2 Sunny Oliver
Sunny + Oliver
Sunny
La tienda está vacía. Doy gracias a la vida.
En realidad, sabía que estaría vacía. El hecho de que se encuentre a dos calles del gimnasio donde trabajo hace que conozca perfectamente en qué momento del día hay menos clientes…
era ahora o nunca. No es que me avergüence que me vean comprando en la tienda de lencería más cara de la ciudad... bueno, sí, me da vergüenza.
Después de la décima vuelta a la tienda, cojo lo que creo que me quedaría bien y me lanzo desesperada al probador.
Nunca me hubiera podido imaginar lo que se escondía tras esa cortina de terciopelo.
Para empezar, es más grande que mi baño.
Una alfombra mullida de color rosa claro cubre toda la superficie, un pedestal dorado justo en el centro colocado estratégicamente ante un majestuoso espejo negro barroco.
Y no hay solo uno, sino otros tres espejos más frente al pedestal que permiten una vista de 360 grados de ti con un sujetador del tamaño de un sello de Correos y un tanga hecho con hilo dental.
Genial. No tengo excusas para decir que no me veo bien por detrás o desde cualquier ángulo.
Ahora tengo que hacer esta compra, sí o sí.
Me pruebo el primer conjunto. Es lo que se conoce de toda la vida como picardías, pero la etiqueta dice babydoll.
Definitivamente no es lo que usaba para mis muñecas de niña.
Pero, madre mía, tengo que decirlo: me queda genial.
El sujetador es de color rosa claro, con unas tiras que caen a su alrededor, haciéndolo parecer un vestidito.
La tela es de encaje ligero y es lo más suave que mis tetas hayan sentido jamás.
Se ven increíbles, grandes y voluminosas, con mis pezones ligeramente visibles.
Las tiras de encaje caen por mi vientre, realzando mis tonificadas curvas.
Las braguitas se ajustan perfectamente a mi cuerpo, apretando justo donde debe hacerlo, dejando al descubierto y con fácil acceso cada punto clave.
Pero, ¿me aprieta demasiado? No tengo ni idea si esta es la forma correcta de llevarlo.
No puedo preguntarle a mi novio, se supone que esto es una sorpresa.
¿Mis amigas? Demasiado clásicas para confiar en ellas.
¿Mi madre? Ah, no, gracias. Abro un poco las cortinas y veo a un hombre justo afuera de los probadores.
Está trabajando en algo en su teléfono y su traje negro me dice que trabaja aquí. Uf, ¿no podía ser una mujer?
Sé valiente, Sunny, me digo.
Sal de esta zona de confort en la que siempre has vivido y pregunta de una vez.
—Disculpa, ¿trabajas aquí?
Él
Levanto la mirada y veo un par de hermosos ojos de muñeca mirándome fijamente, intentando esconderse detrás de una cortina.
Una cascada de ondas rubias cae por su hombro.
Incluso desde esta distancia podría contar cada una de las pecas que cubren su rostro angelical.
Me quedo atónito por un segundo, pero entonces, de repente, mi boca toma una decisión: —Sí —digo—. Hoy sí.
Guardo el teléfono en el bolsillo y me acerco, tranquilo pero seguro, intentando no joder este momento.
—¿Puedo ayudarla en algo, señorita?
Ella duda, la cortina aún protegiéndola, sus dedos agarrando el borde como si fuera lo único que le impidiera salir levitando.
—Em… no sé si lo llevo bien puesto. Me aprieta por algunas partes. Y me queda suelto por otras —dice, mordiéndose el labio—. Nunca había comprado algo así. Es… una sorpresa para mi novio.
El esfuerzo sobrehumano que hago para evitar arquear una ceja falla totalmente. Pero consigo suavizar mi sonrisa y, con un tono juguetón, añado: —Bueno, estoy seguro de que le va a encantar. Pero… si quiere una opinión profesional…
Me inclino un poco, voz oscura pero suave.
—Podría echar un vistazo rápido. Solo para darle el servicio como clienta que se merece, claro.
Hay un momento de silencio, no incómodo, pero necesario. Entonces abre la cortina un poco más. Y entro.
Sunny
¿Era así de alto y corpulento justo antes de entrar al probador? No creo... Dios mío, quizá he cometido un error al dejarlo entrar. El hecho de que, además de alto y corpulento, sea guapísimo no me ayuda en estos momentos.
Su pelo suave y oscuro, casi como terciopelo negro, cuidadosamente peinado, aunque con algunos mechones rebeldes cayendo sobre su frente, como si no fuera del todo intencional.
Una mirada rasgada, de un ébano profundo y una boca de labios gruesos y sugerentes, completan un rostro imposible de ignorar.
Siento mariposas en el estómago solo por tenerlo detrás de esta cortina conmigo.
Su presencia colma el ambiente del probador y yo siento que me falta el aire.
La forma en que sus ojos recorren mi cuerpo me hace temblar las piernas.
Pero claro, él trabaja aquí. Seguramente ha visto a miles de chicas probándose ropa así, chicas mucho más guapas que yo.
