4 Vega Kai #3
Mantengo la mirada baja, esperando sobrevivir a la siguiente persona en la fila, hasta que el siguiente libro aterriza frente a mí. Excepto que... no es un libro. Es un cuaderno de notas… vacío.
—¿Nombre? —pregunto, confundida, sin levantar la vista.
—Tus libros se han agotado, pero podrías reutilizar el que le acabas de firmar a esa chica.
Me quedo paralizada. Esa voz áspera y juvenil que hace unos días me susurró datos científicos al oído como un juego de calentamiento. Tan alto y ancho. Manos en los bolsillos como si no supieran adónde ir. Sudadera negra con capucha. Casco en mano. Kai.
Mi corazón se salta un latido. Mi bolígrafo se atasca a mitad de trazo. Cuando mis ojos llegan a los suyos, estos ya están fijos en mí. Ardientes y sin complejos. Buscan una explicación o un gesto de mi parte. Pero yo no sé, no quiero, no puedo darle nada.
Kai
No ha respondido a ninguno de mis mensajes. Ni a los de animales raros. Ni a las novedades sobre la construcción de mi moto. Ni a la nota de voz donde solo digo… su nombre.
Lo entiendo. De verdad. Pero estoy desesperado. Así que cuando vi su publicación en Instagram anoche, no lo dudé ni un segundo.
✨ Vega Novels ✨ “Firma de libros este sábado en Paper Moon Books! Ven a decir hola! 💀❤ 5pm.”
Ahora me mira fijamente. No con cariño, pero al menos me ve.
—¿Qué haces aquí? —susurra. Su voz corta como el calor... o tal vez el odio. No lo sé. Agarra mi cuaderno como si la quemara.
—No contestabas a mis mensajes.
—Porque no quiero.
—Mentirosa.
Su boca se contrae. Sus ojos parpadean, igual que la primera vez que la llamé así.
—Me jodiste para todas las que vengan después, Vega —digo con mis ojos clavados en ella. Entonces suspiro—. Y ni siquiera llegamos a la cama.
Su mirada se suaviza, lo suficiente como para arruinarme, pero sigo sin poder descifrarla. Nunca puedo. ¿Por qué siento que la conozco de toda la vida... y sigo sin tener ni idea de cómo retenerla?
Baja la mirada, coge su bolígrafo y escribe algo en el cuaderno.
Entonces me lo devuelve y se va. Sin guiños.
Sin sonrisas. Solo con ese lento y cómplice balanceo de caderas, como si no me hubiera abierto el pecho.
Miro fijamente el cuaderno ya-no-tan-en-blanco que tengo en las manos.
Sin título. Sin nombre. Solo las cuatro palabras que dejó, escritas con esa tinta segura y en bucle que reconocería en cualquier lugar:
Última vez… lo juro.
…Y echo a correr… Con solo un objetivo, pasillo abajo, tras la cortina que dice «solo personal». Y ahí está. Esperando. Apoyada en una pila de cajas como si no acabara de reorganizarme todo el sistema nervioso con un rotulador permanente.
Ya estoy temblando.
Vega
Está temblando. Su pecho jadea. Sus ojos fijos en mí. Me muerdo el labio inferior, igualando su intensidad. Necesitamos cerrar el círculo. Eso es todo. Una última vez para quitármelo definitivamente de la cabeza, ¿verdad?
—¿Llegaremos alguna vez a la cama? —pregunto sin pestañear.
No quiero perderme nada. Este es un nuevo Kai.
Más seguro. ¿Y cómo me mira? No creo que me canse nunca de que me miren así.
Viene hacia mí, tan cerca que tengo que echar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.
Tengo la boca seca... y aun así, ¡cómo se me hace agua la boca por este hombre! Bueno. Chico. Ay, joder…
Sus manos me agarran las caderas y me empujan contra las cajas. Mientras empieza a desabrocharme los ajustados pantalones de cuero, murmura: —Creo que me gusta más así, sin camas. Puedo adorarte como te mereces.
