto de cross destrozada aquí, no paraba de hablar de un genio que «sí escucha» y «no trata a los adolescentes como si fueran gilipollas».
No esperaba gran cosa. Desde luego, no lo esperaba a él.
Un chirrido metálico corta el aire cuando una figura sale rodando de debajo de un coche.
Primero aparecen las botas, gastadas, sucias.
Luego los vaqueros, manchados de pintura y pegados a unas piernas largas y anchas.
La camiseta negra se le sube justo lo suficiente como para enseñarme el hueso de la cadera y unos abdominales de los que no se consiguen en un puto gimnasio, sino currando de verdad.
Tiene las manos llenas de grasa. Los nudillos marcados por los golpes. Y luego, su cara. Madre. Mía.
Parpadea, sorprendido. Ojos grandes, azules, afilados.
Un poco demasiado inocentes para un cuerpo como ese.
Tiene una mancha de aceite en el pómulo.
El pelo oscuro le cae en ondas salvajes, más corto por los lados, desordenado y empapado de sudor.
Y esa boca… parece suave, dudosa, como si aún no supiera muy bien para qué sirve.
El estómago me da un vuelco. Pero en el mejor de los sentidos.
Como si acabara de caer en picado en una montaña rusa en la que ni siquiera recordaba haberme montado.
Se incorpora demasiado rápido, se limpia las manos con un trapo y se queda congelado, como si acabara de verme por primera vez también.
—Hola —dice. Su voz es más grave de lo que esperaba, ronca y algo juvenil.
No puedo moverme. Debe tener treinta y pocos.
Tal vez. ¿Demasiado joven para una mujer con hipoteca, dos adolescentes y suficiente equipaje emocional como para hundir un barco?
Probablemente. Pero no puedo dejar de mirarle.
Y parece que él tiene el mismo problema conmigo.
La tensión se puede cortar, es eléctrica.
Uno de los dos debería decir algo adulto y responsable, pero la forma en la que está ahí plantado, expectante, esperando a que yo hable primero…
Por fin, saco fuerzas y aclaro la garganta.
—He traído la moto. Es de mi hijo. Dice que eres el mejor.
Él sonríe, despacio, un poco tímido.
—Soy Kai.
Si esto fuera una de las novelas que escribo, mi agente diría que no es creíble. Nadie tiene ese aspecto, nadie te puede mirar así. Y así de golpe, lo sé. Estoy jodida.
Kai
Me falta el aire. Ella está aquí, con un vestidito de flores y una sonrisa que supe que era mi ruina desde que la vi de cerca. Por lo visto no me reconoce. Su voz, baja, ronca, con un toque de sarcasmo y súper sexy. Creo que podría morir en este mismo instante.
—Soy Kai —digo demasiado rápido, con la voz que se me quiebra como si fuera un puto adolescente. Joder.
Se me calientan las orejas, de verdad, un calor insoportable. El sudor me resbala por la espalda. Tengo delante a la madre de la mejor amiga de mi hermana. La mujer con la que llevo obsesionado desde que tenía quince años.
Claro que no sabe quién soy. Yo solo soy el crío que llevaba aparato, se escondía bajo la capucha de la sudadera y olía a spray AXE.
Pero ya no soy ese crío. Y, sinceramente, no quiero que me reconozca.
Todavía no. Porque hay algo en mí, esa parte que normalmente me controla la jodida boca, que quiere ver hasta dónde llega esto antes de que todo se vaya a la mierda.
Antes de que se dé cuenta de quién soy. Antes de que le arruine el puto día entero.
Vega
—¿Seguro que no es molestia? —pregunto mientras cojo el casco de sus manos grandes y ásperas—. Iba a pillar un taxi.
—No, no, eh... para nada, tenía que ir al centro de todas formas —dice Kai con una sonrisa que me deja tiesa. ¿Eso que veo es un puto hoyuelo? Mierda.
Pasa una pierna por encima de la moto, no lo hace a posta, pero es lo más sexy que he visto en lo que va de día, y mis bragas se empapan al instante.
Esto es malo. Kai me ayuda a subir, y milagrosamente no acabo de cara contra el suelo.
Es más: lo hago con gracia. Cuarenta años y aún tengo flow. ¡Toma ya, Vega!