Camino hacia la plataforma central y subo.
Los cuatro espejos que me rodean reflejan cada centímetro de mi cuerpo, haciéndome dolorosamente consciente de él, el babydoll y el quién-me-mandaría-a-mí.
Puedo ver su reflejo en todas partes. Su mirada se multiplica con cada espejo, intensificándose, acariciándome desde cada ángulo.
Respiro hondo. Sé valiente. Sé valiente. Es un profesional. Probablemente ni siquiera le gustan las mujeres...
—No estoy segura de si esta parte… —me giro ligeramente y señalo mi trasero— debe estar así de apretada... ¿o si es mejor que quedara un poco más suelta?
Arquea ligeramente las cejas y baja la vista hacia donde gesticulo con mi mano.
Se toma su tiempo; no solo mira, analiza exhaustivamente.
Mi corazón da un vuelco cuando se agacha.
De hecho, se arrodilla justo detrás de mí, con las manos a la espalda como un dependiente de lo más educado, y murmurando, pensativo.
—Depende —dice, bajando la voz—. ¿Lo pregunta desde una perspectiva de comodidad…? —sus ojos se encuentran con los míos en el espejo, con una leve sonrisa curvándose en sus labios—... ¿o desde un punto de vista más de «efecto»?
Mis labios se separan, pero no digo nada. Porque ya no tengo control sobre nada.
—Pero —continúa, estudiando el conjunto con atención—, si estuviera demasiado apretada, sería de esperar que se clavara un poco. Una marca aquí… —levanta un dedo, sin tocar, simplemente flotando justo debajo del borde de encaje sobre mi nalga—… o un pliegue aquí.
La punta de su dedo se desliza apenas un centímetro, sin tocar la piel. Luego se levanta lenta y deliberadamente. Es tan alto que su boca está a la altura de mi oreja, incluso estando yo en la plataforma central… con tacones.
—¿Personalmente? —murmura—. Creo que su novio va a perder la cabeza en cuanto la vea aparecer con esto puesto.
—Oh… okay.
Eso es lo único que mi boca consigue articular.
No puedo dejar que esta situación tan normal pueda conmigo.
Solo está siendo amable. Excelente atención al cliente, definitivamente recuerdo haber leído sobre eso en las reseñas.
Simplemente está haciendo su trabajo. Pero, cómo lo dice.
Sus ojos. Su sonrisa burlona. Puedo olerlo desde aquí, masculino y almizclado, con un toque picante, y no ayuda.
Absolutamente. No. Ayuda. Me recompongo como puedo y digo: —Me…
alegra oír eso —carraspeo—. Y con respecto a...
—bajo la mirada—... ¿mis pezones? ¿Se supone que deben ser tan... visibles?
¿De verdad acabo de preguntar eso?
Sí. Sí, claro que sí. Silencio. Por primera vez desde que he entrado en la tienda oigo la música de los altavoces.
Un elegante jazz muy sensual que definitivamente empeora la situación.
Si pudiera hacer un agujero en estos momentos y enterrarme viva…
Su sonrisa no flaquea, pero sí se transforma en algo más intenso y aún más definido en los bordes.
—Bueno —dice lentamente, recorriendo mi pecho con la mirada con una precisión devastadora—. Eso es una cuestión de... filosofía de la marca.
Se posiciona detrás de mí en la plataforma central. Sin tocarme. Solo... permanece ahí. Veo lo cerca que está a través del espejo. Podría inclinarme apenas un poco hacia atrás y sentiría su pecho rozando mi columna.
—Este diseño en particular —continúa con voz despreocupada pero ronca— enfatiza la forma natural. Creando contraste.
Levanta una mano y la detiene en el aire justo al lado de mi pecho; sin tocarlo, pero haciendo que me duela la piel por su ausencia.
—No se trata de ocultar ni mostrar. Se trata de invitar.
Luego se inclina. Lo justo para que sienta su aliento en mi hombro mientras murmura: —Entonces, si son un poco visibles… —dice con una media sonrisa— lo está llevando bien.
Me arde la piel en las zonas donde necesita ser tocada, donde anhela su roce.
¿Cómo he llegado hasta aquí? En un momento me estoy preguntando qué color le gustaría a mi novio, y al siguiente…
estoy básicamente rogando con la mirada que un desconocido me toque.
En mi defensa, ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me sentí deseada. Realmente deseada.
Si soy sincera, nadie me había mirado así nunca.
Mi novio siempre ha sido… convencional. Cuidadoso.
Nunca se pasó de la raya conmigo. Tal vez, si dejara que me tocara, solo un poquito, se me pase el antojo.
Lo sacaré de mi mente y volveré a mi vida como la novia modelo que se supone que soy.
Solo un roce. Una caricia de sus dedos. Eso será suficiente... ¿Verdad?
—Mmm... no estoy segura de si me hace marca o, eh… algo ahí atrás, como mencionaste antes —digo, señalando mi trasero, meneándolo. Sí. Lo meneo—. ¿Quizás podrías comprobarlo por mí?
Él