Mete dos dedos en la cintura de mis pantalones y bragas y, arrodillándose, me los baja despacio, con reverencia, ayudándome a quitármelos.
Se queda de rodillas delante de mí. Sus manos recorren la parte trasera de mis muslos hasta mis caderas, luego acarician mi entrepierna, apenas un roce. Siento cómo se tensa.
—Joder, Vega —gruñe, presionando su frente contra mi ombligo—. Ni siquiera he empezado y ya estás así, ¿por mí?
Siento una inocencia en su voz que me ahoga con culpabilidad, pero entonces me encuentro con sus ojos.
En ellos no hay inocencia ni miedo. En ellos veo a alguien que sabe lo que quiere, consumido por una pasión que hacía mucho tiempo no veía dirigida a mí.
Una mano ancha acaricia mi muslo, luego se desliza detrás de mi rodilla, levantándola hasta que descansa sobre su hombro.
Nunca me había sentido tan expuesta. Tan caliente.
Cualquiera podría entrar ahora mismo. No cambiaría absolutamente nada.
—Mírame, Vega —dice, con un ligero destello de petulancia en la voz—. Tu cerebro memoriza mejor las cosas cuando usas los ojos.
Con una mano en mi muslo y la otra en mi trasero, empieza a besarme las caderas, el estómago y la cara interna de los muslos, sin romper el contacto visual.
Y entonces su boca me encuentra. Su lengua, caliente y húmeda, se desliza desde mi entrada hasta mi clítoris, y yo toco el cielo.
Cierro los ojos de golpe y el cabrón se detiene.
—Dije... —una pausa—. Que me mires, Vega.
—Kai...
La mano en mi trasero se mueve lenta y tortuosamente hacia mi centro. Sus dedos rodean mis labios, empapándose. ¿Sus ojos? Todavía fijos en los míos.
—Tus nervios pélvicos pasan justo aquí debajo...
Presiona, en el punto preciso, con la yema del dedo.
—Por eso incluso el roce más leve te hace sentir que te vas a romper.
Entonces sonríe, con esa sonrisa inocente.
—Ciencia, cariño. —se para, pensativo—. Bueno, técnicamente debería ser anatomía, pero... da igual.
Voy a matarlo. En cuanto haga que me corra, está muerto. Su boca encuentra mi clítoris de nuevo, esta vez sin piedad, mientras dos dedos se deslizan profundamente dentro de mí. Esto. Esto era lo que necesitaba. Me fallan las rodillas; tengo que agarrarme a su cabeza solo para mantenerme erguida.
Pongo los ojos en blanco con un gemido tan fuerte que traumatizaría a la anciana sentada justo fuera de esa puerta.
Pero Kai no se detiene. Menos mal que no se detiene.
Siento su sonrisa contra mí, su cálido aliento iluminándome como fuegos artificiales.
Me froto contra su boca como si fuera lo único que me mantiene viva.
—Oh, Dios, Kai, por favor, no pares.
Es lo único que consigo decir antes de explotar. Ardo en su boca, y él me absorbe como si fuera la cura de todo lo que le ha pasado. Cuando por fin se levanta, elevándose sobre mí, se lame los dedos como un niño con un helado. Se inclina, rozando la boca con la mía.
—¿Sabías que el sa...?
—Kai.
Interrumpo. Mi voz es áspera, mi mirada débil.
—Te juro por Dios que si me das otro dato científico sobre mi corrida, te vas a casa con las pelotas llenas. —Su risa es fuerte y jodidamente gloriosa.
—Entonces supongo que tendré que ceñirme a los hechos —dice, rasgando el envoltorio del condón con los dientes, endulzando todo con la sonrisa más pícara—. Date la vuelta, preciosa. No he terminado contigo.
Kai
Pues... Se acaba de dar la vuelta. Le dije que se diera la vuelta y lo ha hecho.
No solo está aquí, mirándome como si quisiera destruirme, sino que está haciendo lo que le pido.
¿Qué hice en otra vida para merecer esto?
Debí de ser el jodido Richard Feynman, resolviendo los misterios del maldito universo.