3 Gabriela Jace #3
Estoy al borde, a un suspiro de romperme, todo mi ser responde a cada caricia con una devoción que no puedo controlar. Late, suplica, le llama como si le perteneciese desde siempre, cada movimiento de su lengua y manos lo vuelven más suyo. Y yo... más de él.
Y, de pronto, se detiene. Mi cuerpo se queda temblando. El vacío que deja es brutal, me atraviesa y me arranca el aire, estoy confundida y totalmente desquiciada por el deseo, y veo cómo sus ojos brillan con satisfacción y poder.
—No me has respondido, Gabriela… dime. ¿Te quieres correr?
Mi respiración se mezcla con mis palabras, apenas consigo articularlas entre jadeos.
—Sí, por favor.
Mi cadera se arquea hacia él, atraída magnéticamente, como si mi cuerpo ya no supiera hacer otra cosa que buscarle. Joder. Le odio. Le deseo. Cada caricia es una batalla: entre el orgullo y la rendición, entre huir y abrirme más.
—Pídemelo —ordena, con una voz que me quiebra por dentro.
El calor me inunda, me arde en el pecho, en la garganta, en la entrepierna, me cuesta ordenar mis pensamientos pero entonces, una voz desconocida escapa de mi garganta: —Quiero correrme —susurro, temblando—. Quiero correrme, por favor...
Sus dedos vuelven a mí con fuerza, con precisión.
Su pulgar encuentra mi clítoris y lo presiona como más me gusta: directo y constante.
El placer es inmediato, imparable y con el siguiente roce de sus labios la ola me arrastra y me dejo ir.
Un orgasmo salvaje me sacude como un terremoto.
Me aferro a él, grito su nombre, todo mi cuerpo se tensa.
Espasmos me atraviesan y me contraigo alrededor de sus dedos una y otra vez, como si no quisiera soltarlo.
—Jace… —gimo, aferrándome a la encimera, siento que, si no lo hago, me voy a caer.
Él sonríe y me observa con lujuria.
—Eso es… Tienes el coño más obediente que he visto jamás.
Retira la mano de mi clítoris con un último roce que me hace temblar. Mi cuerpo no se ha recuperado aún cuando siento que me agarra los muslos y me sujeta firmemente sobre la encimera.
—Mírame.
Levanto la cabeza. Se está desabrochando los pantalones, el sonido del cierre me hace temblar de anticipación, a través de los bóxers veo cuánto me desea, y cuando al fin se los baja y libera su polla se me corta la respiración. Gruesa. Dura. Me arde la garganta solo de imaginarla dentro.
—Ahora ábrete para mí. Voy a metértela tan hondo que cada vez que me veas, pienses en esto: en mí dentro de ti y en lo mucho que te gusta que te folle.
Sus palabras van directas a mi centro. Me sujeta fuerte por las nalgas y me empuja justo al borde de la encimera. Y lo hace… entra despacio… el estiramiento es delicioso, brutal, cada centímetro me llena, me consume, me reclama.
—Joder... te siento como un puto milagro.
Empieza a moverse dentro de mí, me está follando con una paciencia cruel. Lento y profundo. Me tortura con cada embestida pausada, con el golpeteo suave de sus caderas, con sus dedos marcándome los muslos, con el roce de mi centro con su pubis...
—¿Te gusta que te folle así? —gruñe.
—Sí... sí... —me inclino hacia él—. No pares...
Aumenta el ritmo mientras cada centímetro de él me arrasa y entonces una corriente recorre de nuevo mi espalda y, con la siguiente embestida, me desintegro.
Mi segundo orgasmo me devasta, me quiebra la voz, las piernas, la cabeza.
El placer es tan brutal que me deshago en él, aferrada a su espalda, gritando contra su cuello.
—He estado imaginando esto toda la maldita semana —gruñe. Su voz ronca me sacude justo en medio del clímax y me empuja más hondo.
Se aferra a mis caderas y se entierra con fuerza. Una última embestida y noto cómo su cuerpo se tensa, siento su polla vibrar dentro de mí y cómo su descarga caliente me llena. Apoya su frente contra la mía, su aliento en mi boca.
—Esto —susurra—. Esto es solo el puto principio.
Jace. 3 días después Otra reunión que es un coñazo.
Gráficas, informes, palabrería vacía. Todos hablando del trabajo en equipo como si no supieran quién cargó con el peso real.
Y yo recordando cómo reaccionaba su cuerpo mientras me perdía en él.
En cómo se arqueaba. En cómo gemía. En cómo me sentía dentro de ella. Y entonces entra.
Camina rápido, viene tarde… lleva una camisa que se pega a ella como una promesa.
Se agita, lo noto al instante, no es solo su entrada apresurada, es su pulso acelerado, la respiración que cambia levemente.
Nos miramos, sin decir una palabra, y siento que el aire se electrifica, el deseo me golpea como un puñetazo en el estómago.
Suficiente para que me llegue todo: el calor de su aliento, el olor de su piel, su coño palpitando por mí. Ella fingiendo que no pasó nada, yo fingiendo que puedo concentrarme.
Se me tensa la mandíbula mientras trato de que toda mi sangre no vaya al lugar más inapropiado, pero no puedo evitarlo, mi cuerpo la reconoce antes que mi mente.
La próxima vez que la tenga, voy a follarla hasta que no pueda ni moverse, hasta que cada parte de su cuerpo grabe mi nombre. No puedo esperar.