Le dije que necesitaba que me llevara al Marty’s bar para encontrarme con Zoe, mi agente.
Lo que no sabe es que mi cita con ella no es hasta dentro de un par de horas.
Quizás pueda convencerlo de que se quede y me haga compañía.
¿Soy mala persona? Posiblemente. ¿Pero sé lo que quiero?
También. Coloco las manos en el depósito, pero él las coge y delicadamente las pone en su pecho.
—Es... más seguro así —dice con voz temblorosa.
—Claro, tú mandas —respondo. Me lo voy a comer vivo.
Su corazón late tan fuerte que lo siento bajo las palmas de las manos.
La verdad, el mío también. Entonces siento dos golpecitos en el muslo izquierdo y me quedo paralizada.
Kai se inclina hacia adelante y acelera el motor, así aprendo a las malas que ese doble golpecito significa agárrate, que volamos.
Mi grito se oye por encima del motor y Kai se ríe como el puto demonio.
Vale. Nuevo plan. Voy a asesinarle lentamente.
Cuando llegamos a la puerta de Marty's, aparca con una gracia sorprendente y me ayuda a bajar de la moto.
—No ha estado nada mal —digo quitándome el casco. Miro el móvil, suspiro dramáticamente y hago mi mejor interpretación digna de un Oscar— Ay, no, mi amiga dice que llegará tarde... —lo miro con ojos tiernos y traviesos—. ¿Qué te parece si te doy las gracias… por el servicio?
La sutileza ha muerto.
Kai
Mierda. ¿Dónde cojones me estoy metiendo?
No tengo ni idea de qué hacer. Intento mantener la compostura jugueteando con la botella de Coca-Cola, evitando por completo mirarla, porque esto está tomando un rumbo peligroso.
Ella, en cambio, parece estar pasándoselo de puta madre.
¿Se está riendo de verdad con mis chistes?
Su risa llena el ambiente como música en una sala de conciertos, y mi polla está luchando por su vida, intentando que le preste atención. ¡Quietecita, por el amor de Dios!
Puedo sentir todas las miradas, de hombres y de mujeres, clavadas en ella. Claro que la miran. Es… joder, es como si la física funcionara diferente en lo que se refiere a Vega. Como si todo el mundo orbitara alrededor de ella. Yo… el primero.
Vega
Una cerveza se convierte en dos. Cuando pido una botella de tequila, él me mira como si yo fuera todo pecado y él solo un ángel metiéndose en líos.
—Solo uno —dice—. Tengo que... eh... volver en moto.
—Ay, qué responsable. Eso sí que es sexy —respondo con una sonrisa maléfica mientras le ofrezco el chupito.
El tequila quema al bajar, pero no es por eso que el pecho me arde.
Kai está sentado frente a mí, esas manos enormes agarrando el vaso, los nudillos tensos, el labio atrapado entre los dientes.
No ha hecho ningún movimiento. Ninguno descarado, al menos.
Pero puedo sentir el deseo en él, nervioso, contenido y a punto de desbordarse.
Llevamos más de una hora frente a frente, acumulando tensión sin tocarla.
Su cuerpo me está llamando a gritos, pero algo dentro de él lo está frenando, y yo no tengo tiempo para hombres que se contienen cuando me desean.
—Entonces... —me apoyo en el codo, los dedos recorriendo el borde del vaso—. ¿Se te han acabado ya los datos o hechos curiosos que contarme? —alargo la mano para coger una servilleta pero por el camino aprovecho y toco accidentalmente su antebrazo con la yema de mis dedos. Kai parpadea rápidamente.
—…Eh, no. O sea, sí... —se ríe bajito y niega con la cabeza—. Esto es un desastre. Tenía algo preparado, algo incluso interesante.
—¿Ah, sí? A ver, sorpréndeme.
Se aclara la garganta, las mejillas enrojecidas.
—Vale. Pues... tu piel.
Inmediatamente pone cara de espanto.
—Espera. No, me refiero a... Joder, no estoy hablando de tu piel en ese sentido.
Sonrío.
—Demasiado tarde. Ya me siento halagada.
—No, no... digo científicamente. La piel es tu órgano más grande. Envía señales al cerebro más rápido que los ojos. Así que, técnicamente, un simple toque puede provocar una reacción más fuerte que cualquier cosa que veas.