Turn me on 2 Sunny Oliver #2
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2 Sunny Oliver #2

Veo ese culo menearse. Lo acaba de menear delante de mi puta cara.

Y, por medio segundo, olvido cómo respirar.

Todo mi instinto me grita que agarre. Pero no lo hago.

Todavía no, al menos. Mantengo una postura relajada.

Las manos en la espalda como el profesional que soy, ladeo un poco la cabeza y en mi boca se dibuja una sonrisa más lobuna que masculina.

—Por supuesto —digo con suavidad—, encantado de ayudar. El control de calidad es importante.

Me coloco detrás de ella y, en cuanto estoy lo suficientemente cerca como para sentir el calor que irradia su piel, sé que estoy jodido.

Su espalda desnuda, salvo por esos finos tirantes de encaje.

Su trasero, perfección que lucha por ser contenida en el encaje a juego, se mueve de nuevo, esta vez sin querer, mientras se remueve nerviosa bajo mi mirada.

—¿Justo aquí, sí? —murmuro, dejando que una mano se deslice sin tocar sobre la curva de su cadera. Quiero que lo necesite. Que me necesite.

Pero es en ese momento cuando se inclina un poco hacia atrás, casi imperceptible. Y ya no aguanto más. Dejo que mis dedos rocen el borde del encaje. Una presión suave y provocadora a lo largo de la costura.

—Mmm... —digo en voz baja, recorriendo con mi tacto la curva de su espalda, bajando lentamente hasta llegar a su trasero. Dejo que mi pulgar roce el borde donde la tela se clava ligeramente en su piel.

—Sin marcas, sin señales —digo con la voz ronca—. Te queda como si estuviera hecho a medida, exclusivamente para ti.

Formalismos olvidados. La siento estremecerse.

Mi otra mano sube con más seguridad esta vez y se posa en su cadera, firme pero sin fuerza. Ella deja escapar un suspiro casi imperceptible, pero no es de miedo. Es un permiso.

Sunny

La piel de gallina se apodera de todo mi cuerpo. No puedo respirar. ¿A quién estaba engañando? ¿Su tacto me quitará el antojo? ¿En serio, Sunny?

Ahora no solo necesito sus manos, necesito su boca sobre mí. Necesito sus labios en cada centímetro de este vestidito que llaman babydoll. Necesito que me lo quite y me haga olvidarlo todo, solo por un momento. Solo por hoy. Nadie tiene por qué saberlo. Este puede ser mi secreto. Así que me lanzo.

Él

Su voz es entrecortada, temblorosa, pero ese tono tímido ha desaparecido totalmente. No, ahora sabe exactamente lo que hace.

—Me preocupan mis pezones —dice—. Necesito que mi novio los pueda alcanzar... fácilmente...

Siento que cada músculo de mi cuerpo se tensa.

Quiere que la pruebe. Quiere que sea yo quien actúe.

Me acerco más, presionando mi pecho contra su espalda, dejándola sentir la firme línea de mi cuerpo contra la suave curva del suyo.

Mis palmas suben, rozando sus costillas hasta que se encuentran con el encaje de debajo de sus pechos.

—¿Acceso, eh? —murmuro contra su cuello—. Bueno, efectivamente puedo evaluar ese aspecto.

Una mano se desliza más arriba, con los dedos curvándose bajo el delicado dobladillo del picardías.

No me detengo, sigo subiendo hasta que toda mi mano sujeta su pecho.

Engancho mi dedo corazón alrededor del encaje de su sujetador, lenta, deliberadamente, y tiro hasta que su pezón queda expuesto al aire fresco…

a mis ojos. Mi respiración se entrecorta.

Su puta madre... Es perfecto. Turgente. Delicioso.

—Definitivamente visible —digo en voz baja, arrastrando los nudillos por la suave curva de su pecho—. Pero hablemos de accesibilidad...

Bajo del pedestal y camino a su alrededor, colocándome justo delante de sus magníficas tetas.

Mis manos suben lentamente por sus muslos hasta sus caderas.

Agarrándolas, la atraigo hacia mí sin romper el contacto visual.

El olor de su suave piel inunda mis sentidos, es una mezcla de vainilla con lavanda deliciosa.

Lentamente abro la boca, saco la lengua y cojo su pezón como si fuera mío. Chupo. Lamo. Muerdo, solo un poco.

Siento cómo se estremece bajo mis manos mientras mi boca juega con su pezón.

No aparto mi mirada de la suya en ningún momento.

Ella me mira intensamente, mordiendo su labio inferior.

Son carnosos y voluptuosos; siento la necesidad de morderlos, lamerlos.

La idea de ellos alrededor de mi polla inunda mis pensamientos y siento cómo continúa cobrando vida bajo mis pantalones. Entonces me separo con un suave pop.

—Acceso confirmado —digo, rozando su piel con mis labios. Una maldita sonrisa tatuada para siempre en mi cara.

Sunny

El gemido que escapa de mi boca es áspero y apenas se oye, pero sé que él sí lo oyó, lo sintió. No hay forma de detener esto. No puedo ni quiero detenerlo. Tomo su mano y la aprieto contra mi vientre, con sus dedos hacia abajo.

—Necesito saber si también tiene buen acceso a todas las zonas. —mi voz entrecortada, sin aire.

Empiezo a guiar su mano hacia abajo hasta que llega a la parte superior de mis bragas.

Él

Sus dedos tiemblan al encontrar los míos.

Guía mi mano con una delicadeza que delata la desesperación de su cuerpo.

Suave… pero urgente. Como si me diera permiso y me suplicara a la vez.

Cuando su mano se detiene en la parte superior de sus bragas, no me muevo enseguida.

Dejo que mis dedos descansen allí, justo encima de la costura, dejando que la tensión crezca y se rompa al mismo tiempo.

—¿Te refieres a aquí?

Mi voz es grave. Aprieto la palma de la mano, con la suficiente firmeza como para que sienta la promesa, pero no lo suficiente para aliviarla.

Sus rodillas se doblan ligeramente. Con la otra mano, la sostengo, agarrándola con más fuerza por la cadera.

Mi pulgar se desliza bajo la cinturilla de encaje.

Lo suficiente para provocar, para sentir el calor que emana debajo.

Pero algo dentro de mí empuja a mi mano a continuar bajando, necesita saber.

Necesita sentir de verdad. Cuando mi dedo corazón llega a su clítoris, casi me da un infarto.

—Estás empapada —susurro—. Chorreando. Este pobre vestidito está sobreviviendo como puede.

Sunny

Su dedo empieza a rodear mi clítoris de tal manera que tengo que sujetarme a su musculoso antebrazo para no caer de rodillas.

Mi cuerpo responde sin que mi mente lo permita.

Estoy en piloto automático, sin ningún tipo de control.

Con la otra mano, agarro el cuello de su camisa y lo subo de nuevo al pedestal conmigo.

Me doy la vuelta, mi espalda contra su pecho, en ningún momento dejo que su dedo pierda el contacto.